GARA Euskal Herriko egunkaria
CRíTICA: «Por un puñado de besos»

No hay amor más puro y meloso que el adolescente


AJordi Sierra i Fabra no le he seguido en su prolífica carrera como novelista, pero viví a tope su gloriosa época como pionero de la prensa musical. De la música joven sobre la que tanto escribió en el pasado, parece haberle quedado el interés por los sentimientos de la adolescencia, vertidos en su libro «Un poco de abril, algo de mayo y todo septiembre». Al convertirse en película su título ha mutado en el empalagoso «Por un puñado de besos». No debe ser casual que la productora de Frade y Antena 3 se hayan interesado por este material literario en concreto, cuando el autor ha firmado ya unos cuatrocientos originales. Poco les ha importado que las críticas no hayan sido tan buenas como con otras de sus publicaciones, porque buscaban un nuevo Federico Moccia que llevarse a la cartera.

Hay quien sostiene la peregrina teoría de que únicamente el público adolescente puede juzgar un producto que va dirigido a los menores de edad, pero por esa regla de tres solo me estaría permitido comentar películas que hablasen de un crítico de cine maduro, y resulta que no sé de ninguna. Y, como me conozco, aclararé que si esta película me pilla a los quince años, la reseña habría estado llena de insultos y otras barbaridades, mientras que por ser una persona hecha y derecha me limito a evitar que el exceso de azúcar de lo visto en la pantalla me llegue a la sangre.

Así que no me voy a hacer el indignado por el hecho de que el primer largometraje de David Menkes en solitario, tras seis película srealizadas al alimón con Alfonso Albacete, frivolice con un tema tan serio como el del contagio por IVH. Una persona seropositiva se puede teñir el pelo de rosa, huyendo de su drama existencial con un amor que diríase sacado de una fotovela de los tiempos del franquismo, e incluso hablar con frases leídas en un viejo romancero. Todo es posible, ¿por qué no? Lo que no me creo es que la muchachada se identifique con estos personajes anacrónicos, de no ser por los rostros y cuerpos televisivos que los encarnan.