06 NOV. 2026 GAURKOA Niebla mental Maitena MONROY ROMERO Profesora de autodefensa feminista {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Hace unos días, en una entrevista en la Ser, Feijóo señalaba que es feminista y que no va a mantener el Ministerio de Igualdad. Bueno, en realidad decía que iba a englobar la igualdad en «otro lado, con algo más». Vamos, que un ministerio de Igualdad no tiene sentido porque, al parecer, la igualdad es un tema sectorial. No como con los temas importantes que, según se desprende de sus palabras, necesitan de un trabajo de verdad y continuado. Pese a las contradicciones del discurso del político, en el que afirmó y negó que eliminaría el Ministerio de Igualdad, no es que padezca de niebla mental, más parecería que tiene anclado el sesgo de que la igualdad entre hombres y mujeres es un tema menor. Me inclino más por esta segunda opción, teniendo en cuenta la trayectoria de los conservadores que ya en tiempos de la exministra de Cultura, Esperanza Aguirre, argumentaba que le parecía esta cuestión un tema que igual-da. Es innegable la capacidad y la constancia de los conservadores españoles para atacar y menospreciar las políticas públicas de Igualdad. Por otro lado, no es la primera vez que el PP utiliza el argumento de la convivencia o de parentesco con mujeres para definirse como feminista. Ya lo hizo el sempiterno candidato, Casado, cuando señalaba que tenía una hija y continuaba con esta magistral idea de «está muy bien que todos nos declaremos feministas, pero sin colectivizar (porque para él cada mujer es diferente)...». Ya sabemos que 7 años después, Feijóo sigue pensando lo mismo que su antecesor. Así que no les vamos a quitar ni un ápice de su coherencia. Además, la derecha española es hábil también a la hora de abrir debates que no son una preocupación social, como el derecho a decidir de las jóvenes de 16 años, porque el problema no es que decidan sin la autorización parental, ya que la mayoría acuden con sus madres y padres a la interrupción, sino, precisamente, que haya padres que no acompañen a sus hijas en ese momento. Que haya mujeres jóvenes que no se atreven a compartir con aquellas personas que deberían ser su lugar seguro los elementos que les podrían cambiar la vida para siempre, como es una maternidad no deseada y obligatoria. Y la pregunta previa: ¿por qué siguen produciéndose tantos embarazos no deseados? El cómo nos formulamos las preguntas, los problemas, define nuestra manera de entender el mundo y actuar sobre él. Hoy en día, la preocupación real de muchas familias con respecto a las menores se sitúa en la violencia sexual que sufren entre iguales. Lo que les preocupa a las familias es cómo a los chicos les están intoxicando para ser el musculito violento de turno, enfrentándoles con el feminismo, enfrentándoles a sus compañeras. Y cómo a ellas les hablan, desde el proxenetismo digital, de su piel como capital social, de su cuerpo como capital sexual y los beneficios de la subordinación. Todo ello promovido y ensalzado por los discursos negacionistas del espectro político de las derechas, que niega todas las crisis o las utiliza para aislar problemas que son estructurales, como la violencia contra las mujeres, el cambio climático o la precarización de la vida. Como diría el querido Anguita: «Programa, programa, programa». En la campaña, nuevamente, el feminismo servirá de autobombo o eslogan, pero la verdadera exigencia es saber cuáles son las propuestas concretas para transformar la vida de las mujeres. Me van a permitir que en esta ocasión priorice la demanda de las mujeres, tan acostumbradas que estamos a ser las subalternas y ocuparnos de atender las demandas de otros. Para democratizar todo, incluidos los cuidados. Los debates de las identidades nos han ido francamente mal. Por eso, es importante volver a retomar qué es lo que hace que una propuesta sea feminista y centrar desde ahí los discursos de la redistribución, de la justicia, de la igualdad real y efectiva, con propuestas políticas que no se queden en un feminismo tan transversal que desaparezca, o en el que solo quede el nombre, o en uno tan diverso que suponga un vacío político o, peor aún, una regresión de derechos, que no nos aporte nada llevándonos a una discusión interminable sobre las definiciones del feminismo. En este contexto, las mujeres podemos acceder como subsidiarias al mundo masculino, pero el mundo femenino sigue siendo nuestro. Las quejas más frecuentes de las mujeres se vinculan con la carga mental y física de cuidados; la violencia vivida y, también, las limitaciones que la misma genera para la proyección de una vida autónoma por la restricción de espacios y actividades, situando el foco de las acciones en el autocuidado y el control para evitar la violencia. Y, por último, pero igualmente importante, la falta de autoridad a su palabra, de reconocimiento a su trabajo, a su valía. Estas tres cuestiones no son fragmentarias, todas están interconectadas y tienen derivadas en todos los ámbitos de la vida. Sin embargo, los conservadores quieren devolvernos a la idea sectorizada de la igualdad, algo sin dimensión en la política con mayúsculas, en lugar de un elemento transversal a la vida y a las políticas de cualquier género, aunque, a veces, más que transversal, se volviese invisible dentro de un marketing que anuncia lo que no es. Como en la niebla mental sobre la que no hay acuerdo con respecto a la definición, pero que se ha convertido en un nicho de mercado para vender suplementos a las mujeres en la menopausia. Si antes nos negaban derechos por la falta de racionalidad, ahora todas padecemos de niebla mental y resulta que tenemos un procesamiento mental lento, con una atención distraída y no encontramos las palabras, pero nada que ver con la desigualdad, es mera esencia hormonal. Quizás, poder centrar la atención para escuchar los discursos sin niebla, ni vacío programático, requiera ser un poco más «bio-lentas» y «bio-lentos», para que las políticas antiderechos no nos dispersen, dejándonos en la niebla para después arrollarnos, colectivamente, tras el 30 de noviembre. En la campaña, la verdadera exigencia es saber cuáles son las propuestas concretas para transformar la vida de las mujeres