19 JUIN 2014 KOLABORAZIOAK Aritxulegi o el derecho a la pluralidad de relatos en un suelo ético No se puede hablar de suelo ético e ignorar que en un conflicto como el que aún vivimos aceptar la pluralidad de relatos es una exigencia inexcusable para la normalización política Antxon Gomez, Alberto Muñoz Eusko Lurra Fundazioko kideak Tras la victoria franquista en la guerra del 36, el bando fascista español ordenó no solo arrancar de las tumbas de los vencidos toda referencia a su ideología sociopolítica, sino eliminar el propio euskera de los cementerios. Eso sí, lo hizo con la ley en la mano. Su propia ley, por supuesto. Otros muchos miles fueron directamente desaparecidos en fosas comunes, cunetas o el mismo Valle de los Caídos para negar a sus compañeros de militancia y a sus familias el derecho a honrar su memoria o de tener un mínimo espacio donde llorar su pérdida. Delito de lesa humanidad, desapariciones forzosas. La acción de la Guardia Civil por orden de la Audiencia Nacional (heredera directa del Tribunal de Orden Público franquista) en el denominado «Bosque de los gudaris» en Oiartzun, arrancando robles y estacas y humillando a familiares en su derecho a recordar a sus seres queridos con independencia de las circunstancias de su muerte, es éticamente demoledora. El silencio de los responsables del Gobierno Vasco para normalización política y convivencia ha sido clamoroso. No se puede hablar continuamente de suelo ético e ignorar que en un conflicto como el que todavía vivimos aceptar la pluralidad de relatos sobre el mismo es una exigencia inexcusable para la normalización política. Evitar que siga aumentando exponencialmente la lista de represaliados por mantener simplemente una versión del relato que es compartida por centenares de miles de personas en nuestro pueblo es una exigencia predemocrática. Si existe una ley que va en contra de los principios básicos de convivencia ha de ser modificada. Estas cosas sí que marcan un mínimo suelo ético, ya que las únicas bases que pueden cimentar la convivencia pasan por el reconocimiento «del otro» en toda su extensión, lo que naturalmente no es aceptar su relato, sino aceptar su derecho a tenerlo y respetarlo. En Euskal Herria sabemos bastante de relatos únicos como el que durante años mantuvieron los gobiernos españoles de que Gernika fue arrasada por los vascos. Entonces también era delito penado y castigado sostener lo contrario. ¿Cuántos años va a costar ahora que se acepte que en el marco de un cruento conflicto que empieza en el mismo año 1936 en su manifestación más moderna, existen en nuestra sociedad concepciones antagónicas de lo sucedido en las últimas décadas? En 2014 a los vascos se nos sigue hablando de guerra civil para denominar lo que no fue sino un alzamiento militar seguido de un monstruoso genocidio y décadas de terrorismo de Estado. Frente a ello debemos soportar episodios como el homenaje al regimiento América 66 o el mantenimiento de la impunidad de los policías torturadores franquistas, frente a fundadas demandas de extradición para que den cuentas ante la justicia universal de sus crímenes de lesa humanidad. Existe en Aritxulegi un pequeño monolito que honra la memoria de los 800 gudaris y militantes de EAE-ANV asesinados por el fascismo, que ha sufrido todo tipo de ataques, ametrallamiento incluido, por parte de los que quieren seguir imponiendo su relato. El paraje de Aritxulegi simboliza décadas de conflicto inconcluso en suelo vasco. Desde las guerras carlistas al 36 y el franquismo y posfranquismo. Y para borrar eso no basta con arrancar robles o monolitos, habría que arrancar la misma Peña de Aia, testigo de todo ello. Algunos lo harían a gusto, eso sí, con su ley en la mano. Se ha negado hasta la saciedad que los militantes de ETA tengan nada que ver con los gudaris del 36. Lo que resulta innegable es que los guardias civiles, encuadrados en los ejércitos fascistas, que combatieron los gudaris de ANV en los montes de Euskal Herria pertenecían al mismo cuerpo armado que pervive sin que se diese ninguna depuración en sus estructuras y bajo una inalterable línea de continuidad desde el franquismo. Ese cuerpo armado y militar que arrancó cientos de robles en Aritxulegi y arrancó durante décadas cientos de vidas en Euskal Herria.