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La Transición ha muerto (en la cama)


(...) A la manera de Dorian Gray, Suárez era el retrato de la Transición, y lo que le ocurría a esta tenía consecuencias sobre él. Durante cuarenta años hemos podido seguir la evolución de la Transición mirando a Suárez, su envejecimiento, su salud, su deterioro. Su amnesia.

(...) Tras unos años en que nadie se acordaba de él (como nadie se acordaba de la Transición), a mediados de los noventa, con la vuelta de la derecha al poder, comienza la operación de canonización, por partida doble: de la Transición, y de Adolfo Suárez, profundizando en esa identificación entre ambos.

(...) En esos años, finales de los noventa, la derecha necesita construirse su propio pasado democrático, a la vez que poner dique al creciente movimiento ciudadano de recuperación de la memoria histórica. Y para eso echa mano de la Transición, convertida en un relato de consumo fácil (...). Para facilitar su aceptación, la Transición necesita encarnarse en un personaje, y ese es Adolfo Suárez, que se convierte en nuestro santo civil, el hombre providencial, el padre de la democracia (...).

La versión oficial de la Transición triunfó durante años, y para eso necesitó la desmemoria de quienes vivieron aquel tiempo. Olvidar a los muertos de la Transición, a los torturados y a los torturadores que siguieron en los cuerpos policiales y que hoy se siguen paseando impunes. Olvidar el pasado franquista de buena parte de la clase política, judicial, empresarial y periodística, incluido el pasado franquista de Suárez. Son los años de la burbuja económica, del espejismo de progreso, y mientras la memoria de la Transición se disuelve y se sustituye por su fetiche, el cerebro de Suárez sufre un deterioro similar, comienza a perder los recuerdos (...).

Esas vidas paralelas de Suárez y la Transición, esa identidad total entre uno y otra, hace que con la muerte del expresidente podamos decir que ha muerto también la Transición. Y para cerrar el círculo, lo hace también en una cama de hospital, como murió el franquismo. (...)

También el juicio histórico de Suárez queda íntimamente ligado al juicio sobre la Transición. (...) Si la Transición deja de ser un idealizado proceso de recuperación de la libertad y construcción de la democracia y el desarrollo, para ser vista como un corsé que intentó contener las mayores aspiraciones de libertad, democracia y desarrollo de los ciudadanos; si deja de ser valorada como una ruptura con el franquismo para ser leída como la garantía de su impunidad y en algunos aspectos continuidad; entonces también Suárez quizás deje de ser visto como el campeón de la democracia para ser juzgado con más severidad.