08 AOÛT 2026 12 AGOSTO DE 2026: ECLIPSE SOLAR TOTAL 1860 y 1905, los otros apagones solares que eclipsaron Euskal Herria El próximo miércoles se vivirá en Euskal Herria un fenómeno único, pero no será la primera vez que se tiene constancia de un eclipse solar total en nuestro territorio. Fotografías y testimonios atestiguan que los acontecidos el 18 de julio de 1860 y el 30 de agosto de 1905 también tuvieron un impacto social muy relevante. Varias personas observan el eclipse de 1905 en el Hospital Psiquiátrico de Iruñea. (MARTINEZ BERASAIN | ARCHIVO GENERAL DE NAFARROA) Natxo MATXIN {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Euskal Herria vivirá el día 12 un acontecimiento especial, pero, como todo fenómeno natural -en este caso, astronómico- de carácter cíclico, no será la primera vez que se produce en nuestro territorio. Dos son los precedentes de eclipses solares totales de los que disponemos de información oral y escrita, e incluso documentos gráficos: el del 18 de julio de 1860 y el del 30 de agosto de 1905. Durante el primero, Araba se convirtió en uno de los focos de atención científica. Por aquel entonces, quienes se podían dedicar a esta materia eran de manera exclusiva personas acaudaladas, bien por heredar una posición social privilegiada o bien por haber triunfado en los negocios. Generalmente, solo ellos podían permitirse acceder a instrumentos muy exclusivos y valiosos para la época. A ello había que sumarle el elevado coste de los viajes para poder observar una rareza que la mayor parte de las veces se daba en latitudes muy apartadas. Precisamente el hecho de que este singular episodio aconteciese en tierras europeas -origen mayoritario de los investigadores-, sumado al avance tecnológico en algunas materias -apenas tres décadas antes se había descubierto la fotografía-, facilitó la organización de numerosas expediciones científicas. Una de las más numerosas fue la promovida por George Biddell Airy, astrónomo real inglés y director de los observatorios de Cambridge y Greenwich, compuesta por 60 personas, con presencia de eruditos no solo de Gran Bretaña, sino también del Estado francés, Alemania, Estonia y Dinamarca. Su estancia en Gasteiz -eligieron el Alto de Santa Lucía como punto de observación- dio pie a la calle de los Astrónomos de la capital arabarra y a la colocación del monolito en su recuerdo que existe en dicha vía. No fue el único lugar en el que se instalaron; también se desplegaron por la zona de Pobes, Ribabellosa, Urizaharra, Anda, Laudio, Guardia, Hereña y la Sierra de Toloño, buscando ubicaciones rurales menos pobladas que facilitasen su labor, de cara a asegurarla en función de la posible presencia de nubes y también con el objetivo de comparar sus mediciones. Entre esos cálculos, los investigadores se centraron en el análisis de las protuberancias eyectadas desde la corona solar, registradas mediante fotografías y dibujos, lo que dio pie a la posterior publicación de varios estudios sobre dicha cuestión. Ni que decir tiene que, sin duda, el despliegue realizado por científicos cargados con extraños aparatos debió de generar tanto asombro y curiosidad entre la población de todas esas comarcas como la posterior ocultación de nuestra estrella. WARREN DE LA RUE Uno de aquellos astrónomos fue el químico Warren de la Rue (1815-1889), hijo de un exitoso fabricante de naipes y que heredó con posterioridad el floreciente negocio familiar. Gracias a su visión documental, se conservan no solo instantáneas tomadas por él del eclipse solar, sino también fotografías y litografías de los momentos en los que capturó dichas imágenes, acompañado de todo un séquito de colaboradores. Este miembro de la Chemical Society de Londres, la Royal Astronomical Society y la Académie des Sciences de París instaló su observatorio entre Ribabellosa y Quintanilla de la Ribera, compuesto por una caseta prefabricada de madera que trajo ex profeso desde la localidad inglesa de Plymouth. Pionero de la fotografía astronómica, el diseño propio de un fotoheliógrafo -le acopló un obturador mecánico rápido para evitar la sobreexposición y lentes corregidas para el enfoque- que puso a prueba en tierras alavesas y más tarde instalaría en el Observatorio de Kew (se conserva actualmente en el Museo de la Ciencia de Londres) le permitió conseguir una de las primeras series completas de un eclipse solar, con un total de 40 imágenes. Dos de ellas, coincidiendo con la totalidad, demostraron que las protuberancias visibles pertenecían al Sol y no a la Luna, resolviendo así un importante debate científico. «Éxito completo. He obtenido dos fotografías de las protuberancias rojas que demuestran que pertenecen al Sol», fue el contenido del telegrama que envió a la capital británica. La jornada no