GARA Euskal Herriko egunkaria
EL CENTRO VIDA NUEVA DE ZIRITZA
Entrevue
Mónica
Interna en el centro Vida Nueva durante diez años

«Usaban a Dios para someter a las internas, para meternos miedo»

Newtral publicó el lunes una investigación sobre un internado evangelista ubicado a las afueras de la localidad de Ziritza y al que se han derivado a decenas de personas desde instituciones públicas. También recibe financiación de ministerios, el Gobierno navarro y el Ayuntamiento de Iruñea. La periodista que está detrás de la información, Noemí López Trujillo, ha mediado para que GARA pueda hablar directamente con una de las cinco mujeres que han dado su testimonio. Se respeta el mismo alias, Mónica, que en la citada investigación.

(Iñigo URIZ)

 

¿En qué año ingresó en Vida Nueva?

En noviembre del 2005, cuando tenía 22. Estuve dentro diez años.

¿Siempre en el centro de la carretera entre Ziritza y Etxarri?

No, yo llegué a Ibero. Ellos habían empezado a construir en Ziritza. Creo que tenían ya el taller y otro edificio, pero el resto estaba en construcción. Mi primer día fue en Ibero.

¿Por qué la llevaron a Ibero, a ese centro de Vida Nueva?

Consumía cannabis y sufrí un brote psicótico. No estaba mentalmente bien, es cierto, pero tampoco tan mal. Vivía una película en mi cabeza brutal, pero mi comportamiento seguía siendo adecuado; iba a la facultad, estudiaba Filología Hispánica… Tuve que parar unos meses tras el brote. Me fue mal en los exámenes y pasé mal verano. Regresé en septiembre y tomaba mis apuntes, seguía con mi vida. Pero mi madre se asustó porque yo a veces volvía a fumar. Y me llevó a Vida Nueva sin mi consentimiento. Esto hoy me parece central porque solo hubieran tenido derecho a hacerme eso si hubiera dado consentimiento o con una orden judicial.

¿Cómo fueron esos comienzos en Vida Nueva?

El primer día te registran todo cuanto llevas: la mochila, la maleta, el bolso. Te quitan todas tus pertenencias. A ellos les parece normal. Ni el cuaderno me dejaron, tampoco el boli. A mí me gustaba dibujar, escribir. Recuerdo que tenía un colgante con un cuernito que también me quitaron. Lo quemaron o lo tiraron al río, no sé. Me contaron qué hicieron con aquel collar, pero ya no me acuerdo. Me despojaron de cuanto yo era. Me quedé con cuatro prendas de ropa y las botas de monte con las que llegué. Inmediatamente me asignaron una ‘sombra’.

¿Cómo se reacciona ante eso?

Yo flipaba lo más grande. Era como si me hubieran secuestrado. Les dije que no quería estar allí. En el centro no hay ni plan de rehabilitación ni nada. No existen unas metas que si logras, pasas a la siguiente etapa o protocolos así. No hay itinerario, no sabes nunca a qué atenerte. Te dicen: ‘Tú, vete obedeciendo y ya vas entendiendo’. Pero para cuando entiendes algo, tienes una pedrada en la cabeza espectacular.

¿Cuánta gente se encontraba en la misma situación que usted?

¿En Ibero? No lo sé, chicas entre 25 y 40. Todas teníamos una sombra.

¿Pero se le llamaba así, una «sombra»?

Sí, sí, te lo dicen así: ‘Esta es tu sombra’. Es una persona que te acompaña todo el rato, pero todo. Es que tienes que mear con la puerta abierta. No puedes deambular por el centro sola. No puedes ir adonde quieras. Para todo tienes que pedir permiso. Esa es la primera norma: aprender a pedir permiso. ¿Puedo beber agua?, ¿puedo coger pan? Puedo, puedo, puedo. El primer mes estás aislada absolutamente. Solo puedes hablar con tu sombra. A mí me extendieron esa etapa. Estuve tres años hablando solo con mi sombra. Mi sombra se llamaba Gela, Ángela. Creo que ahora vive en Galicia.

