Maitena Monroy
Profesora de autodefensa feminista

A mí siempre me ha tratado bien

Es frecuente que, cuando se pregunta al contexto familiar y/o social de un agresor machista sobre cómo era o es su comportamiento, el contexto, sensibilizado a la protección de los suyos, responda con la afirmación que da título a este artículo. A veces, cuando no media una relación afectiva, simplemente se respalda al poderoso. Ante la duda, el cierre de filas para la protección de los abusadores es singularmente acérrima en la violencia contra las mujeres. Además, se une la sempiterna idea de que hay que separar al hombre del artista que, como sabemos, es imposible, porque, por ejemplo, J. Iglesias no hubiera podido traficar con personas, ni habría amenazado a sus víctimas con su poder y su nombre si no fuera el cantante de prestigio y poder que fue. Para beneficiarse de la impunidad se necesita de la connivencia de las estructuras y agentes de poder, con las tradiciones, la legitimidad social, en definitiva, con la manera de entender la vida. Uno de los himnos del cantante Iglesias rezaba «soy un truhan, soy un señor» que refleja ese dualismo en la conducta del machirulismo casposo que ahora podríamos releer como «soy un agresor y un señor». Hemos visto cómo la gloria fascista, entre la que había una representación de mujeres, hacía una defensa a ultranza de los suyos y de un modo de establecer relaciones con la otredad.

Otra de las variables que se suele utilizar para validar los posicionamientos de defensa de los agresores consiste en utilizar el hecho de que quien argumente sea parte de la población oprimida o incluso se defina como feminista. El hecho de que una mujer defienda a un agresor no nos define al conjunto de las mujeres, ni valida esa posición como la voz de la oprimida, y el hecho de definirte feminista no implica que no se pueda someter a debate tu posición o que tengamos el don de la infalibilidad. Poseer formación en teoría feminista te puede dotar de una capacidad crítica para dimensionar el sistema patriarcal más allá de las acciones individuales, pero también poder enmarcar las mismas desde esa perspectiva.

Sin embargo, en general, las personas buscamos entender la realidad desde una individualidad que dotaría de significado absoluto a la vida y la conducta de las otras. Esta valoración absolutista nos lleva a no comprender que una persona abusadora pueda establecer en otros ámbitos de su vida relaciones diferentes o comportamientos que podríamos definir como de buena persona. Identificar a las personas de modo absoluto como seres con una única conducta nos simplifica la vida, pero es irreal.

No solo ocurre en términos de violencia. Hay gente que es valiente en lo político pero cobarde para los afectos, y viceversa. En la violencia machista como en el racismo, la conducta siempre está tamizada por unas creencias, unos valores ideológicos, es decir, es un elemento constituyente del pensamiento y de lo relacional, pero no siempre se va a expresar con el mismo grado de violencia, ni en todas las situaciones de la misma manera. Recientemente, una víctima de malos tratos me compartía que no entendía cómo podía su pareja tener comportamientos de buena persona y, a la par, de control y malos tratos hacia ella. Cuando las prácticas se vuelven norma, resulta más complejo poder descifrar la violencia. Además, es notorio que una cosa es el daño y otra la conciencia emocional sobre el mismo. Es obvio, también, que vemos lo que queremos ver y no le damos significado a aquello que tenemos normalizado, como los machismos cotidianos, incluidas actitudes que hoy nombramos como violencia. Aun así, para muchas personas la violencia va unida a crueldad, al desprecio, a la negación de la otra, entonces, ¿cómo es posible mantener relaciones sexuales con alguien a quien se desprecia? Precisamente porque no son relaciones sexuales, sino violaciones. No se trata de ver a la otra como una igual con la que deseas establecer algún tipo de vínculo. Se trata de utilizar a la otra para dotar de sentido a tu propio poder.

En el caso de J. Iglesias, se han dado todos los elementos que suelen acompañar al análisis patriarcal. Uno de ellos centra el foco en la inacción de las víctimas. Con respecto a las víctimas, socialmente e incluso a nivel de los recursos institucionales, se suele confundir victimismo con indefensión o, si se quiere, con una idea internalizada de subordinación, que suele conllevar una falta de respuesta activa y parálisis frente a las acciones del agresor. Es harto conocido que, en ocasiones, ante situaciones que nos sobrepasan, la parálisis, la congelación, es una forma neuronal de responder. Se activa otra parte del sistema nervioso autónomo, en concreto la rama parasimpática dorsal, que implica, a su vez, una inhibición del sistema simpático. Sin embargo, se sigue aplicando el modelo de lucha/huida como único marco explicativo frente a las amenazas. Esto es, precisamente, lo que denunciamos cuando cuestionamos que en todos los ámbitos del conocimiento la mirada es androcéntrica y sesgada. Introducir la perspectiva de género se supone que nos debería de permitir analizar los procesos sociales y los cambios en las relaciones de poder, pero para ello, previamente es necesario reconocer y validar las experiencias de vida, en definitiva, la propia existencia de las mujeres. Comprender el sistema, sus ejecutores y, también, las formas de resistencia, rebeldía y, a veces, simplemente de supervivencia de las víctimas.

Si algo caracteriza al abusador, al agresor y al señor es el hábito, no la acción puntual. Así que, si alguien tiene una experiencia positiva con un machirulo, eso no es incompatible con que sea un agresor. Por lo tanto, no se trata de cuántas veces se comportan bien, sino de cuántas veces abusaron, agredieron o traficaron con mujeres. Y cuántas veces el sistema les encubrió y aplaudió. Todo supremacista tiene rasgos narcisistas, desde Epstein a Iglesias y a los agresores sin fama, pero nada tendría sentido sin la lógica supremacista del sistema que les engendra, sin la red patriarcal.

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