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La piscifactoría de Oronoz le gana una batalla al cambio climático

Cada vez menos salmones remontan el Bidasoa a causa del aumento en la temperatura del agua. En 2025 se ha recogido el peor dato, con solo 64 ejemplares reproductores. Y, pese a todo, otra cifra mueve a la esperanza. La presencia de alevines de salmón triplica la media. El trabajo en Oronoz y la eliminación de presas son la clave.

Gabriel Salaberri, extrayendo las huevas de una hembra para su fecundación y traslado al interior de la piscifactoría de Oronoz-Mugaire. (Aitor KARASATORRE | FOKU)

El salmón va a desaparecer del Bidasoa y también del Oria, del Urumea y del resto de ríos vascos. Lo que no está escrito es cuándo sucederá esto. Al salmón lo está matando el cambio climático. El agua de los ríos se calienta y el salmón atlántico es un pez de agua fría, muy fría.

Euskal Herria está en la franja más meridional donde se encuentra esta especie que también habita Noruega. Cuando los ríos se sobrecalientan, estos peces no disponen de oxígeno suficiente y se ahogan. Pero contradiciendo este triste pronóstico, los datos de este año en el Bidasoa han sido sorprendentemente buenos en cuanto a la presencia de alevines.

La clave está en Oronoz-Mugaire, donde el Bidasoa deja de llamarse así para pasar a ser el Baztan, pues el cambio de nombre se produce en la confluencia del Baztan con el Ezpelurra y el Ezkurra, cosa que sucede en las cercanías. Justo ahí está localizada una piscifactoría del Gobierno navarro dedicada a que la especie no se extinga, en la que trabajan cuatro personas.

No se trata de que el Gobierno críe sus propios salmones y llene falsamente el río con estos peces. Lo que ocurre es que cuando los adultos remontan el río para desovar, existe un punto concreto, entre Bera y Lesaka, que no pueden superar. Allí son recogidos por los guardas forestales para ser estudiados, medidos y reintroducidos aguas arriba ya con el obstáculo superado. A unos pocos machos y hembras se les selecciona para su traslado a Oronoz.

Gabriel Salaberri entró a trabajar a la piscifactoría con 16 años y, tras casi cinco décadas allí, planea jubilarse el próximo año. Su trabajo es conseguir que el desove de los animales se dé en las mejores condiciones y que la mortandad sea mínima.

Gracias a su labor, en 2025 se ha conseguido romper la tendencia a la baja de alevines en las aguas del Bidasoa. El año pasado se ha superado la cifra de 30 alevines de salmón (de entre 5 y 15 centímetros) en las aguas por cada cinco minutos de pesca eléctrica realizada por el guarderío. La media de los tres años anteriores se encontraba por debajo de diez y el promedio desde 1999 ha estado en 13. Según los responsables de pesca, este dato «permite mantener expectativas fundadas de una mejora progresiva durante los próximos años».

El aumento responde también a la prohibición de la pesca otro año más, que ha permitido -según el Negociado de Pesca del Gobierno de Nafarroa- que todas las hembras remontantes hayan podido reproducirse a lo largo del río.

José Ardaiz, responsable del citado Negociado, confía en que en uno o dos años este aumento de los alevines se traduzca en un aumento de las hembras y machos reproductivos que saque al Bidasoa de su peor momento, porque solo 64 peces consiguieron subir a sus zonas de cría en 2025.

Algunos de esos alevines nunca descenderán al mar; otros lo harán en el primer año de vida y un tercer grupo, a los dos años. No se trata de un capricho del animal, sino que para mudarse de un entorno dulce a otro salado, el pez ha de cambiar físicamente. Las escamas verdosas y moteadas que le camuflan en el río se tornan plateadas para adaptarse al entorno marino; metamorfosis esta que se produce en ejemplares de la misma puesta con un año de diferencia.

Ardaiz sostiene que esta variabilidad responde a un mecanismo evolutivo, pues así, en caso de que se desencadene un evento catastrófico en el momento de la reproducción o en esas semanas en las que las crías son especialmente vulnerables, este no comprometerá la supervivencia.

El aumento de los alevines en 2025, por estas costumbres tan singulares, debería notarse en los próximos años con mayor diferente intensidad.

EL TRABAJO EN ORONOZ-MUGAIRE

El primer trabajo de Salaberri, el veterano de la piscifactoría, es dormir a las hembras listas para el desove en una solución anestésica, como luego hará con los machos. En el momento de la elaboración de este reportaje, por pura suerte, una hembra se ha retrasado y está lista para el desove.

