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Por qué las mujeres no hemos de ser creíbles


Esta semana ha sido noticia que una mujer ha emitido un comunicado manifestando que ha retirado la denuncia que interpuso contra un conocido político madrileño de izquierdas, apartándose así del procedimiento penal por agresión sexual iniciado. Como la fiscalía ha optado por no perseguir el delito, será únicamente la acusación popular quien defienda la veracidad del relato de la víctima frente al acusado.

Como era previsible no se han hecho esperar las reacciones de gente de todo tipo y signo poniendo en solfa el relato de la chica, que por otra parte son los mismos que desde el minuto uno la cuestionaron. Pero esos no son los que me preocupan. Lo realmente preocupante es que son muchos más quienes aún sin atreverse a decirlo han pensado lo mismo: que si una persona retira una denuncia será porque no se sostenía.

Poco importa que haya dicho que lo hace por su salud, que una sola no puede sostener un proceso así. La credibilidad de su relato ha quedado tocada. El «yo sí te creo» per se no sostiene la guerra de la credibilidad. Porque un proceso judicial por encima de todo es una guerra de credibilidad, de quién dice la verdad y quién miente. Y la verdad judicial, la resolución final, pasa a ser «la verdad» aunque todas sepamos que el sistema judicial tiene tantas fallas que muchas veces una sentencia en poco o en nada se parece a la verdad, entendiéndose como tal aquellas cosas que sí han sucedido. Así, si el proceso se archiva antes de llegar a juicio será porque el investigado no había cometido el delito al igual que en el caso de una sentencia absolutoria (las absoluciones muchas veces son por falta de pruebas no por inocencia) o que una sentencia condenatoria será porque el acusado hizo lo que se denunció. La brocha gorda no entiende de matices.

En los delitos machistas, bien sean los denominados de violencia de género o agresiones sexuales esto es aún más importante si cabe. De hecho, muchas mujeres solo denuncian para que todo el mundo sepa lo que les pasó y quién se lo hizo, sin importarles si la condena va a ser ínfima; y no son pocas las que renuncian a su derecho a pedir indemnizaciones para que nadie piense que hay motivos espurios.

Cuando se denuncia a alguien que es famoso o poderoso, sea político o futbolista, la primera pregunta nunca es relativa a la impunidad que sienten algunos por el hecho de serlo, sino qué buscará la mujer que lo denuncia. En esta sociedad vivimos. Lo hemos visto claro en el asunto referido. Pero algo parecido sucede cuando se trata de alguien prestigioso en una comunidad, en nuestros pueblos y cuadrillas. La que denuncia lo quiere joder. Por lo que sea pero joderle la vida. El foco está en la víctima y en sus motivaciones porque nunca pueden ser buenas, ya se sabe que somos retorcidas.

Y qué decir si la víctima, no es una buena víctima. No basta con haber padecido un delito machista. Tienes que ser una buena víctima. Esta chica era actriz, quería lanzar su carrera, mala víctima, por tanto. Si tienes estudios, eres blanca, clase media o alta, guapa, tienes pasta o fama o un buen trabajo no eres una buena víctima. Porque para ser víctima de las de verdad hay que tener vulnerabilidad social, económica y muy importante, no sonreir y superar las consecuencias del delito bajo ningún concepto. A nadie se le ocurriría exigir semejantes condiciones a las víctimas de robo, estafa o incluso de unas lesiones de distinta etiología, por ejemplo. Pero a las víctimas de los delitos machistas se les exige ser buenas víctimas, o óptimas, lo que sea eso para ser creíbles. Si no olvídate.

Por eso, tal y como nos alecciona este caso, no se puede denunciar a lo loco, desde la ingenuidad. Hay que informarse bien de lo que supone. Porque hay que empezar y luego seguir. Y seguir cuesta mucho. Sostenerse aún más. Los procesos se dilatan tanto que las fuerzas se van mermando y no es fácil sujetar con fuerza la bandera izada con la denuncia. Cuántas mujeres flaquean y quieren retirar las denuncias. Muchísimas lo hacen todos los días. Y ello no implica que sus denuncias carecieran de base. Simplemente se han cansado y quieren estar en paz consigo mismas y tirar para adelante con sus vidas. Por su salud, como refería la mujer que mencionaba al inicio del artículo.

Porque como le pasó a esta mujer, muchas son maltratadas por los poderes judiciales en su pretendida defensa del derecho a la presunción de inocencia y el derecho a un juicio justo. Interrogatorios crueles de jueces machistas como el que le tocó a esta mujer haberlos haylos; desagradables y maleducados aún más. También abundan los jueces vagos que no hacen una buena labor investigadora, que deniegan cualquier actividad probatoria y que quieren cerrar asuntos cuanto antes haciendo ver a las denunciantes que con sus denuncias están «molestando». Los procesos son largos y farragosos y el estado mental de las víctimas va fluctuando... ¿cómo no van a tener la tentación de retirar denuncias y decidir seguir con sus vidas? Mantener una denuncia durante cinco o seis años es un acto heróico y hacerlo sola como les pasa a muchas aún más. Porque esto también se debe decir alto y claro, muchas veces las personas (también mujeres) que rodean a estas mujeres no están a la altura. Ni lo está la policía, ni los servicios sociales, ni muchos profesionales de la abogacía.

Con todo esto, creo que la retirada de la denuncia por parte de esta mujer no resta nada a la credibilidad de lo relatado en su denuncia. Yo soy bastante escéptica del «yo sí te creo» pero sí creo que debemos preguntarnos «por qué no he de creerte». Y deseo que la verdad judicial acabe reflejando fielmente lo que realmente pasó.