21 AVR. 2026 GAURKOA Los voceros Nora VÁZQUEZ Jurista y sanitaria {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} El periodismo nació con un propósito sencillo, una regla elemental que cabía perfectamente en el bolsillo de un abrigo: ir a un lugar, mirar las cosas de frente y volver para contarle a los demás qué estaba pasando. Era un oficio de zapatos gastados y libretas de anillas, sostenido por la terca decencia de separar el polvo de la paja, para que la verdad, siempre tan escurridiza, tuviera un asiento seguro en nuestra mesa. La norma era clara: no inventarás. Sin embargo, la mentira tiene un atractivo magnético que los seres humanos aprendemos a paladear. Todos recordamos a aquel niño en el patio del colegio que juraba haber visto un platillo volante o similar detrás del gimnasio, o que aseguraba, con los ojos muy abiertos, que el profesor escondía un tesoro robado en su cartera. Lo escuchábamos en corro, fascinados. En el fondo de nuestra conciencia infantil sabíamos perfectamente que nos estaba mintiendo, que aquello no se sostenía por ninguna parte, pero asentíamos con gravedad. No lo cuestionábamos porque comulgar con la patraña nos convertía en cómplices, nos daba un carnet de socios, nos permitía pertenecer a la pandilla. Había más calor en esa lealtad equivocada que en la fría y aburrida verdad. A fin de cuentas, pertenecer a un bando abriga mucho más que tener la razón, aunque al pensarlo a solas sepamos que estamos irremediablemente engañados. Ese viejo mecanismo del recreo, esa debilidad humana por la fábula que nos agrupa frente a un enemigo inventado, es exactamente la grieta por la que hoy se cuela la maquinaria de la manipulación. El oficio de contar lo que pasa ha sido secuestrado por individuos que se hacen llamar periodistas, pero que no sienten el menor respeto por la pausa ni por los hechos. Han descubierto que investigar una historia exige un esfuerzo que no compensa, cuando resulta muchísimo más rentable inventarla, envolverla en celofán de urgencia y venderla al por mayor. Se han convertido en altavoces de una fábrica de bilis que alimenta de forma calculada la agenda de la ultraderecha, de los lobbies financieros y de los negocios que, vete a saber, no sabemos. Porque hoy, desde la portada de un diario digital hasta el último vídeo viral, absolutamente todo se puede influenciar y comprar con el talonario adecuado. Hoy en día, arruinar la reputación de una persona, hundir el prestigio de un profesional o criminalizar a todo un colectivo se ha vuelto un juego ridículamente fácil. Basta un teléfono y una absoluta falta de escrúpulos. Toman un vídeo grabado a salto de mata en una calle cualquiera. Son apenas diez o quince segundos. Cortan el inicio, borran el contexto, silencian la provocación primera y dejan únicamente la reacción desesperada. Se manipula la escena a conveniencia para que la víctima acabe heredando el rostro del verdugo, y el agresor, a base de recortes, se corone como el mártir de la jornada. Y no ocurre solo con las imágenes; las noticias falsas se redactan en despachos financiados por fondos buitre que necesitan que odiemos hacia abajo para que jamás miremos hacia arriba. La realidad se pervierte a nuestro alrededor con una agilidad espantosa. Pasó hace muy poco en las avenidas del Reino Unido, cuando el dolor inmenso por el asesinato atroz de unas niñas fue secuestrado por unos agitadores frente a una pantalla. Inventaron de la nada un nombre extranjero y una religión falsa para el culpable. Minutos después, miles de personas, unidas por esa ceguera voluntaria que da el fanatismo, salieron a incendiar bibliotecas y a perseguir a quienes buscaban refugio. El bulo fue la chispa; la ultraderecha, la gasolina. Pasó también cuando una multitud fanatizada asaltó el Capitolio en Estados Unidos, convencida hasta el tuétano de un fraude electoral que los tribunales jamás encontraron, pero que ciertos presentadores repetían en bucle porque la mentira, sencillamente, daba más audiencia y protegía los intereses de sus jefes. Y pasa cada día con el exterminio televisado en Palestina, donde la historia de un pueblo se recorta, se maquilla y se edita para que la masacre sistemática parezca una simple defensa, y la ocupación, un detalle sin importancia. Estos supuestos comunicadores nos imponen una visión autoritaria, cerrada e imperialista de la vida, donde cualquiera que no encaje en el molde es un enemigo a abatir. Su objetivo no es que sepamos más, sino que vivamos asustados, porque el miedo es el pegamento más barato para unir a los votantes y blindar los monopolios. Alimentan a los regímenes que saben muy bien que una sociedad desconfiada y rota no se organiza para pedir mejores salarios ni hospitales públicos dignos; solo exige mano dura y muros más altos. Y nosotros, desde el otro lado de la pantalla, caemos en la trampa con la misma docilidad de aquel patio de colegio. Compartimos el recorte, enviamos la noticia falsa, repetimos la consigna. Lo hacemos porque queremos pertenecer al bando de los indignados, sentir que somos parte de los nuestros, aunque en el fondo, si nos paramos a pensar un solo instante, intuyamos que el titular es un fraude y que nos están utilizando para hacer daño. Pero preferimos la comodidad de la manada a la intemperie del pensamiento crítico. Frente a este secuestro sistemático de la realidad, no sirven los lamentos pasivos ni esperar a que la tecnología venga a rescatar la cordura. La única manera de desactivar la bomba es recuperar la lentitud. Cuando el teléfono nos exija odiar con prisa, cuando el titular nos empuje a condenar al prójimo sin pruebas para sentirnos parte de la pandilla, el acto de resistencia que nos queda es soltar el aparato. Es atreverse a salir del corro de los que gritan la mentira. Es aceptar el frío que hace cuando una decide no pertenecer al bando del odio, y tener el coraje rotundo de mirar el mundo con nuestros propios ojos, antes de que el dinero de otros decida por nosotros a quién debemos despreciar. Esa debilidad humana por la fábula que nos agrupa frente a un enemigo inventado es la grieta por la que hoy se cuela la maquinaria de la manipulación