17 AOûT 2014 Udate Juntar los labios y silbar Iratxe Fresneda Periodista y profesora de Comunicación Audiovisual He tenido que ver «Dogville» de Lars von Trier una y otra vez por razones profesionales y la experiencia de cada uno de los visionados ha sido siempre muy distinta. Uno de los ingredientes fundamentales de esta extraordinaria película son los personajes que interactúan en un pueblo dibujado con tiza. Detrás de uno de ellos estaba Lauren Bacall, anciana, pero poderosa en su presencia interpretativa y preciosa como lo son las mujeres cuando brillan en su oficio. Ha muerto y la historia la escriben los que sobreviven. Estos días en los que ella ya no está, ellos (yo) serán los que hablen de Lauren Bacall, de lo bella que era cuando era joven, de la mujer ficcionada y de la mujer soñada. Su cuerpo frío no podrá contradecirles. No sé quién fue realmente Lauren Bacall, solo conozco lo que Hollywood dibujó para la pantalla grande. Y me gusta. También me gustaba la mujer que caminaba junto a Humphrey DeForest Bogart por los derechos civiles, en contra del anticomunismo. Me gusta cualquier mujer que sobrevive a Las von Trier y eso para ella fue coser y cantar. Y a pesar y porque no cantaba como nos dijeron que cantaban los ángeles, su voz era poderosa, oscura y profunda pero sin embargo suya, no la doblaban con falsetes, cautivaba. Era hermosa, poseía una de esas bellezas que no se comprenden con facilidad, misteriosa y peligrosamente atractiva en el celuloide. Y esa belleza perduró incluso cuando las arrugas trazaron el mapa de su vida en el rostro de una anciana llamada Joan Weinstein Perske que nació y murió en Nueva York y que se paseó con destreza por más de cuarenta películas. Unos van, otros vienen y los que nos quedamos, de momento, si tenemos suerte, soñamos con tener a alguien que como ella en «Tener y no tener» nos diga: «Solo tienes que juntar los labios y silbar». Fiu-Fiu.