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EL HOMBRE MENGUANTE

Una mirada contemporánea que respeta al clásico


No es tarea sencilla abordar una película considerada un icono del cine de ciencia ficción y reinterpretarla en pleno 2026, dotándola de personalidad y voz propia. “El hombre menguante”, en manos de Jan Kounen, sortea ese desafío con notable solvencia: es una obra elegante, con buena factura, que comprende tanto el peso simbólico del original como -y esto es quizá más importante- sus limitaciones narrativas.

La historia se centra en un hombre que, tras verse envuelto en un extraño fenómeno meteorológico durante una travesía marítima, comienza a encogerse de forma inexorable.

Lejos de limitarse a un remake de trazo reverencial, “El hombre menguante” propone una relectura contemporánea del relato clásico, trasladando la angustia existencial del protagonista a un mundo atravesado por la fragilidad del individuo moderno.

Kounen convierte la reducción física en una metáfora transparente -quizá demasiado subrayada- de la pérdida de control, la invisibilidad social y el temor a diluirse en una realidad cada vez más impersonal.

En el apartado visual, la película alcanza algunos de sus momentos más inspirados. Los efectos digitales rehúyen el exhibicionismo y se ponen al servicio de una experiencia sensorial inmersiva, donde lo cotidiano se transforma en amenaza.

Sin embargo, entre tanta gravedad y ambición simbólica, el guion cae en ocasiones en la trampa de tomarse demasiado en serio a sí mismo.

Aun con estas reservas, destaca por su respeto al espíritu del original y su clara voluntad de dialogar con el presente. Se trata de una adaptación valiente y cuidadosamente construida que no aspira a sustituir al clásico de los años cincuenta, sino a ofrecer una mirada distinta.