
Una película financiada no por un gran productor, sino por un pequeño pueblo (Otxandio), «vendiendo bocadillos», como ha resumido Lander Garro, hace justicia a Lutxi Urigoitia casi cuatro décadas después de aquel julio de 1987. Y se la hace a la verdad, pisoteada entonces del modo más descarado: versiones policiales reconstruidas a medida que las anteriores se desmentían, desaparición y manipulación de pruebas con entrada incluida en la casa del juez, y dos archivos judiciales, cada cual más vergonzoso, en 1990 el primero y en el año 2000 el segundo. Hasta hoy.
La proyección de ‘Lutxi eta zuhaitza’, estrenada este martes en el Festival de Derechos Humanos de Donostia, habrá sorprendido a quienes no vivieron aquellos hechos de Trintxerpe ya tan remotos. Pero también a quienes sí recordaran algo. Y es que pocos casos habrá tan clamorosos como este, y en consecuencia un grado de impunidad tan elevado.
Por haber, de modo auténticamente excepcional en este caso, hasta hubo años después una carta anónima de un guardia civil participante en la operación. Su credibilidad estaba fuera de toda duda porque aclaraba hechos hasta entonces desconocidos, como por qué apareció un casquillo más que los tiros que la Guardia Civil dijo haber tirado: un guardia civil fuera de sí había disparado al perro que había en la casa.
Aquel ‘arrepentido’ sin nombre –y, por tanto, sin influencia judicial– confirmó lo sustancial, lo patente: a Lutxi Urigoitia, natural de Otxandio, 28 años, miembro del ‘comando Donostia’ de ETA, la mataron de un disparo a quemarropa cuando estaba ya detenida, esposada y tumbada en el suelo. Algo que ya había percibido sin duda alguna el forense Paco Etxeberria, en la inspección del lugar y del cadáver. El disparo mortal a la altura del cuello le había generado quemaduras, síntoma de que se hizo a cañón tocante, y el proyectil perforó la tarima del suelo. Imposible que ello ocurriera en el contexto de un tiroteo cruzado.
Iruin y Pereira
El dictamen forense era tan taxativo que el juez de Donostia Juan Piqueras –otra excepcionalidad– se fue inmediatamente a Intxaurrondo a preguntar por lo ocurrido a los otros detenidos en la operación.
Especialmente conmovedor es el testimonio de Alicia Pereira, la gallega que había acogido a Urigoitia en el piso. Ella lo supo incluso antes que Etxeberria, cuando un guardia civil la sacó a la escalera y le dijo a otro agente: «Pégale un tiro a esta, que yo ya se lo he dado a la otra». Para entonces, Urigoitia yacía muerta dentro de la casa, en un charco de sangre.
La reconstrucción de la historia se apoya sobre todo en el trabajo de Iñigo Iruin. El abogado vasco detalla cómo en las versiones policiales fue bailando el número de proyectiles, cómo se manipuló el chaleco antibalas al que supuestamente había disparado Urigoitia, cómo se recreó un tiroteo «a la carrera» cuando las dimensiones del salón eran minúsculas... «Ocurrió porque los guardias civiles tienen el dominio de la prueba», concluye. Y por la inacción judicial, obviamente.
El árbol que es hilo conductor de la historia va revelando la realidad capa a capa en los 81 minutos de película. Pero ese árbol es también el que guarda en sus círculos concéntricos la memoria, que luego se ha intentado perseguir: se ordenó retirar la placa que recordaba a Urigoitia en Otxandio, se hizo borrar el mural construido con titulares de prensa reales, hubo cuatro detenciones por un acto de recuerdo... No combaten lo ocurrido en 1987, combaten lo que vendrá después de 2026 porque «el futuro empieza en la memoria», subraya Jule Goikoetxea. Esta película no es pasado, es futuro, como el árbol al que siguen naciendo capas año a año.

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