Además, usted ha relatado que las encerraban.

Me decían que era o estar ahí o estar en un psiquiátrico. Yo les decía que me quería ir y ante eso me agarraban… No sé si te haces idea de la confusión mental que viví. Tras un brote psicótico y que cuando tienes que aterrizar de nuevo en la tierra que te hagan eso. [La entrevista se detiene unos momentos para que Mónica se recupere]. Yo me agitaba mucho, gritaba, me ponía muy nerviosa. En Ibero, las responsables me arrastraban a la biblioteca. No me encerraban sola. Unas veces, me dejaban con una responsable. En otras, me vigilaban otras chicas. Todas, todas normalizamos esa mierda. Luego, en Ziritza, te llevaban a rastras los chicos, porque allí había un edificio para chicos y otros para chicas. Ahí te encerraban en el sótano y ahí el encierro podía alargarse días. Una vez me tuvieron tres días. Te dejaban dormir en tu cama, pero luego volvías al sótano.

¿Semejante tortura para qué?

No lo sé, chico, pregúntaselo a ellos. Prueban tus límites, se ceban con quien ven que pueden cebarse para meter miedo al resto.

Vida Nueva es un culto evangelista. ¿Qué presencia tenía Dios?

El primer día, me abrazaron y me dijeron que había llegado a la casa del Padre, que me iban a querer mucho y que la obediencia te salva. Ellos se erigen como intermediarios entre Dios y las internas. Van diciendo que Dios les revela las cosas que hay que hacer, cuál es la voluntad de Dios para nuestra vida. Yo les decía que quería continuar con mi carrera y ellos me respondían que eso era malo para mi corazón, que era soberbia, que obedecerles era la voluntad de Dios. Ellos no se lo creen. ¿Quién coño va a creer que Dios le habla directamente? Dios se usa allí para meter miedo, para someter. Se pasan la vida diciendo que, si sales fuera, vas a volver a estar mal y no solo mal, sino siete veces peor porque te van a entrar los demonios igual que le entraron los demonios a no sé quién en la Biblia.

¿Qué papel juega Luis Nasarre? ¿Mantuvo una relación directa con él?

No, él es un iluminado que no habla con las chicas. Al principio, puede que alguna vez se dirija a ti, que te haga un gesto. Él se pasea por ahí con su Biblia haciendo como que Dios le habla. Pasea y elabora sermones que luego da en sus iglesias. Tiene unas 25 repartidas por España. La estructura de mando, sin embargo, está clarísima. Manda Luis, después, su esposa Maricarmen [Sotés]. Por debajo están sus hijos: Josué, en la época en la que estuve, se encargaba de la iglesia; Joel manda sobre el centro; y Jeremy, sobre el colegio-instituto. Luego está la familia Montes: Margarita, Stella, Pilar. De ahí bajaríamos a gente que se rehabilitó y que se encargan de cocinas, etc.

Quizá sea necesario hablar de los exorcismos, a modo de retratar el fanatismo.

A mí no me exorcizaron por mi brote psicótico, sino para sacarme de dentro el demonio de la rebeldía y el de la bisexualidad, porque yo les conté que también me gustaban las mujeres. Me llevaron al despacho de la médica, me sentaron en una silla y vinieron Luis, Stella y María (la médica). Me dijo Luis: ‘No te preocupes si echas espumarajos por la boca o te empiezan a dar convulsiones, es normal porque va a salir un demonio de ti’. Estuvieron orando y me ponían las manos encima como si tuvieran poderes mágicos. Luego empezaron a hablar en lenguas inventadas, como el Espíritu Santo en Pentecostés. Decían: ‘Yo reprendo al demonio en nombre de Jesús’. Esa frase la recuerdo. Demonio no salió ninguno, claro, pero yo me acobardé viva.

También han denunciado, usted y las otras cuatro mujeres que han dado el paso, que se fuerzan matrimonios usando estas prácticas coercitivas que ha relatado y otras.