La salmona marca 4,65 kilos en el pesaje previo. Salaberri aprieta su parte inferior, ayudado por un compañero, para que derrame sus huevas naranjas sobre un pequeño barreño. Tras devolverla a la balanza, el animal baja a 3,22 kilos. Todo sucede en el marco de una visita oficial, donde el consejero José Mari Aierdi explica las últimas mejoras en las acometidas de agua.

Salaberri utiliza dos machos para fecundar los huevos del balde mientras explica que los tiempos son cruciales, que el proceso debe culminar en menos de diez minutos. Acto seguido, se lleva los embriones a la parte interior, por donde corre el agua más fresca, lugar en que los huevos endurecerán hasta que el pececillo los rompa.

El responsable destaca que la última adquisición es una máquina que se usa, precisamente, para enfriar el agua que corre por el sistema de canales. La supervivencia es mayor si la temperatura queda en 9 grados que si se encuentra en 12. El nivel de perfeccionamiento de su oficio les ha hecho conseguir tasas de supervivencia del 60% y el 70%, imposibles en libertad.

Los salmones crecen protegidos en la piscifactoría hasta que se han desarrollado lo suficiente como para sobrevivir de nuevo en libertad. La mayor parte se devuelve al río a finales de primavera, con un tamaño de unos 5 centímetros, y los restantes, en otoño, cuando han superado los 11.

Soltarlos con esos tamaños los previene de sucesos que provocan gran mortalidad, como riadas repentinas, antes de que naden lo suficientemente bien. Por esto, el cambio climático es doblemente dañino para el salmón, pues multiplica tanto las olas de calor como las lluvias torrenciales. Salaberri, de hecho, está convencido de que el gran número de alevines en el río se debe también a que en 2025 no se produjeron crecidas repentinas.

Antes de regresar a su entorno natural, los marcan cortando la aleta adiposa. Según los datos del Negociado de Pesca, un 38,4% de los salmones del Bidasoa tiene la adiposa cortada, lo que prueba la trascendencia de la piscifactoría, pero a su vez es una mala noticia, pues la clave pasa por conseguir que el río genere sus propios peces. Eso se trabaja de otra manera.

Los salmones se mueren en el tramo bajo del río, donde la temperatura del agua supera los umbrales soportables (en los últimos años se han batido récords de temperaturas por encima de los 23 o 25 grados). Río arriba hace mucho más frío, porque el agua corre más rápido, el río es más estrecho y se dispersa por sus afluentes. Los árboles de las riberas protegen con su sombra del calor a sus cauces. Por eso es clave que los salmones puedan llegar a esos refugios.

A lo largo del tramo navarro del Bidasoa hay 178 obstáculos artificiales, aunque la finalidad por la que se construyeron se ha perdido ya en la mayoría de los casos. Ardaiz los tiene catalogados en verde (los salmones son capaces de superarlos con cierta facilidad), naranja (existe un paso, pero les es difícil) y rojo (infranqueables).

La política de eliminación de estas presas y construcciones ha conseguido, en los últimos 15 años, no solo que los ejemplares adultos escapen del calor, sino también que se detecten nuevas zonas de freza donde los salmones dejan sus huevas, lo cual es fundamenteal atendiendo a la experiencia de la piscifactoría, donde la temperatura del agua se ha comprobado que tiene una relación directa con la tasa de supervivencia.

El Negociado de Pesca, además, coloca aparatos de radioseguimiento a algunos ejemplares para luego monitorizar su posición en tiempo real. «Esto nos permite detectar cuándo se quedan bloqueados a causa de un tronco o el mal funcionamiento de una compuerta y solucionarlo al momento», explica su responsable.

José Ardaiz compara estos obstáculos artificiales con los puertos de montaña de una etapa ciclista. Aunque los salmones sean capaces de superarlos, se van cansando cada vez más y no llegan hasta el agua más fresca por puro agotamiento. Más del 90% de las hembras morirán de cansancio tras la puesta.

En este punto, la piscifactoría es esencial. También allí las hembras pierden el instinto de supervivencia tras desovar y dejan de comer. Salaberri ha desarrollado una técnica propia para que no pase. Les da de comer con la punta de una caña, llevándoles un trocito de chipirón hasta la boca hasta que recuperan el apetito.

«En estos años se me han resistido muy pocas», comenta mientras lanza trocitos de una mezcla de pienso, harina y verdeles triturados a un tanque donde enormes hembras salen disparadas a por ellas tras superar la fase de la caña. Después de dos o tres puestas, las devolverá al río con la esperanza de que regresen el año próximo y completen otro ciclo reproductivo.