Una alternativa a la corrupción y al autoritarismo español
27/05/2018

Por primera vez en mucho tiempo, el PNV ha cometido un serio error táctico. Su apoyo a los presupuestos del Gobierno del PP ha sido un fallo desde todo punto de vista y le puede pasar factura a corto y a medio plazo. No está claro que vaya a ser en términos electorales netos, porque tiene la maquinaria electoral engrasada, un sistema clientelar afinado y cierto margen en los diferentes ámbitos institucionales. Ojo, en unos más que en otros.

Y es cierto que la gente, en general, ya sabía a lo que votaba cuando lo hacía. Sabían, por ejemplo, que podían llegar a pactos incluso con el PP. Hasta ahí sin problemas. Lo que no pensaban es que fuese a ser un pacto tan nefasto, tan inoportuno. Al votante medio del PNV no le ha sorprendido que Aitor Esteban votase los presupuestos, sino lo vago de las prebendas y que lo hayan hecho en este momento. Con el PP condenado por lucrarse, con el Ejecutivo de Rajoy en jaque por la corrupción, con Zaplana detenido… y con Catalunya intervenida, con el 155, con presos políticos y exiliados, y sin perspectiva de solución. Sin voluntad política alguna.

Es decir, ha hecho un pacto sin garantías y aliado a todas las fuerzas retrógradas y reaccionarias del Estado español. No solo es el PP, son también Ciudadanos y UPN, por ejemplo. Una alianza sin futuro.

Primero quebró su credibilidad, rompiendo la palabra dada y ofreciendo una sarta de excusas insostenibles para justificarse. Tener que dar tantas explicaciones es muy mala señal. Ha dilapidado un gran capital político.

Hay contradicciones patentes entre lo que dicen y la realidad: no era un buen acuerdo, los logros pactados casi seguro que queden en nada, el PP no es alguien de quien te puedas fiar, los escenarios que querían evitar ya están aquí, incluido el factor Ciudadanos. Ha salido muy dañada la percepción de que se trata de un partido inteligente, muy calculador, sólido. Les han engañado. O no veían lo corrupto que es el PP o no querían verlo, ni tampoco lo débil que es en este sentido. Querer dar estabilidad a España es imposible. En lo que se refiere a la política de bloques, a su centralidad, a sus alianzas y a sus opciones de retener el máximo nivel de poder en el que se encuentra ahora, el PNV ha hecho un movimiento equivocado. Quizás no es fatal, pero lo va a tener complicado, más aún para lo cómodo que estaba.

Tampoco hay que despreciar la convulsión interna que esta decisión pueda acarrear. Son muy hábiles en gestionar las discrepancias internas, pero en este caso no se trata de discrepancias, ni siquiera de incoherencias, sino de contradicciones manifiestas que azuzan intereses diferentes entre las diversas familias jeltzales. Por ejemplo, entre territorios que requieren alianzas distintas. Y entramos en año electoral.

Construir una alternativa creíble

Hay que recordar que, aunque en las últimas elecciones han demostrado una fortaleza titánica, hace no tanto los jeltzales sufrieron con EH Bildu en pueblos y diputaciones y dependen totalmente de los abertzales de izquierda en Nafarroa. Además, Podemos les superó en las generales hace poco, algo inédito. En todos esos casos, hay un patrón que los dirigentes del PNV quieren obviar: la ciudadanía vasca, que como bien señala el lehendakari Urkullu es «divergente» de la española en esos valores y ambiciones que son cruciales para configurar una sociedad –es decir, en su cultura política y democrática–, ha votado para frenar la deriva autoritaria y neoliberal del Estado español. Ha optado en cada momento por las fuerzas que le parecían más funcionales para poner límite al ataque del centralismo, para frenar el recorte de libertades, para defender los acuerdos sobre cohesión social que hay en Euskal Herria, por precarios que estos sean. Incluso cuando les han votado a ellos, lo han hecho para establecer una alternativa al PP, un contrapeso. Y ahí ha fallado el PNV ahora. El fin de ciclo le ha pillado con el pie cambiado y enfadados con una gran parte del país, desde abertzales a pensionistas.

En este momento interpelar a los dirigentes del PNV es poco menos que inútil. El grado de cinismo en el que se han instalado resulta desolador. Pero el país, una gran parte de la sociedad, las personas que creen que aquí existe un pueblo que quiere desarrollarse en democracia y libertad, en clave de igualdad entre las personas, respetando la pluralidad –a las mayorías y a las minorías–, con un espíritu cooperativo y en base a un debate público honesto, están esperando una oferta política seria, una alternativa creíble. Saben que en España nada de eso es posible, pero necesitan esa alternativa.

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