A mí me intentaron casar. A mí y ya a todas las que estamos contando lo que nos hicieron, vaya. Quisieron que me casara con un chico con el que no había hablado, que me conocía de vista. Se suponía que él había recibido el alta. Hay como un ritual para esto. ¡Y piensa que para esta gente no hay divorcio ni separación ni nada! Además, te dicen que si un esposo quiere follar da igual que no quieras tú, follas siempre. Para mí eso fue una línea roja. Te das cuenta de que te van a casar porque un chico habla contigo, te dice: ‘Hola, ¿qué tal?’. Lo confirmas cuando te avisan de que un chico va a pedirte que quiere ser tu novio. Te indican que no puedes decirle ni que sí ni que no. Hay que ponerlo en conocimiento de tu responsable y orar. Ahí es donde empieza la coacción hasta que dices que sí.

Entiendo que, si a usted la mantuvieron diez años ahí dentro, es porque esa gente tiene un gran ascendente y puede conseguir que alguien actúe contra su voluntad.

Yo he visto a una mujer llorar como no he visto llorar a nadie porque le iban a casar con alguien a quien no quería. Era una mujer muy racista y le asignaron a alguien que era colombiano, creo. ‘No es ni español’, decía. Que está muy mal pensar así, tener esos prejuicios. Pero si no le gustaba, joder, pues no le gustaba.

Además, estaban los castigos por enfrentarte a la organización.

Una mujer de más de cincuenta años se hartó y le pegó a su responsable. Estaba al límite. Todas vimos cómo le obligaron a limpiar el comedor durante meses con un cepillo de dientes. ¡Claro que pueden hacer que te cases contra tu voluntad! No sé... Hay algo que siento que no logro hacer. No sé trasladar esa sensación de asfixia, de opresión, de cerrado, que se vive ahí dentro. Es la asfixia la que hace que se entienda todo.

¿Qué contacto mantuvo con el exterior en esos diez años?

Íbamos a limpiar negocios, a una óptica, a portales. Tuve un trabajo una vez, pero no interactuaba. No sé qué pensaron de mí mis compañeros. Que era la rara, supongo. Hablarían de mí a mis espaldas, porque ahora sé que les decía cosas rarísimas. Sí que teníamos un móvil, pero sin internet. Era para cuando salíamos a trabajar, pero no podíamos usarlo para llamar a nuestras familias. Sé que no me pasaban llamadas de mi madre o de mi prima.

Dos de las mujeres que han ofrecido su testimonio eran menores cuando entraron en Vida Nueva.

Había menores entonces y los habrá hoy, estoy convencida. Recuerdo a una chica que entró con 13 años. Con esa edad, se supone que debía estar con su madre, pero estaba con nosotras. La madre aparecía los viernes a ver una película o cosas así. Nunca vino la Fiscalía a revisar ni un educador de fuera para ver qué pasaba. Nunca nadie supo de esos chavales. Esa chica ha salido de allí y ahora es de las que peor se encuentra. Luego está la casa de los niños. Eso sí que es una crueldad. Yo no las veía tanto porque yo estaba más separada.

¿Qué recuerda de esa parte?

A veces traían algún niño. Había uno que ellos decían que se portaba mal. Alguna vez estuve cuidándole. Era un niño encantador, de 8 años, pero le provocaban y saltaba. Y se rebelaba, escupía, pataleaba, insultaba. Le dejaron fuera dos horas, en calzoncillos, nevando. En Ziritza hace un frío terrible. Y le pegaban. Allí recurrían a los castigos físicos a menores muy habitualmente. Eso sí lo vimos.

¿Cree que a día de hoy, ahora mismo, en Ziritza, hay gente viviendo la misma pesadilla por la que pasó usted?

Estoy segura de que sí. Me extrañaría muchísimo que no. Han pasado diez años, habrán cambiado cosas. Pero que hayan cambiado para bien, lo dudo mucho. Habrán hecho a la gente firmar papeles para que diga que está ahí por propia voluntad. Yo en diez años no tuve nunca una nómina, hoy quizá exista algún papel. No creo que haya cambiado mucho más.