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Euskal Herria 2036


En 1948 George Orwell permutó las dos últimas cifras del año y tituló “1984” su distopía sobre la sociedad que temía. Tres décadas después, Emilio López Adán, «Beltza», publicó “Euskadi 1984” e imaginó desde 1979 el país que encontraría cinco años más tarde. En 1984, Federico Krutwig miró más lejos en “Computer Shock. Vasconia. Año 2001”, anticipando el impacto de la informática sobre la sociedad vasca. Algunas predicciones acertaron y otras no. Ahí está el interés de intentarlo. Estamos en 2026. ¿Qué Euskal Herria encontraremos dentro de diez años?

El mundo de 2036 puede ser más irreconocible de lo que suponemos. Estados Unidos seguirá siendo una potencia, pero no el centro ordenador. China, India, Rusia y otros actores ensayarán nuevas alianzas. Tampoco deberíamos dar por supuesta la continuidad de la Unión Europea o de la OTAN. Pueden fortalecerse, transformarse, fragmentarse o desaparecer. Los conflictos pueden aumentar y el riesgo de escalada nuclear ha vuelto a ser real. Las decisiones serán cada vez más globales y menos locales.

Ese mundo condicionará nuestra casa. Euskal Herria será más poblada, más vieja y más diversa. En la CAV y Nafarroa Garaia el crecimiento dependerá de la inmigración porque habrá más defunciones que nacimientos, mientras Ipar Euskal Herria seguirá envejeciendo. Para quienes aspiramos a una Euskal Herria soberana, social y euskaldun, la cuestión nacional será también una cuestión de incorporación. No basta con reivindicar el derecho a decidir si no construimos una sociedad capaz de decidir conjuntamente.

Y quizá el cambio social más profundo llegue de la mano de las mujeres. En 2036 no importará solo cuántos nacen o llegan, sino quién cuida, quién decide y quién dispone de tiempo, ingresos y autonomía. El envejecimiento multiplicará las necesidades de cuidados y, si ese trabajo continúa descansando de forma desproporcionada sobre las mujeres, el sistema chocará con su límite. Cambiarán la familia, la maternidad, los hogares, el empleo y la política. No habrá política demográfica eficaz que no sea también política de igualdad, cuidados, vivienda y conciliación. La autonomía real de las mujeres puede ser una de las fuerzas que más transforme Euskal Herria.

Durante la próxima década se jubilarán miles de técnicos, sanitarios, docentes, trabajadores e investigadores. La industria seguirá siendo una base material de Hego Euskal Herria, pero no conservará su peso por inercia. Habrá que automatizar sin desertizar, atraer trabajadores, transmitir conocimiento y retener talento. Vivienda, salarios, investigación y servicios públicos también son política industrial. Y está la energía. En un mundo de suministros frágiles, una economía muy dependiente del exterior tiene autonomía limitada. Un país que no retiene a sus jóvenes, no produce energía suficiente ni conserva su tejido industrial, dispone de menos soberanía de la que indican sus instituciones.

Ahí también se juega el futuro del euskara. En 2036 la traducción simultánea mediante IA será cotidiana. Eso puede hacerlo parecer prescindible. Habrá que convertirlo en lengua útil para vivir, trabajar, crear y participar, y situarlo entre las mejor preparadas tecnológicamente. También cambiará cómo nos informamos. Asistentes de IA resumirán noticias, algoritmos decidirán qué vemos y creadores individuales competirán con los medios supervivientes. Podemos compartir territorio y dejar de compartir conversación. La cohesión dependerá de quién cuente el país y de quién controle el algoritmo.

El clima será otra fuerza de cambio. Más calor, sequías, lluvias extremas, incendios y presión sobre la costa modificarán agua, vivienda y territorio. Si zonas de los estados español y francés soportan veranos más extremos, Hego e Ipar Euskal Herria pueden atraer más turismo, segunda residencia y jubilados con capacidad adquisitiva. El conflicto climático será también de clase: quién puede vivir aquí, quién es expulsado por los precios y para quién se construye el país.

Las fronteras se pueden alterar sin moverse. No sabemos si en 2036 habrá cambiado el mapa político. A finales de los noventa, ETA trabajó con el horizonte de 2000 para levantar una nueva institucionalidad nacional vasca, y en 2015 Juan José Ibarretxe pronosticó una «Euskadi independiente» para 2030. Es más útil preguntarnos qué podemos construir mientras las fronteras sigan donde están. CAV, Nafarroa e Ipar Euskal Herria pueden articularse mucho más en transporte, sanidad, universidades, políticas lingüísticas, emergencias, agua, energía y clima. No sería una confederación jurídica, pero podría ser funcional.

En 2036 se cumplirá un siglo de 1936. La memoria ya habrá pasado de los testigos a los archivos. La IA permitirá cruzar millones de documentos y fabricar pruebas falsas. Y así, la memoria será otro espacio de soberanía. También cambiará la política. Las formaciones políticas, sindicales y sociales que hoy parecen permanentes quizá no existan en 2036, o lo hagan con otros nombres. La cohesión de un país no puede descansar solo en partidos. Necesita lengua, educación, industria, derechos, energía, instituciones, memoria, medios propios y vínculos cotidianos.

Ante una transformación semejante habrá nostálgicos y pasivos. La nostalgia guarda memoria, pero no diseña futuro. La pasividad deja que lo diseñen otros: los estados español y francés, Bruselas, los mercados, las grandes tecnológicas o los algoritmos. Hay que ser proactivos y preparar el relevo industrial, reducir la dependencia energética, retener talento, redistribuir los cuidados, ampliar la autonomía de las mujeres, preparar el euskara para la IA, articular las tres administraciones, incorporar a la nueva población, proteger vivienda y territorio y asegurar la memoria. No deberíamos preparar Euskal Herria para el mundo que conocemos, sino para varios mundos posibles. Muchas previsiones resultarán equivocadas. Pero hay un error mayor, el de reconocer las tendencias y no actuar. 2036 no está escrito. Pero ya ha comenzado.