10 FéV. 2015 Templos cinéfilos | Berlinale Malick y Chile contra el mundo Víctor ESQUIROL Zinema kritikaria En una rueda de prensa, un periodista no se corta y pregunta: «Oiga, ¿de qué va lo que acabamos de ver?». Así. El director no contesta. Porque no ha venido. Porque ya se sabe, es Terrence Malick. «Knight of Cups» ya ha salido abucheada del Palast. ¿Razones? Se habla de mera repetición. De regodeo engorroso. Pues bien, quien escribe prefiere hablar de profundización en una senda (la de «El árbol de la vida») que nos descubrió una manera de hacer cine hecha a imagen y semejanza de su creador. Él, por supuesto, se siente como pez en el agua. Ante nosotros, la nada. En ella, cabe todo. «Kight of Cups» es, principalmente, un colage a ritmo de réquiem, y montado a base de recuerdos, lamentos y cálida añoranza. Ningún elemento tangible, pero todos y cada uno de ellos con consecuencias palpables en el espectador. La lógica fílmica deja paso a una construcción (magnífica, bella y sí, devastadora) hecha a partir de estados del alma que, por su poderío visual o sentido espiritual, calan de una forma que trasciende la retina. Malick no vino, efectivamente. Porque es hombre de pocos desplazamientos. Porque odia las multitudes. Porque sus películas ya hablan por sí mismas. Más de la competición. Dos maravillas más. Ambas chilenas. Ambas arremetiendo contra esto que llamamos «condición humana». «El botón de nácar», de Patricio Guzmán, es un documental en forma de sistema planetario. Con la -formidable- excusa del agua, el cineasta hilvana un relato formidable. Un prodigio narrativo que sin alejarse nunca del leitmotiv, transita continuamente entre la belleza más extasiada y el horror más desgarrador. Hasta que acaban apareciendo los desaparecidos (de la opresión, las matanzas, el genocidio). Sus voces silenciadas, de repente, gritan hasta dejarnos sordos. ¿Supervivientes? Pues Pablo Larraín da el golpe de gracia. «El club» es otro imprescindible capítulo en el repaso de una historia reciente (seguimos en Chile) mal cosida, y llena de heridas que siguen sangrando. La oscuridad es absoluta, y de nuevo, se palpa. En cada nota, rostro y diálogo. El dedo acusador apunta a la Iglesia, pero como con Guzmán, el auténtico culpable (aquel que no se arrepiente) es algo mucho más grande. Es un pueblo entero. Es Chile. Somos, seguramente, nosotros. Guzmán: «El genocidio es algo universal» El cineasta chileno Patricio Guzmán presentó ayer en la Berlinale su documental «El botón de nácar», un filme que enlaza el exterminio sobre la población indígena con las matanzas de la dictadura, como dos formas de genocidio frente a los que su país «sigue sin haber hecho sus deberes». «Lo que cuento de Chile sirve para otros países, para Alemania, para España, para parte de África, para Oriente Medio. Cuando uno habla de genocidio habla de muchos países. Desgraciadamente es un tema universal», explicó a Efe el cineasta, tras la proyección del filme, uno de los diecinueve aspirantes al Oso de Oro de esta Berlinale. «En Chile no hay libertad de prensa y tampoco hay libertad de imagen. El Estado subvenciona ciertos documentales, que luego no se pasan por televisión. Es un contrasentido, en un país donde aún no se investigaron los crímenes de la dictadura. Han pasado cuarenta años, pero hay un temor de hablar detalladamente de qué ocurrió», aseguro. Para el director, ni el Gobierno ni otros estamentos implicados han colaborado en el esclarecimiento de los crímenes de la dictadura de Pinochet. GARA