31 MAI 2026 KOLABORAZIOA Al otro lado de la puerta Jeannette RUIZ GOIKOTXETA Psicologa clínica, especialista en trastornos traumáticos {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Recuerdo la intensidad emocional de la partida, se respiraba preocupación pero se compensaba con la ilusión, el orgullo, la ansiedad positiva. Las lágrimas se escapaban en tierra y las sonrisas se iban en el mar. Y como dice Serrat: «y te acercas y te vas después de besar mi aldea. Jugando con la marea, te vas pensando en volver». Fueron días de esperanza, compartiendo la aventura y las anécdotas diarias. Lo seguimos desde tierra con admiración. En nuestro caso, nos uníamos detrás del Isobella. Y llegó el día, el mar se oscureció y aparecieron unas luces agresoras que activaron otras emociones. El miedo y la desesperación en el mar y la preocupación en la tierra. Malas noticias, disgusto, desolación, indignación, asombro, incomprensión, miedo, mucho miedo tanto en el mar como en tierra. Algo se rompió, pero seguimos adelante con la esperanza de que en algún sitio del ser, del monstruo, se albergase algo de humanidad que nos permitiera llegar al destino. Las sombras de la noche también aparecieron de día, otra vez miedo, pánico, ansiedad, indignación, bloqueo emocional, frío, mucho frío y calor, mucho calor. El cerebro se confunde, no sabe qué hacernos sentir. En tierra, rabiosos y asustados, en el mar, intentando sobrevivir a lo que ni nos podíamos imaginar que vendría después, y llegó. La crueldad de algunos seres «humanos», o mejor, inhumanos, nos miró de frente. ¡Y pasó! Mal, pero pasó, otras emociones mezcladas, alegría porque el monstruo nos deja, rabia por la impunidad, indefensión, vulnerabilidad. Un cuerpo dolido por fuera y por dentro y mucha alegría al poder abrazarnos. Algunas nos conocemos poco, otras nos hemos conocido en esta travesía, pero es como si nos conociéramos de toda la vida, nos apoyamos, nos cuidamos, compartimos nuestras emociones. Y... hay que volver a casa. La ilusión nos inunda porque vamos a volver a sentir emociones positivas a la vez que el dolor de comprobar la maldad que nos ha mirado de frente. Esa maldad que practica cada día contra otros seres humanos. Ya estamos a salvo, nervios antes de abrirse la puerta, ¿quién nos esperará? ¿Quién nos abrazará? Nos besarán, nos harán sentir queridas, protegidas, cuidadas. Las emociones se amontonan en nuestro cuerpo maltrecho, temblamos de alegría y la ansiedad es positiva. Por fin estamos en casa. Y la puerta se abrió... Ya estamos a salvo, nervios antes de abrirse la puerta, ¿quién nos esperará? ¿Quién nos abrazará?