estuvo exenta de una considerable dosis de incertidumbre. Como los días anteriores, amaneció nublado, lo que estuvo a punto de echar por tierra todo el esfuerzo realizado en fechas previas. Sin embargo, al mediodía de ese 18 de julio, el cielo comenzó a despejarse y quedó totalmente limpio. Arremolinados junto al grupo de investigadores, un elevado número de vecinos aguardaban al fenómeno astronómico, contagiados por la curiosidad, pero también de un infundado temor, consecuencia del desconocimiento y la influencia de creencias heredadas de mitos y religiones. La expedición incluso se vio obligada a mandarles callar tras sus gritos de asombro, ya que ello molestaba la tarea de anotar datos que De la Rue realizaba en esos momentos ayudado por un cronómetro. El eclipse comenzó a las 13.36, se prolongó hasta las 15.58 y la totalidad -14.50- duró un total de tres minutos y quince segundos. CRISTALES AHUMADOS Hubo que esperar casi medio siglo para que este acontecimiento natural volviera a repetirse en Euskal Herria. El 30 de agosto de 1905 no hubo tanta suerte, pese a que su desarrollo también estaba previsto para el mediodía. Según las crónicas, la ciudadanía que prácticamente tomó las calles -incluso se recoge que algunos trabajadores tuvieron fiesta durante el tiempo que duró el eclipse- se quedó con las ganas de ver la ocultación en todo su esplendor. «La tristeza del ambiente contagiaba al vecindario; en todas partes notábase el desencanto por el encapotado cielo», registra una de las crónicas del día siguiente. A falta del espectáculo visual, se puso el acento en otros efectos consecuencia de la interposición por parte de la Luna. «A la una y veinte minutos, máximum del eclipse, desciende la temperatura cinco grados; aire húmedo; brisa fuerte del Norte», refleja otra. Y un dato que en la actualidad haría estremecer nuestra seguridad óptica. «Ya hemos dicho que para observar el eclipse no contábamos con más aparatos científicos que el cristalito tiznado con humo de cerillas de cocina, que para el caso son muy útiles», se expone. Efectivamente, la ignorancia científica de la mayoría de la población, junto a la transmisión errónea de que el mejor filtro solar era un cristal ahumado de manera casera, hizo que este objeto se convirtiese en el instrumento utilizado de manera masiva, a tenor de lo publicado en la prensa del momento. De los posteriores daños oculares entre quienes observaron el suceso no queda constancia, aunque es posible que quedasen mitigados por la considerable presencia de nubes. Sin duda, la incomprensión sobre este tipo de fenómenos fue uno de los aspectos que se intentó corregir por parte de los responsables institucionales de la época para evitar una histeria colectiva que llevase al caos en ciudades y pueblos. De ahí que estén registrados «bandos municipales que avisaban de lo que iba a ocurrir y alertaban a los vecinos de que no tuviesen miedo, e incluso explicaban de manera científica, con diagramas, por qué sucedía un eclipse», explica María Uresandi, coordinadora de actividades científicas del Planetario de Iruñea. Para ella, quitando la diferencia horaria, existen unos cuantos paralelismos entre el apagón solar de principios del siglo XX y el que se producirá el próximo 12 de agosto. «Como en aquel momento, también ahora existe la incertidumbre de si acompañará la previsión meteorológica; del mismo modo, se está haciendo mucho hincapié en el tema de la seguridad visual, aunque en aquel momento no se utilizasen los medios más adecuados, y existe entre la ciudadanía idéntica curiosidad por conocer qué sucederá en el instante de la oscuridad total. Se trata de un fenómeno que muchos solo lo vamos a vivir una vez en la vida», resalta. «Las gallinas corrieron a meterse en el corral» Una de las cuestiones que se esperan analizar y para la que ya están en marcha algunos estudios que se llevarán a cabo durante el eclipse es la afección que este tendrá sobre las especies animales y vegetales, una circunstancia confirmada en anteriores episodios y que también en 1905 sucedió. Así, uno de los descendientes de la familia que donó las fotografías correspondientes a la estampa vivida en el Hospital Psiquiátrico de Iruñea contó una divertida anécdota durante una de las actividades que se han venido llevando a cabo en torno a este fenómeno por parte del Planetario de la capital navarra. Relató cómo su abuela le transmitió el testimonio de la madre de ella, en el que le asegura que «las gallinas se volvieron locas en el momento en el que se produjo la oscuridad repentina en pleno mediodía, fruto de la totalidad del eclipse, y salieron corriendo despavoridas en dirección al corral, asustadas por una situación que era totalmente incomprensible para el instinto de estos animales». N.M.