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EL MAGO DEL KREMLIN

Entre la sobriedad y la distancia


Ocurrió con la magnífica serie “Chernobyl” y con tantas otras producciones, y sigue siendo una decisión que, más allá de la comprensible razón comercial, cuesta entender. Rodar en inglés -y con un reparto mayoritariamente estadounidense- una historia tan arraigada a un contexto específico, a una lengua determinada, a personajes reales y a una coyuntura histórica tan decisiva, resta credibilidad y fuerza. “El mago del Kremlin” no deja por ello de ser una película interesante, pero esa elección lingüística y cultural merma en parte su verosimilitud y debilita la intensidad del relato.

Dicho esto, Assayas compone un relato deliberadamente sobrio sobre los mecanismos del poder en la Rusia postsoviética, evitando la caricatura. La narración se sitúa en los años posteriores a la desaparición de la Unión Soviética, y gira en torno a Vadim Baranov (Paul Dano), un antiguo artista y productor televisivo que acaba convertido en arquitecto estratégico del nuevo orden político. A través de los ojos de Baranov, la película sigue el ascenso de Vladimir Putin (encarnado por Jude Law) desde una posición aparentemente gris hasta consolidarse como el rostro del poder.

En el apartado interpretativo, destaca el trabajo de Law, pero el resto de los personajes orbitan en una zona menos definida. El abuso ocasional de la voz en off y la sobrecarga informativa en determinados pasajes refuerzan esa sensación de distancia.

Pese a todo, la película posee la virtud innegable de cierta capacidad pedagógica sin caer en la simplificación. El guion asume el desafío de condensar más de dos décadas de historia política rusa en una estructura quizá convencional, pero inteligible.

No siempre alcanza la fluidez deseada, y su metraje es algo extenso, pero logra articular un relato tenso y claro.