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Mal de altura


Era 1 de abril de 2009 en el estadio Hernando Siles de La Paz. La selección boliviana de fútbol masculino tenía entonces un equipo peleón pero modesto, penúltimo en la tabla de la eliminatoria mundialista, nada que ver con la poderosa Argentina de Leo Messi, Javier Mascherano y Carlos Tévez. Aquel día, Bolivia estrenó el marcador con un gol temprano que Argentina no tardó en neutralizar. A partir de ahí, se precipitó la goleada. Dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis goles bolivianos le cayeron a la escuadra albiceleste en un episodio que la prensa calificó de paliza monumental y golpe histórico.

Las cabeceras argentinas, casi sin salvedades, atribuyeron buena parte de la culpa al rigor del altiplano. Después de todo, el partido se había disputado a 3.650 metros sobre el nivel del mar. “La Argentina sufrió los efectos de la altura”, dijo el periódico “La Nación”. “Todo es cuestión de altura», titulaba “Página12”, que enumeraba los síntomas padecidos por los equipos visitantes: «falta de reacción, problemas de distancia, fallas en los cálculos y una declinación física en los últimos minutos». «Un futbolista puede morir sin el debido período de adaptación», dijo una vez el preparador físico Fernando Signorini.

Si he recordado este evento es porque evoca de alguna forma los avatares de la comunicación. Lo importante aquí no es el símil futbolístico sino la metáfora adaptativa. ¿Qué podemos hacer si queremos transmitir nuestro ideario pero son otros quienes ponen el estadio, las condiciones y hasta las reglas de juego? Cuando uno llega a La Paz, es posible que sienta cierta niebla mental y se fatigue de inmediato. Es el mal de altura o soroche. En las farmacias ofrecen tabletas de sorochipil y un consejo popular: «andar despacito, comer poquito y dormir solito». ¿Qué medicina nos pondrá a salvo de un panorama mediático dominado por las soflamas xenófobas y el pánico securitario?

En 1996, el sociólogo Pierre Bourdieu dictó dos conferencias televisadas para defender que la televisión ponía en riesgo la democracia. La paradoja era solo aparente. Bourdieu puntualizó que aceptaba el reto bajo unas condiciones de excepción: el derecho a hablar sin interrupción ni límite de tiempo sobre un tema de su elección. En definitiva, todo lo que no es la televisión, con frecuencia gobernada por una cacofonía de voces y el apremio por conquistar las audiencias apelando a las bajas pasiones. Bourdieu hizo uso de un privilegio insólito, como si la selección argentina hubiera sido invitada a jugar en La Paz con las condiciones de Buenos Aires.

Todo lo que aquellas conferencias achacaban a la televisión se ha multiplicado en el cosmos cibernético. Lo que en un plató es limitación de tiempo, en las redes sociales es fragmentación del discurso. El sensacionalismo, que en la pantalla chica busca espectadores, en X busca contentar a un algoritmo diseñado para el odio. Gracias a un estudio publicado este miércoles en “Nature”, podemos confirmar que la plataforma de Elon Musk premia a los voceros conservadores y desplaza la opinión de sus usuarios hacia posiciones trumpistas. Para un activista demócrata, comunicarse en X es como jugar en un estadio sin oxígeno.

«El medio es el mensaje», decía Marshall McLuhan para explicar que toda nueva tecnología reorganiza nuestros esquemas de percepción. El filósofo canadiense no vivió lo suficiente para conocer a los niños prodigio de Silicon Valley, que envenenan los procesos democráticos con herramientas de persuasión de masas al tiempo que se hacen de oro con la publicidad segmentada. Los medios tradicionales y los partidos de viejo cuño han tenido que adaptarse a los ritmos de la digitalidad. En nuestros tiempos, la actualidad se mide en escándalos por minuto y los mensajes se simplifican hasta el borde del balbuceo.

En ese río revuelto pescan los populismos. Ahora que la ciencia ha cedido su prestigio a las conspiraciones, los datos han perdido valor argumental. Para muestra, un botón. Resulta que el Ayuntamiento de Bilbao había encargado a investigadores de la EHU que hicieran un diagnóstico sobre la delincuencia en la ciudad. El jueves, los criminólogos anunciaron que las tasas de criminalidad se mantienen estables y son iguales o menores que en otras ciudades europeas. La sensación de inseguridad, sin embargo, ha crecido. Se ha abierto una brecha entre «seguridad real y seguridad percibida».

El informe señala una tendencia a la «dramatización» mediática. Los titulares hablan de «olas», «alarma» o «preocupación» aun cuando los datos generales lo desmienten. Hay un calculado intento de convertir lo anecdótico en general y lo general en anecdótico. En 2025, por ejemplo, los casos de usurpación o allanamiento de morada representaron un exiguo 0,53% de los delitos registrados en la Comunidad Autónoma Vasca. Mientras tanto, con un perpetuo ruido de fondo, las televisiones magnifican los delitos contra la propiedad inmobiliaria mientras promocionan oscuros negocios de desokupación. Los desahucios, dolencia endémica de nuestro país, no merecen la misma centralidad informativa.

¿Tenemos que jugar en cualquier estadio, aun en las condiciones más adversas? ¿Debemos entrar como toros de lidia al primer trapo rojo que Vox nos ponga delante, sea la prohibición del burka o el derecho a portar armas? La ultraderecha no siempre acierta a imponer sus dogmas, pero a menudo consigue imponer sus debates. Y no es fácil escapar. Algunos líderes políticos, queriendo contrarrestar el envite, asumen marcos ajenos y terminan convertidos en aquello que desean combatir. Lo diré con una línea de Audre Lorde: «las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo». Hay juegos trucados que solo nos brindan dos salidas: morir de mal de altura o perder por goleada.