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La reforma laboral en el contexto vasco

En este análisis se especifica que la reforma laboral aprobada por el Gobierno español no debiera de seguirse al pie de la letra en el conjunto del mercado laboral vasco porque aquí no se producen las mismas condiciones que en otros lugares.

Instantánea de la huelga general contra la reforma laboral del 29 de marzo en Bilbo (Marisol RAMIREZ/ARGAZKI PRESS)

En el el contexto socio-económico vasco, la reforma laboral supone una decisión política inadecuada para las específicas características socio-económicas de nuestro país.

El soporte básico de esta argumentación es claro. Por un lado, las esencialmente diferentes características estructurales de nuestra economía, la presencia de un potente y diversificado tejido productivo, la ausencia de niveles de endeudamiento público y privado preocupantes, la existencia de un sistema financiero de cajas de ahorros y cooperativas de crédito potente y asentado en el entorno, etc., justifica estrategias anti-crisis esencialmente diferenciadas.

En este contexto, la adopción o imposición de medidas traumáticas de ajuste social como es la reforma laboral recientemente aprobada es, en primer lugar, innecesaria. Es evidente que nuestro país necesita realizar grandes esfuerzos para posicionarse correctamente ante la crisis. Pero deberían haber sido planteados como un salto hacia adelante en equipamiento humano, formativo y tecnológico. Y no tanto como mero ajuste y contención o reducción del gasto, del equipamiento o de la cobertura social.

Transcurridos casi cinco años desde el estallido de la crisis, el no haber puesto en marcha ambiciosas políticas de reforzamiento de nuestro equipo productivo está situando a nuestra industria en una situación cada vez más difícil y está haciendo también cada vez más difícil evitar que nuestro país se sume al derrumbe económico y social que se está produciendo en los países periféricos europeos. Pero todavía estamos a tiempo.

Medidas de ajuste normativo como esta reforma laboral no pueden contemplarse fuera de contexto. La mera comparación de determinadas disposiciones normativas del ámbito laboral con las existentes en otros países de la Unión Europea puede ser un análisis claramente desenfocado si no se tiene en cuenta el conjunto de las políticas sociales y laborales en vigor en cada Estado. En este sentido, como EKAI Center ha venido poniendo de relieve, no es aceptable olvidar el específico contexto socio-económico vasco, en el que el desequilibrio entre el nivel de equipamiento productivo, comparable con los países avanzados europeos, y el nivel de equipamiento social, no sólo hace innecesarias sino claramente perjudiciales medidas de desestructuración social como las que se están poniendo en marcha en el Estado.

Este tradicional desequilibrio es precisamente el que probablemente explica por qué el sindicalismo vasco viene siendo desde hace décadas sensiblemente más reivindicativo y que esta estrategia más reivindicativa esté teniendo un éxito notable y creciente entre nuestros trabajadores. A través de las reivindicaciones salariales y de la negociación colectiva los trabajadores y los sindicatos vascos intentan inconscientemente compensar un marco institucional débil y no pensado para un contexto socio-económico como el nuestro.

Por estas mismas razones, los empresarios vascos no deberían caer en la tentación de abusar de esta situación intentando apoyarse en la misma para conseguir una contención artificial de los costes laborales.

De cualquier forma, todo parece indicar que, en el fondo, incluso la clase empresarial vasca se ha sentido un tanto desbordada por esta reforma laboral. Evidentemente, desde una perspectiva formal, es inevitable que las organizaciones empresariales se posicionen favorablemente ante una reforma de la normativa laboral que da mayor flexibilidad a la regulación e incrementa sensiblemente la capacidad de decisión del empresario.

No obstante, declaraciones como las del presidente de Adegi, donde se justificaba la reforma en el marco de una apuesta por un modelo de «flexiseguridad» inexistente en la misma, o las del presidente de Confebask donde se apelaba a la tradicional responsabilidad del empresariado vasco, afirmando que los empresarios vascos no harían uso de las posibilidades de abuso en las relaciones laborales que esta reforma permite, son quizás un síntoma de que, objetivamente, esta reforma ha dejado descolocado incluso al empresariado vasco.

El balance de este proceso no es positivo, desde luego. Hemos dado un paso atrás innecesario en la cobertura social de los trabajadores de nuestro país. Hemos perdido un día de trabajo en un contexto de crisis. Y hemos introducido en nuestra sociedad un innecesario elemento de crispación entre trabajadores y empresarios.

Por otro lado, es imprescindible destacar también el grave perjuicio que para nuestra sociedad supone haberse introducido en esta dialéctica en medio de una crisis económica como la que nos azota. El País Vasco tenía que haberse enfrentado a la crisis con una estrategia de avance hacia un salto cualitativo en nuestra capacidad formativa y tecnológica. En esta dirección deberían haberse centrado desde hace años los esfuerzos de nuestros empresarios, trabajadores y clase política. Que todos ellos hayan acabado durante meses enzarzados en una dialéctica de enfrentamiento socio-político alrededor de esta reforma laboral es algo que no debíamos habernos permitido a nosotros mismos.

Es probablemente hora de plantearnos más en serio algo que hasta hace muy poco era una reivindicación fundamentalmente defendida por los sindicatos vascos: lo que venía denominándose como «marco vasco de relaciones laborales». Un desarrollo socio-económico equilibrado y, a medio plazo, el propio desarrollo productivo de nuestra industria, exigen romper el tradicional desequilibrio que supone someter a nuestros trabajadores a un régimen socio-laboral que no se corresponde con su capacidad de creación de riqueza y de aportación al tejido productivo vasco.

Nuestros empresarios y -en buena parte- nuestra clase política han venido desatendiendo esta tradicional reclamación sindical sin darse cuenta de que no se trataba de una reclamación que respondiera exclusivamente a un modelo «nacionalista» de país.

Al contrario, era probablemente mucho más que eso, algo absolutamente lógico en el contexto de un modelo socio económico claramente diferenciado e incluso, como hemos dicho, imprescindible para nuestro equilibrio social y para un desarrollo económico.