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Sanfermines y Euskal Herria


Me había prometido no volver a replicar las sandeces que sobre nuestros corónimos aparecen con frecuencia en el periódico (me cuesta llamarle navarro) de mayor audiencia. Pero es difícil, con este calor, aguantar a las moscas sin soltar algún paletillazo. Ya sé que el que discute con necios acaba diciendo necedades, pero al final quizás no sean tan tontos como aparentan y solo lanzan provocaciones para obligarnos a los demás a estar todo el día desgastándonos, discutiendo perogrulladas. Por algo le llaman «el Diablo de Navarra».

La portada del Diario del día San Fermín no podía ser más acertada y a la vez más contradictoria con el interior de sus páginas: «El corazón de la Fiesta» titulaba, y una gran fotografía recogía la salida del ayuntamiento de unos 200 gaiteros, venidos de todos los territorios vascos, euskaldunes la mayoría, para quienes el concepto Euskal Herria es tan evidente como sus partituras. Y en el interior, un nuevo titular denunciaba que Imanol Pradales dijera en el ayuntamiento que los sanfermines son «la principal fiesta de Euskal Herria». Un plumilla, necio de siete suelas, editorializaba sobre estas palabras acusándolas de ficción, invención y cosa fingida. Para adornar su sapiencia citaba a Hemingway, demostrando que no lo ha leído, ni sabe la de veces que el autor de “Fiesta” citó a los vascos de Iruñea, bebiendo de la bota sanferminera «como los vascos», mientras recorría «una pequeña y polvorienta ciudad cociéndose bajo el sol vasco».

A estos mediocres del Diario no podemos pedirles un máster sobre literatura navarra y saber lo difícil que es encontrar en la historia un escritor, uno solo, que no reconozca la existencia de Euskal Herria, desde que en 1571 Leizarraga dedicara su obra a Juana, reina de Navarra. Y por si había duda de su territorialidad, otro navarro, Axular, concretó que «de muchas maneras y diferente se habla en Euskal Herria. En la Alta Nafarroa, en Baja Nafarroa, en Zuberoa, en Lapurdi, en Bizkaia, en Gipuzkoa en Araba y en otros muchos lugares». Lo que hoy se conoce como España estaba todavía en agraz. ¿Les dirá algo a estos plumillas los nombres de Moret, Navarro Villoslada, Olóriz, Iturralde y Suit, Nicasio Landa u otros más cercanos como Baroja, Iribarren, Premin de Iruñea o Lacarra? ¿Tampoco saben lo que decían de Euskal Herria próceres del navarrismo como Jaime Del Burgo. Aizpún o Baleztena? «Como navarros que somos, tronco y raíz de Euskalerría, queremos vivir en sólida vinculación con el resto del País Vasco, en la forma que el pueblo navarro elija» publicaron en 1977 los firmantes del Frente Navarro Independiente, entre ellos Honorio Taberna, José Ángel Zubiaur, Víctor Manuel Arbeloa, Tomás Caballero, Jesús Malón... Y aunque ya no se consultan como antes las enciclopedias que resumían el conocimiento universal antes de la llegada de internet, un vistazo a las monumentales Espasa-Calpe, Salvat o Larousse quizás les ayudaría a pensar antes de ponerse a escribir al pedo.

Pero ya que a los periodistas del Diario no les interesan ni la historia ni la literatura, ni las enciclopedias, deberían al menos consultar su propia hemeroteca. Su famoso director, Garcilaso, otro ideólogo del actual navarrerismo, denominó a la Diputación Foral, «la mayor jerarquía de Euskal Herria». Era cuando, a la llegada a Pamplona del Ángel de Aralar, dedicaba páginas enteras al «patrono y guardián de Euskalerria» (13. IV.1915).

Otro director, el ínclito Ollarra, escribía en 1982 que «Euskalerria es una realidad y puede ser una comunidad de etnia y de lengua». Y hasta hace cuatro días, cuatro, hemos visto en sus páginas una sección titulada «Euskal Herrian barna». ¿A qué vienen ahora esos remilgos?

La sucesión de citas sería inacabable. Fue precisamente la derecha navarra la que se agarró al término Euskal Herria para combatir el neologismo Euzkadi. «En modo alguno podemos admitir la denominación en lengua vasca del País Vasco-Navarro. Bien está que se llame Euskalerría o Vasconia, pero no Euzkadi» dijo, en 1932, el Ayuntamiento de Iruñea, de mayoría carlista.

Ni Imanol Pradales ni Asiron inventan nada cuando dicen que los Sanfermines son la gran fiesta de Euskal Herria. Siempre lo fueron. Por algo la canción más antigua que se conoce de la fiesta es “Iruñeko Ferietan”. Una feria que surgió en una ciudad vascongada, rodeada de una cuenca totalmente euskaldun, capital de un Reino diferenciado, a la que acudían a tratar y disfrutar tradicionalmente vascos de todos los territorios. Poco a poco se convirtió en una de las fiestas más conocidas del mundo, pero nunca dejó de ser considerada como la fiesta principal de los vascos. Viajeros que conocieron los sanfermines y los divulgaron por el mundo los calificaron como una «fiesta vasca». No fue solo Hemingway: en 1843, el sevillano Manuel Cañete se admira de las boinas, del tamboril (txistu), la dulzaina, los zortzikos y los cantos en vascuence; en 1844 el francés Laurent llamó al tamboril el «instrumento nacional» de Navarra; en 1894 se cantó el Gernikako Arbola en cada toro de las corridas sanfermineras; en 1951 el escritor suizo Tschiffely se vistió «como un vasco» para mejor integrarse en la fiesta; el georgiano Dzidziguri se enamoró de la participación popular y de cómo cantaban «antiguas canciones vascas». Y así hasta hoy.

El Diario y sus mentores tienen derecho a negarse a la vinculación institucional de Navarra con el resto de Euskal Herria, pero deberían evitar defenderlo diciendo sinsorgadas y pisoteando todo rigor intelectual. Un poco de nivel por favor, que Navarra no se merece esto.