Iñaki Egaña
Historiador

Historia predictiva

A medida que la Inteligencia Artificial se ha ido metiendo de lleno en nuestras vidas, han surgido predicciones futuristas, muchas de ellas asociadas a algoritmos y pronósticos matemáticos. No es nada nuevo eso de adivinar o arriesgarse a definir cómo va a resultar la sociedad que en unos años nos afectará o, a medio plazo, modificará la existencia de nuestros hijos y nietos. Con Nostradamus nos inquietaron durante décadas y, más recientemente, las novelas de ciencia ficción de Isaac Asimov angustiaron a los más crédulos. Sucede, sin embargo, que previsiones previas se van confirmando, como los riesgos de la superpoblación, los del cambio climático o el colapso del planeta. Lo que nos deja un poso inquietante: algunas de esas previsiones antaño extrañas se van cumpliendo. Otras en cambio fueron únicamente frivolidades de quienes buscaban su minuto de gloria.

En casa, nuestros antepasados tuvieron fama de adivinadores y por eso fueron perseguidos desde tiempos muy lejanos. A comienzos del siglo XIII, el rey navarro recibía una carta del obispo de sus tierras en las que le instaba a poner freno a los tres vicios «horribles» y extendidos entre sus súbditos, a saber, «las uniones incestuosas, la embriaguez y las prácticas adivinatorias». Siglos más tarde, Eulalio Intxausti Gomeztegi, que había nacido en Mendata en 1819 y fue conocido como El Profeta, vaticinaba acertadamente lo que iba a suceder en las próximas décadas, incluso llegó a prever la construcción de vehículos a motor sustituyendo a los carros, las carreteras que asolarían el Señorío, las emisoras de radio, el bombardeo de Gernika y un tema de actualidad en el siglo XXI: que los propios curas echarían a perder el interés por la religión. No llegó a citar los abusos y la pederastia, pero pareció sentirlo. 

Antiguamente los llamábamos profetas, ahora analistas predictivos. Lo que antes pertenecía al terreno de las profecías populares o religiosas adopta hoy formas aparentemente más sofisticadas. La historia predictiva no es una disciplina científica, pero algunas de sus versiones intentan usar métodos científicos para estudiar patrones históricos y hacer predicciones sociales. Hoy, los historiadores predictivos incorporan a esos patrones, teoría de juegos, evolución sostenida del presente y corrientes como la cliometría −modelos matemáticos y estadísticos sobre procesos históricos− para asegurar cómo será nuestro futuro. Evidentemente pueden fallar y sus detractores se asientan en un argumento sólido, el de que sus previsiones son meras hipótesis. 

Pero en cualquiera de los casos, la inquietud se ha apoderado de nosotros. Comenzando por la mayor, aquella Paradoja de Fermi que planteaba la contradicción entre las increíbles probabilidades de vida extraterrestre en el universo y que, sin embargo, no hayamos sido capaces de haber recibido señal alguna de ella. Entre varias teorías asociadas a esa hipótesis, la más perturbadora señala que las civilizaciones tecnológicas tienden a autodestruirse poco antes de lograr viajes interestelares. David Gross, Premio Nobel en física de partículas, predijo que las posibilidades de que la humanidad sobreviva otros 50 años son «muy bajas», principalmente por el riesgo de guerra nuclear y el uso descontrolado de tecnologías como la inteligencia artificial. 

En otra esfera menos universal, las predicciones más cercanas nos han inundado las redes. La historia humana tiene demasiadas variables imprevisibles como para aventurar fechas y colapsos. Pero la tendencia acota la estadística, aunque ello nos haga entrar en un terreno meramente especulativo. Y, sin embargo, nuevamente nos inquieta. El contexto multipolar ha cambiado las reglas, la creciente influencia de sectores geopolíticos alineados con intereses militares y económicos globales, el desabastecimiento de recursos naturales está a la vuelta de la esquina, la desigualdad extrema en progresión geométrica, las crisis democráticas, la posibilidad de autodestrucción nuclear, el desplome ecológico... Señales perceptibles que ahondan en pronósticos. 

En este escenario predictivo, nuestro proyecto de liberación podría verse profundamente alterado. Los expertos anuncian que la crisis energética, las tensiones migratorias, la deuda, el desgaste democrático, las guerras comerciales y el ascenso de los gobiernos autoritarios pueden provocar incluso una desaparición abrupta de la Unión Europea, un Brexit expandido. Las elecciones autonómicas recientes en el Estado español auguran el cambio, con la llegada de PP-Vox a La Moncloa, con una recentralización del modelo de la Constitución de 1978, con ataques a la educación, al euskara, a la autonomía fiscal y, de nuevo, a la ilegalización de opciones políticas, medios de comunicación, etc. En el Estado francés, la llegada al Eliseo del Rassemblement National parece cuestión de tiempo. El París jacobino jamás desapareció. El escaso nicho demográfico de Euskal Herria, en un mundo extremadamente polarizado, tampoco ayuda. 

Tal vez la historia predictiva nunca llegue a convertirse en una ciencia exacta. Quizá sus advertencias no sean más que hipótesis levantadas sobre un presente convulso. Pero incluso aceptando sus límites, resulta difícil ignorar las señales de un mundo que parece avanzar hacia mayores niveles de incertidumbre, desigualdad y confrontación. Para comunidades pequeñas como la vasca, la cuestión no reside únicamente en prever el futuro, sino en prepararse para resistirlo sin perder aquello que las define. La lengua, la memoria colectiva, la cohesión social o la capacidad de autogobierno pueden convertirse en refugios o en simples restos de otro tiempo, dependiendo de cómo afrontemos los desafíos que vienen. Me atrevo a interpretar el pasado porque pertenece ya al territorio de la experiencia. El futuro, en cambio, continúa siendo un espacio incierto, atravesado por amenazas y posibilidades. Y quizá sea precisamente esa incertidumbre la que más inquieta.

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