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Los paraísos perdidos


Borges escribió que «no hay otros paraísos que los paraísos perdidos». Lo hizo cuando ya sabía que la vida se llena de territorios a los que nunca podremos regresar. Lugares, personas, voces. Un portal entreabierto, un caserío al fondo de un camino, una canción de una tarde cualquiera, una mirada que los años han convertido en patrimonio. El paraíso nunca fue paraíso mientras lo habitábamos. Tenía goteras, discusiones y derrotas. También mañanas brillantes. El tiempo lima las aristas y deja flotando aquello que fuimos perdiendo. Quizás Borges quisiera decir eso. Que solo reconocemos el paraíso cuando ya no podemos regresar a él.

He pensado muchas veces dónde estarán los míos. No solo quienes comparten conmigo las raíces más cercanas, frontera demasiado estrecha en ocasiones. También quienes pasaron por mi vida, quienes llegaron por la voz de otros y aquellos cuyos nombres encontré en un sumario, una carta desde prisión o detrás de una fotografía. Algunos llevaban música en las manos. Otros apenas habían tenido tiempo de rellenar los cuadernos de la escuela. Hubo quien habló euskara desde la cuna y quien lo aprendió porque sintió que aquella lengua también podía ser su casa. Gentes que habrían discutido hasta la madrugada y compartieron una certeza. El mundo que recibimos no tiene por qué ser el mundo que entreguemos.

Ahí empieza, para mí, el compromiso. No en las grandes palabras ni en las gestas que después adornamos. Empieza casi siempre en acciones pequeñas. Abrir una puerta, guardar silencio cuando preguntan, repartir una octavilla, esconder a alguien, aprender una lengua prohibida, acudir a una huelga, escribir un nombre para que no desaparezca. O coger un fusil cuando se cree, equivocada o acertadamente, que ya no queda otra posibilidad. Después llegan historiadores, jueces, los que administraron el relato y también nosotros, aficionados a ordenar el pasado como si hubiese ocurrido para ajustarse en nuestras etiquetas. Pero ellos vivieron antes de las etiquetas.

Tal vez por eso me conmueven las fotografías antiguas. No las oficiales, con personajes tiesos, uniformes y medallas, sino esas otras en las que aparecen cuatro amigos sobre una tapia, una muchacha mirando fuera del encuadre, un hombre apoyado en una bicicleta. Sabemos lo que sucedió después y ellos todavía no. A veces quisiera acercarme al borde de la fotografía y advertirles. No vayas mañana por ese camino, no abras esa puerta, no acudas a aquella cita. Pero el pasado es el único país al que nunca llega una carta. Y, sin embargo, seguimos escribiéndolas. Eso es la memoria. La nostalgia quiere regresar. La memoria sabe que el regreso es imposible y pregunta qué hacemos con aquello que recibimos.

Porque nuestros paraísos perdidos tampoco fueron inocentes. Estaban llenos de cárceles, estados de excepción, clandestinidad, exilios, guerras, fábricas donde se dejaba la piel y viviendas donde apenas alcanzaba para llenar la mesa. No quisiera regresar a ellos pero extraño a quienes los habitaron. Extraño incluso a quienes nunca conocí. He sentido cercanía por hombres y mujeres desaparecidos antes de que yo naciera. He entrado en cementerios buscando una lápida ajena y he hojeado expedientes donde un funcionario reducía una vida a tres líneas mecanografiadas. Quizás sea eso pertenecer. Que también nos duela la ausencia de alguien que nunca supo de nuestra existencia.

Sentir que una joven caída en una trinchera, un obrero despedido por secundar una huelga, una madre que recorrió cárceles, un refugiado que murió lejos del fuego de su casa o un desconocido que abrió la puerta cuando los demás la cerraban dejaron algo nuestro en el camino. Nuestros montes están llenos de esas huellas. También las calles. El salitre del Cantábrico, las hayas de Irati, los humedales de Urdaibai, las laderas del Baigura, el asfalto bajo los rascacielos, el hierro rojizo de Gallarta guardan ecos que no aparecen en los mapas. Han desaparecido astilleros, fábricas, frontones, talleres, estaciones y parapetos. También quienes miraban desde ellos.

Por eso la memoria no debería servir para construir altares, inventar héroes, ni levantar una nueva historia decretada. Ni siquiera los nuestros lo fueron. Tuvieron contradicciones, errores, miserias, como nosotros. Idealizarlos sería otra forma de alejarlos. Me interesa saber por qué lo hicieron, qué les empujó, qué estuvieron dispuestos a perder. Quizá el verdadero paraíso perdido no sea un lugar ni una época. Tal vez sea aquella certeza de que una persona podía entregar una parte de su vida por algo que probablemente no llegaría a disfrutar. Plantar un árbol sabiendo que la sombra sería para otros.

Hubo miles. No aparecen en los libros, ni tienen calles con su nombre. Una sociedad que convirtiera en bronce a todos sus hombres y mujeres dignos terminaría siendo un cementerio de estatuas. Prefiero imaginar que siguen entre nosotros de otra manera, en una palabra aprendida, en una injusticia que todavía nos indigna, en la mano que se tiende, en la puerta que vuelve a abrirse, en una vieja canción que alguien tararea sin saber quién la cantó primero. La memoria que solo mira hacia atrás termina marchitándose. El recuerdo necesita futuro. Porque, como intuía Eliot, algo de lo que fuimos sigue aguardándonos más adelante.

Tal vez por eso Borges tenía razón solo a medias. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos porque únicamente la pérdida nos permite reconocerlos. Pero vivimos también para construir otros que un día perderemos. Caminarán por nuestras calles, subirán nuestros montes, pronunciarán palabras que nosotros ya no escucharemos. Seguro que ignorarán nuestros nombres. Pero si alguna vez, ante una injusticia, sienten que no pueden mirar hacia otro lado, y si abren una puerta o plantan un árbol cuya sombra será para quienes aún no hayan nacido, una parte diminuta de nosotros seguirá viajando con ellos. Como nosotros caminamos hoy acompañados por quienes se fueron, sin verlos, sin tocarlos, pero sintiendo a veces, cuando el viento cambia, que todavía están ahí.