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Irán y el ajedrez energético de EEUU


Todo teatro de operaciones geopolítico y toda escalada bélica se alimentan de múltiples factores. Sin embargo, en este 2026, analizar la situación de Oriente Medio pasa inevitablemente por reconocer su papel estelar en el escenario energético mundial. Aunque no sea la única clave de la crisis actual, ayuda a descifrar la lógica subyacente.

En un mundo donde la demanda de crudo muestra ya grietas estructurales, la hegemonía estadounidense ha mutado: ya no busca acaparar el petróleo de la región para su propio consumo, sino dominar y tutelar el acceso de sus competidores mientras blinda la viabilidad de su extracción doméstica. En este escenario, como veremos, la única salida para Europa será acelerar la transición energética.

Estados Unidos, tras décadas de fuerte dependencia, ha recuperado la autosuficiencia energética neta y reescribe las reglas del juego. Con matices técnicos. El petróleo doméstico, extraído vía fracking, es muy ligero, lo que obliga a sus refinerías a importar crudo denso para su procesado, mientras exportan su excedente ligero. No necesitan a Oriente Medio para ello; el crudo pesado puede llegar de Canadá, México o, para sorpresa de nadie, Venezuela. Pero hay un factor crítico: el fracking es caro. Para que la extracción doméstica no pierda pulso, el barril debe cotizar por encima de ciertos umbrales. Un escenario de paz y sobreproducción puede ser su peor enemigo. La «amenaza iraní» es, así, el catalizador perfecto para una operación de ingeniería geopolítica: si la inestabilidad se desboca, se contrae la oferta y los precios se disparan. EEUU se resiente, los rivales sangran.

Aquí es donde el Estrecho de Ormuz se convierte en la yugular del mundo. Por este cuello de botella fluye el 21% del petróleo mundial, pero si descontamos el consumo interno de los países productores, representa la mitad del crudo que realmente navega por el planeta. Para China, Ormuz no es una estadística; es su talón de Aquiles. Pekín aún importa el 50% de su crudo del Golfo Pérsico. Un conflicto que involucre a Irán y amenace este paso o la producción genera un «shock» de oferta que inflama los precios. Para EEUU, la subida actúa como una transferencia interna de riqueza: la ciudadanía paga más en la gasolinera, pero el dinero se queda en casa, engrosando los márgenes de la poderosa industria del fracking. Para China y Europa, en cambio, es una fuga neta de capitales al exterior.

Bajo esta luz, la alineación de intereses entre EEUU e Israel es absoluta. Israel busca eliminar a su rival regional. EEUU, aprovechar la ventana de oportunidad de su autosuficiencia, antes de que el declive de los yacimientos o los avances en la transición neutralicen su ventaja. Simultáneamente, el debate sobre el pico de la oferta de crudo va dejando paso al del pico de la demanda. Con la demanda global de petróleo a las puertas del declive, los productores con costes de extracción más altos necesitan provocar una escasez artificial en el corto plazo para rentabilizar sus inversiones.

Sin embargo, China ha leído el mapa antes que nadie. Su apuesta masiva por las renovables y la electrificación es, ante todo, una estrategia de seguridad nacional. Cada vehículo eléctrico que circula por sus megaciudades es un vehículo que no depende del estrecho de Malaca o la volatilidad de Ormuz. Mientras Europa avanza con pies de plomo para proteger su vieja industria de combustión, China se electrifica a ritmo de economía de guerra. Sabe que su resiliencia dependerá más de sus baterías que de la benevolencia de la Marina estadounidense protegiendo las rutas del crudo. Europa aún duda.

En este drama, el papel de Europa es el más trágico. Si practica un seguidismo acrítico ante la ofensiva de Washington sobre Irán, Bruselas colabora en su propio asedio. Europa, atrapada en la retórica, no encuentra el ritmo y paga la energía a precio de crisis, mientras la industria busca países con energía competitiva. Aunque tampoco podamos descartar que todo responda a la naturaleza errática de la administración trumpista más que a un cálculo milimetrado, lo cierto es que lo que para Washington puede ser una jugada maestra de ajedrez, para Europa es un desatino que apunta a una desarticulación de nuestro tejido social y productivo.

La seguridad nacional no se medirá tanto en misiles como en la capacidad de no ser rehén de los intereses de un aliado más imaginario que real. Europa se arriesga a quedarse sola en la gasolinera, pagando la cuenta de una fiesta a la que no ha sido invitada y que puede terminar en una fuerte resaca desindustrializadora. Más allá de la ecología −razón imperativa por sí misma−, quien no tenga la llave de los pozos ni el mando sobre las rutas de suministro, solo tiene una salida del laberinto: desengancharse de los combustibles fósiles, apostar por las renovables y acelerar la transición energética. Mientras los hidrocarburos sigan siendo el combustible del poder, el intervencionismo militar será una tentación constante; y la paz solo será posible cuando la soberanía de los pueblos y su derecho a existir sean respetados.