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La indignación desbordada y el hartazgo general se apoderan del Estado francés

Con manifestaciones multitudinarias y fuertes enfrentamientos, el Estado francés vivió ayer una tensa jornada de protesta. Carestía de la vida al alza, condiciones indignas para estudiar, poder político agotado… los enfados convergen y dan forma a la revuelta social.

Ayer fue una jornada de una fuerte tensión, enfrentamientos con la policía y destrozos en las grandes ciudades. (Lou BENOIST | EUROPA PRESS)

La de ayer bien podría haberse convertido en la jornada en la que las iras de distintos sectores sociales, generaciones y geografías lograron converger hasta desbordar todas las expectativas. La protesta tuvo su origen en un vídeo viral publicado en la red social TikTok a principios de septiembre, en el que se convocaba la movilización de ayer. Posteriormente, ayudó el contexto, marcado por el fuerte aumento del precio de la gasolina y el encarecimiento de la bolsa de la compra, las brutales ganancias de los gigantes de petróleo -auténticos especuladores de la guerra-, unos servicios públicos que van decayendo sin remedio y un presidente agotado e impopular a más no poder, que hicieron el resto.

En tanto que se desbordó y se extendió en todas direcciones, la protesta de ayer resonó, se apoyó en el recuerdo del movimiento de los «chalecos amarillos», incluso en la tradición de Mayo del 68. Estudiantes movilizados en la calle desde el 18 de septiembre para obtener condiciones que les permita estudiar con dignidad y construir su futuro. Junto con gentes de todas las edades y tradiciones de lucha. Los sindicatos también se sumaron a la ola. «La ira es inmensa, es profunda; y si el gobierno cree que puede salir del paso con anuncios cosméticos o ganando tiempo, se equivoca de raíz», advirtió la secretaria general de la CGT, Sophie Binet, cuya organización también convoca -en el marco de una plataforma intersindical- a una jornada de huelga y manifestaciones para el próximo 5 de noviembre.

TENSIÓN EXTREMA

Más de 1.500 acciones, manifestaciones, cortes de tráfico selectivos y bloqueos en todo el Estado francés en las que, según el sindicato CGT, «participaron más de 500.000 personas». La jornada estuvo marcada por una fuerte tensión, por una violenta represión policial y numerosos enfrentamientos.

En París y en otras grandes ciudades como como en Lille, Lyon y Marsella, se registraron marchas pacíficas multitudinarias y también durísimos enfrentamientos con la policía. En diversas ciudades se produjeron incendios provocados y daños en espacios públicos. Además, centenares de comercios fueron saqueados.

Tras haber intentado desacreditar el movimiento estudiantil de secundaria y haber difundido ampliamente la idea de que este estaba perdiendo fuerza, el gobierno volvió a recurrir a la represión violenta. Apenas dos semanas después de haber restringido su empleo -tras un incidente en el que un estudiante perdió una mano durante una manifestación-, el ministro del Interior volvió a autorizar plenamente el uso de granadas aturdidoras, alegando el riesgo de «violencia urbana» ante las numerosas concentraciones previstas para ayer. En la ciudad de Saint-Étienne, un manifestante perdió una mano a causa de una granada lanzada por las fuerzas policiales.

«DOS REALIDADES»

Numerosos representantes electos de izquierda participaron en las marchas, entre ellos diputados de La France Insoumise (LFI), la líder de los ecologistas Marine Tondelier y el secretario nacional del Partido Comunista, Fabien Roussel.

Mientras los partidos de derecha y de extrema derecha hablaban de «hordas ultraizquierdistas» y de un «fascismo rojo» que había tomado las calles, el candidato de LFI a las elecciones presidenciales, Jean-Luc Mélenchon, que se unió a la manifestación en París, denunció el tratamiento mediático de la movilización: «Mientras los canales de noticias inundan la pantalla con imágenes de violencia en decenas de ciudades, todo transcurre con tranquilidad, con decenas de miles de personas movilizadas pacíficamente. Dos mundos, dos realidades».