Soberanía para interpretar el mundo
Durante décadas nos acostumbramos a mirar el mundo como si tuviera un centro. Ese centro estaba en Washington y, en nuestro entorno inmediato, se prolongaba a través de Bruselas, Madrid y París. Buena parte de las categorías con las que interpretábamos la realidad llegaban ya ordenadas desde esos espacios. Hoy ese esquema empieza a resquebrajarse. No porque Estados Unidos haya dejado de ser una potencia decisiva, sino porque dispone de menos capacidad para imponer en solitario las reglas del juego. Europa, mientras tanto, descubre que depender de otro termina reduciendo el espacio propio.
Joseph E. Stiglitz escribía hace unos días en “La Jornada” sobre ese desgaste. Estados Unidos conserva un poder inmenso, pero ya no dispone del mismo margen para disciplinar al resto del planeta. Su peso relativo en la economía mundial se ha reducido y ha perdido el control exclusivo de herramientas estratégicas. Los chips avanzados se fabrican en Taiwán, China domina, entre otros temas, las tierras raras y los intentos de aislar a Irán chocan con circuitos comerciales que Washington no puede gobernar. La hegemonía no desaparece de golpe. Se erosiona. Y en esa erosión aparecen márgenes nuevos.
Ignacio Ramonet formula la cuestión desde otro ángulo. Europa, dice, debe decidir si quiere seguir siendo el extremo occidental de una alianza dirigida desde fuera o convertirse en uno de los polos de un mundo multipolar. La Unión Europea quiso presentarse como potencia autónoma, pero continúa condicionada por una arquitectura atlántica que no controla. Ramonet añade una prevención necesaria. La multipolaridad no garantiza un mundo mejor. Puede limitarse a repartir de nuevo el poder entre viejas y nuevas potencias.
Ahí comienza nuestra pregunta. ¿Qué significa todo esto para Euskal Herria? Durante demasiado tiempo hemos pensado nuestro futuro dentro de tres círculos, los estados español y francés, la Unión Europea y el bloque occidental. El nuevo escenario obliga a ampliar la mirada. No para sustituir Washington por Beijín, sino para entender que una nación pequeña gana capacidad cuando aumentan sus relaciones y disminuyen sus dependencias. La multipolaridad, vista desde Euskal Herria, debería significar diversificación económica, energética, tecnológica, financiera, cultural e informativa. Cuantos menos centros puedan condicionar una decisión, mayor será el margen propio. También las grandes potencias reducen su dependencia de proveedores, monedas, rutas comerciales o tecnologías. Para un país pequeño ese principio resulta todavía más importante.
Pero hay una dimensión menos visible y quizá más decisiva. La soberanía para interpretar el mundo. Ramonet recuerda que nunca hemos tenido acceso a tanta información y nunca ha sido tan difícil distinguir entre información, propaganda, opinión, manipulación y entretenimiento. Los algoritmos no seleccionan lo más verdadero ni lo más relevante, sino aquello que retiene nuestra atención. Una mentira puede circular en horas. Comprobarla exige investigación, tiempo y contexto. La abundancia informativa no nos hace necesariamente más libres. Esto afecta de manera especial a los pueblos pequeños. Euskal Herria dispone hoy de más medios, archivos, universidades, redes y fuentes que en ningún otro momento de su historia. Y, sin embargo, corre el riesgo de contemplarse a sí misma a través de marcos construidos desde el exterior. Madrid y París continúan produciendo categorías políticas e históricas que después asumimos, discutimos o negamos. A ellas se añaden Bruselas, Washington y las plataformas tecnológicas que deciden qué vemos, en qué orden y durante cuánto tiempo.
Se pueden tener instituciones y carecer de agenda. Se puede tener universidad y reproducir preguntas ajenas. Se puede disponer de medios propios y construirlos con la jerarquía informativa de otros. Se puede conservar una lengua y perder la capacidad de nombrar los cambios. Esa es una forma de dependencia menos visible, pero no menos profunda. Cuando otro decide las preguntas, suele condicionar también las respuestas. Por eso la soberanía del siglo XXI ya no puede medirse únicamente en kilómetros cuadrados, fronteras o competencias. Incluye la energía que consumimos, los datos que almacenamos, las tecnologías que utilizamos, las redes de las que dependemos y las categorías con las que pensamos. Incluye también decidir qué merece nuestra atención y qué queremos investigar por nosotros mismos.
La historia vasca ofrece abundantes ejemplos. Durante décadas otros escribieron nuestro relato, clasificaron nuestras violencias, definieron nuestras identidades y establecieron qué acontecimientos eran centrales y cuáles podían quedar en los márgenes. Buena parte del esfuerzo cultural, político e historiográfico vasco consistió en recuperar la capacidad de nombrarnos. Ese trabajo no ha terminado. Ha cambiado de escenario. Ahora hay que responder también a sistemas globales capaces de ordenar la realidad sin necesidad de prohibir nada.
El tránsito hacia un mundo multipolar puede abrir oportunidades. Si hay más centros económicos y políticos, también existen más posibilidades de relación directa, cooperación e intercambio. Pero para aprovecharlas hace falta una mirada propia. No basta con que el poder se disperse si continuamos interpretándolo mediante esquemas fabricados por otros. La autonomía empieza en la capacidad de comprender qué está cambiando y por qué. La cuestión, por tanto, no es si debemos alinearnos con un nuevo bloque. Esa sería la vieja respuesta a un mundo nuevo. La cuestión es cómo aumentar nuestra capacidad de decisión cuando ningún centro podrá imponer por sí solo todas las reglas. Para Euskal Herria, la multipolaridad solo tendrá sentido si se convierte en más opciones, más relaciones y menos dependencias. Y también en algo más difícil de medir, una mayor capacidad para pensar por cuenta propia. Quizá la soberanía futura empiece ahí, no en elegir quién piensa por nosotros, sino en pensar el mundo desde Euskal Herria.