18 AVR. 2026 GAURKOA La cara oculta de la Tierra Iñaki EGAÑA Historiador {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Hace unos días se completó con éxito la misión Artemis II que rodeó nuestro satélite y cubrió durante unas jornadas las portadas de medios occidentales, mientras en Líbano, Gaza, Cisjordania e Irán, las fuerzas bélicas de Washington y Tel Aviv bombardeaban objetivos estratégicos y civiles. Miles de muertos de los que ni siquiera sabemos sus nombres, al contrario de los de los cuatro astronautas del Orion. La NASA había anunciado en enero de este año que el vuelo tenía tres fines: «Llevar a cabo descubrimientos científicos, obtener beneficios económicos y sentar las bases para las primeras misiones tripuladas a Marte, para el beneficio de todos». Una versión parcial porque una de las razones fundamentales ha sido la de la propaganda para socializar un tema universal como es la exploración de nuestro sistema solar. Sucede que en tiempos de la Guerra Fría, la competencia entre EEUU y la URSS llevó a esa carrera que desde el otro lado del Atlántico alumbró el proyecto Apolo. Hoy, sin embargo, la rivalidad es entre Washington, Beijing, Moscú y Delhi. China se había adelantado y ya alunizó en 2019 y 2024 con su proyecto Chang’e en la cara oculta de la Luna. En la primera de las ocasiones dejó al Yutuh-2, que sigue activo, y en la segunda recogió muestras con las que regresó a la tierra. A finales de 2028, poco antes de la conclusión de la legislatura de Donald Trump, el proyecto Artemis considera que pondrá astronautas en suelo lunar y China lo ha anunciado para 2030. La razón económica parece que se sustenta en la obtención de elementos que en nuestro planeta llevan camino de convertirse en finitos o escasean, entre ellos el isótopo Helio-3 (para la fusión nuclear), el agua (en forma de hielo en el polo sur), minerales como el titanio y el silicio y las llamadas tierras raras. Ocurre que, según un tratado internacional de 1967, el espacio fuera de la Tierra no tiene dueño y se trata de un bien común que no puede someterse a Estado alguno. Pero es evidente que la arquitectura internacional pactada previamente ha saltado por los aires, más aún con las andanadas de Trump y Netanyahu. No me imagino un reparto equitativo de los recursos lunares entre los 193 estados reconocidos por Naciones Unidas, sino más bien todo lo contrario. Y la tercera de las razones de la NASA, la de sentar las bases en nuestro satélite para un viaje a Marte, es pura fantasía. Un debe de Trump a Elon Musk y su proyecto Space-X que hace diez años aseguró que en este 2026 la humanidad llegaría a Marte. Ahora afirma que en la década de 2030 los humanos asentaremos una base permanente y autosuficiente en el planeta rojo. Es lo que tienen los multimillonarios, atiborrados por películas como “Interestellar” y que alientan el que un cuarto de la humanidad viva en pobreza extrema. Y esta última es precisamente una de las cuestiones más relevantes de nuestro tiempo. Con motivo del viaje de los cuatro astronautas a los bordes de la Luna, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum apuntó en una dirección que nos sacude de frente: «La misión de Artemis ha sido algo extraordinario, pero siempre va a quedar la pregunta de si ese recurso debería utilizarse para mejorar la condición de vida de millones de personas que viven en la pobreza o dedicarlo a esto». Porque resulta que, así como la Luna esconde una cara oculta, ya que tarda en rotar sobre sí misma lo mismo que su movimiento de traslación alrededor de la Tierra, nuestro planeta también guarda su lado hermético, furtivo a la sociedad. Y es el de la gobernanza. Esa cara oculta mantiene hoy un nivel de dominio como jamás. En los últimos meses visualizada parcialmente por la clase Epstein: abusos sexuales, bacanales, chantaje, supremacismo, pedofilia... una radiografía de las elites económicas de Occidente que satisfacían sus perversiones sin recato, sabedoras que el poder lo detentaban ellos mismos. El poder del dinero. Epstein era un facilitador cuya caída ha destapado ese secreto a voces, la impunidad de la clase hegemónica, una infraestructura sumamente articulada en la gobernanza global como seña de identidad de un capitalismo extremo. Y la complicidad de los valedores de las instituciones supuestamente democráticas con ese poder en la sombra. La clase Epstein se completa y subsiste con otros clanes. Entre ellos el cártel bancario, esa esfera económica que aúpa y destituye gobiernos, que marca las normas internacionales y que se apoya en la edición de dólares o euros de la nada para lavarlos con la usura, o la creación de guerras para su conversión en dinero contante y sonante que enriquezca a las empresas armamentísticas, alimentarias o farmacéuticas. No generan riqueza, no cultivan la huerta, no pescan en altura, no trabajan en las fábricas, y, por el contrario, acumulan la plusvalía mundial. Oxfam nos recordaba hace unos días que esos multimillonarios poseen el 80% de la fortuna que se oculta en paraísos fiscales. Fortunas desviadas por el cártel bancario. BlackRock, el mayor fondo de inversión planetario, opera más dinero que el PIB de todos los países del mundo, salvo Estados Unidos y China. Representa el 7, 7% del PIB mundial. Lo que le permite controlar buena parte del sistema financiero internacional. Su actividad encarece la energía y la vivienda. En el Estado español, participa de manera significativa en Repsol, Enagás, Iberdrola, Santander, CaixaBank, BBVA... En casa tenemos también personajes de esos que circulan en la cara oculta de la Tierra. El consejero delegado de Repsol, el mismo que amenazó con abandonar sus inversiones en el país a cuenta del impuesto energético, recibió una retribución en 2025 de cerca de cinco millones de euros. Y la presidenta de Confebask arrimó hace unos días el ascua a su sardina, obviando los desmanes de la clase Epstein: «Los clientes americanos de nuestras empresas llaman preocupados por la posición de España sobre Irán». Son los que pasan por alto las tragedias y genocidios (¿y alientan?) para beneficio de sus negocios. La clase Epstein se completa y subsiste con otros clanes. Entre ellos el cártel bancario, esa esfera económica que aúpa y destituye gobiernos