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Democracia tutelada


Estamos asumiendo con absoluta normalidad la metamorfosis de la democracia en el más puro sentido kafkiano, en cuanto a la deshumanización del individuo y pérdida de valores sociales se refiere. El proceso de cambio de lo que entendíamos como democracia popular o respeto a la voluntad del pueblo a su versión neoliberal es ya un hecho. El futuro, y nuestra propia existencia, lo estamos supeditando al albur de los intereses de personajes y corporaciones cuya inclinación a la defensa de los derechos, libertades y mejora de vida de los ciudadanos sin distinción y en igualdad no es que sea nula, sino que es regresiva.

Aceptamos que, desde algún laboratorio o púlpito, transmutados en fuentes, o lo dado por llamar redes sociales, nos digan cómo debemos pensar o cómo tenemos que actuar. Curiosamente, este beneplácito es más notorio desde aquellas sociedades cuya adaptación y asimilación de las nuevas tecnologías es más progresiva.

Dentro de este esquema perfectamente programado y pautado, se modula la moral, el lenguaje y las actuaciones dependiendo de quién sea el sujeto. Conceptos de terrorismo, justicia, igualdad o libertad, por poner algún ejemplo, los redefinen con aparente neutralidad a su imagen e interés del fin pretendido, pero con clara significación o acepción contextual. Su responsabilidad en genocidios no les merece otra consideración que limpiezas o derecho a la defensa; las invasiones son por la defensa de la democracia, la suya, por supuesto; sus asesinatos son garantía de libertad, y así una larga lista de criminales actuaciones amparadas en la «defensa del orden mundial y del bien común».

El derecho a la defensa siempre es unidireccional; a la parte agredida se le niega esta facultad. La violencia de respuesta por el oprimido, vejado, sometido y humillado no da lugar y es condenada y etiquetada como terrorismo.

No son estrategias casuales, están perfectamente diseñadas y sincronizadas en el tiempo y recorrido de las nuevas tecnologías, IA y algoritmos que dan solución a los problemas de agotamiento de sus sistemas de dominación y control. Su resultado y consecuencia es el crecimiento de los movimientos de extrema derecha o fascistas en el objetivo de consolidar sociedades sumisas y colaboracionistas con sus políticas económicas neoliberales, lo que desde las autocracias y dictaduras han dado por definir como «el nuevo orden». No hay que olvidar que el totalitarismo es genéticamente golpista; no le merecen ningún respeto las mayorías ni la voluntad popular. Además de expansionista, su ficcionado supremacismo «les otorga» títulos de propiedad sobre territorios e incluso personas.

Para nada se trata de responsabilizar de esta deriva al progreso tecnológico, cuyos beneficios y oportunidades para el conjunto de las sociedades debieran ser innegables. Pero sí para hacernos reflexionar sobre quiénes son los que las diseñan, crean, fomentan, deciden su implantación y controlan, y cuál es el papel de la mayoría de la población en estos procesos. Las cada vez más acentuadas e insalvables diferencias entre la mayoría de la población con escasos recursos y la ingente acumulación de bienes y recursos por unos pocos despejan dudas de si el objeto es el bienestar de los ciudadanos y la defensa del planeta o su codicioso e insolidario egocentrismo.

Sus métodos permanecen inalterables, adaptados, por supuesto, a los nuevos tiempos, pero fieles al objeto de control y sometimiento: el bélico, en sus vertientes de provocar destrucción humana y material a la par que enriquecerse a través de sus potentes industrias armamentísticas, y la vía del chantaje económico, energético y alimentario al más puro estilo medieval para doblegar voluntades y conseguir la rendición y conquista por medio del hambre.

No creo que, por otra parte, el hipotético agotamiento del sistema capitalista, neoliberal u otros vaya a hacer renunciar a los poderes al control ideológico y acumulación de recursos. Han demostrado históricamente su capacidad para regenerarse. Su privilegiada posición en esta nueva era de digitalización social les permite cambiar las variables y reglas a su medida. No hay que olvidar que ellos son los diseñadores de las nuevas estructuras vivenciales.

Por el contrario, estoy convencido de que las urgentes y necesarias correcciones deben producirse desde la colaboración, respetando diferencias y salvando distancias entre comunidades y pequeños pueblos donde el arraigo a las raíces y a la naturaleza ha sido el embrión de valores. La cercanía y conocimiento de los problemas y necesidades reales de los ciudadanos y del planeta en general debe ser una de las palancas del cambio.

Esta acumulación de fuerzas de carácter progresista y transformadora deberá ser capaz de generar sinergias, intercambiar experiencias y desarrollar los proyectos y transiciones estructurales, sin ningún tipo de complejo, bien globales o locales, en función de los recursos y/o necesidades. Requiere voluntad, capacidad para encontrar puntos de encuentro y espacios comunes sin renunciar a los derechos que a cada comunidad o individuo correspondan. Sin dudas ni ansiedad y pisando el suelo donde habita la mayoría con sus problemas: vivienda, trabajo digno, soluciones reales a las corrientes migratorias, etc.

Es hora de dejar atrás diferencias inocuas y realizar un diagnóstico compartido de la que está cayendo y de lo que puede llegar si no reaccionamos de inmediato, confrontando proyectos con contenido y desarrollo social, soltando amarras con los imperios y generando contradicciones en las sociedades hegemónicas en disputa por el control geopolítico. En el caso de nuestra Euskal Herria, tener la capacidad de decidir libremente nuestro futuro para garantizar los derechos sociales, lingüísticos y como pueblo para, juntamente con otras sociedades libres, trabajar en corregir el rumbo hacia parámetros de justicia universal, igualdad y respeto al diferente.