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El Turco


Nos hemos ido acomodando, con esa mansedumbre de la que ya no quiere hacerse preguntas, a vivir en un mundo de milagros asépticos. Creemos, porque nos resulta infinitamente más poético y descansado, que la inteligencia de nuestra época nace del aire. Puede que imaginemos que detrás de la voz aterciopelada de nuestros teléfonos, o del coche que frena con majestuosa suavidad ante un semáforo, solo hay matemáticas puras, algoritmos inmaculados que flotan en una nube de cristal y luz. O ni tan si quiera lo pensamos. Y, sin embargo, si una afina el oído y sabe escuchar más allá del zumbido hipnótico de las pantallas, descubrirá que la tecnología moderna no respira con pulmones de silicio, sino que jadea con el aliento fatigado de los arrabales del mundo.

La historia de esta gran ficción tiene un origen exacto. En 1770, el inventor Wolfgang von Kempelen paseó por las cortes de Europa a “El Turco”, un deslumbrante autómata de madera capaz de jugar al ajedrez y derrotar a príncipes y eruditos. La máquina parecía pensar, y el público, embelesado por la ilusión, aplaudía a rabiar. Tuvieron que pasar décadas para que se revelara la vulgaridad del truco: en el interior del mueble, apretujado entre engranajes que no servían para nada, sudaba un maestro ajedrecista humano que movía las piezas en la oscuridad mediante imanes.

En nuestro tiempo, la carcasa de madera ha sido sustituida por gigantescas granjas de servidores, pero el engaño sigue siendo el mismo. En 2005, Jeff Bezos bautizó a su plataforma de subcontratación masiva de tareas digitales precisamente así: Amazon Mechanical Turk. Era la confesión de un secreto a voces: la máquina nace tonta y ciega. Para que parezca inteligente, hay que esconder a millones de humanos en su vientre.

Y esos humanos nunca habitan en las avenidas arboladas de Silicon Valley. Son un proletariado invisible, un ejército de jornaleros del clic esparcidos por la geografía global de la precariedad.

Pensemos, por ejemplo, en un cibercafé de Maracaibo, en Venezuela, o en un cuarto asfixiante de Manila, la bulliciosa capital de Filipinas. Allí, contratados por subcontratas de Silicon Valley, miles de jóvenes, antiguos profesores o estudiantes endeudados trabajan doce horas al día delineando polígonos sobre imágenes borrosas captadas por radares LiDAR. El LiDAR, para despojarlo de su misticismo técnico, no es más que un escáner que dispara miles de pulsos láser por segundo para crear mapas tridimensionales del entorno. Pero el escáner solo ve formas mudas; es la joven filipina quien debe dibujar una caja virtual alrededor de lo que es un peatón, otra sobre una papelera, mil más sobre una hilera de coches aparcados. Solo así los vehículos del primer mundo «aprenden» a ver. Cobran a veces dos o tres tristes céntimos por imagen. Si el pulso les tiembla tras diez horas de fatiga visual y la línea se desvía un milímetro, un algoritmo implacable rechaza el trabajo y no cobran.

Pero esta telaraña de explotación no entiende de ejes geopolíticos y atrapa siempre al más vulnerable en cualquier rincón del mapa. En las estepas digitales de Rusia, el gigante tecnológico Yandex nutre a sus propias inteligencias artificiales a través de una plataforma llamada Toloka. Quienes allí teclean, clasificando búsquedas y audios a destajo por rublos que apenas compran pan, suelen ser inmigrantes uzbekos o ciudadanos de las regiones más deprimidas de la antigua Unión Soviética.

Incluso en los márgenes de nuestra vieja y presuntamente ética Europa, el milagro se amasa con la desesperación ajena. En los polvorientos campamentos del Líbano, exiliados de la guerra de Siria utilizan sus teléfonos móviles agrietados para etiquetar fotografías callejeras y voces, adiestrando a los algoritmos de la industria automotriz alemana. Venden su tiempo y su vista desde una tienda de campaña, sosteniendo el lujo europeo a cambio de remesas de miseria.

Más oscuro aún es el peaje que se cobra en el corazón de África. Hace pocos años, cuando la compañía estadounidense OpenAI quiso que su recién nacido ChatGPT fuera educado, inofensivo y no profiriera barbaridades, se dio cuenta de que el algoritmo debía conocer primero las dimensiones exactas de la maldad. Contrataron entonces a la empresa Sama, que instaló sus oficinas en Nairobi, Kenia. Allí, a cambio de sueldos que apenas superaban el dólar la hora, decenas de muchachos fueron sentados frente a monitores para realizar la eufemística tarea de «moderar contenido».

Su trabajo consistía en descender a las cloacas del alma humana. Durante turnos de nueve horas, cada joven debía leer y clasificar la escoria más atroz que circula por internet: descripciones escrupulosas de torturas, pedofilia, suicidios y mutilaciones. Ellos tragaban la bilis para que la máquina se purgara, para que nuestras interacciones con la tecnología fueran blancas y seguras. El peaje es devastador. Y cuando uno de estos trabajadores se quiebra por dentro, simplemente es desconectado del sistema, cediendo su silla caliente a otro muchacho con hambre y buenos ojos.

Resulta de una melancolía inmensa comprobar que hemos replicado las lógicas del viejo colonialismo algodonero o minero, pero esta vez extrayendo tiempo, cordura y atención. Las grandes corporaciones han alejado la fábrica mental todo lo posible para que el humo del sufrimiento no empañe los cristales del mundo rico.

Así que la próxima vez que le pidas a tu teléfono que te componga una canción o te dibuje un paisaje soñado, y la máquina obedezca al instante con su cortesía de hojalata, no creas en la magia. Piensa en el pulso cansado de una mujer en Venezuela, en las ojeras de un refugiado sirio o en la mente rota de un joven en Kenia. Piensa que bajo esa superficie lisa y resplandeciente de tu pantalla sigue latiendo, escondido en la penumbra del gran mueble del mundo, el esfuerzo sudoroso, mal pagado y tristemente humano de los de siempre.