Aprender a dar las gracias
El inicio del año suele ser el momento donde expresamos los nuevos propósitos para el año que entra y confiamos que un ritual simple, pero cargado de simbolismo, como es el cambio de calendario, obre la magia de concedernos nuestras aspiraciones y deseos. Se nos activa un sensor memorístico, quién sabe si de aquellos tiempos de inocencia donde imaginábamos, pese a la realidad que viviera cada cual, que había un lugar donde poder ser feliz, aun sin saber muy bien qué significaba eso.
Sabemos que cuando nuestro cerebro imagina y recrea en positivo, de manera placentera, la sola expectativa es mucho más dopaminérgica que la realidad vivida o alcanzada. Y sabemos que cuando tiene connotaciones colectivas, el efecto es todavía más potente, ya que somos seres sociales. Lo que dota de sentido a la vida son las prácticas diarias, pero también la capacidad para imaginar, una función biológica, como todo lo que ocupa a nuestro cerebro, que tiene un tremendo poder para la transformación social. Sería bonito y preciso para nuestra supervivencia conversar con las futuras generaciones para que imaginen un mundo sin patriarcado, un mundo de confianza donde puedan vincularse y tener una visión compartida de los valores éticos hechos materia.
Sabemos que las palabras no solo nos generan resonancia, sino también cambios bioquímicos y reacciones fisiológicas que nos remueven y nos pueden ayudar a conmovernos, a sentir que nos importa la vida y el sufrimiento ajeno. En un mundo de desesperanza provocar una ilusión realista, esa condición de posibilidad para la transformación, es parte del legado para nosotras mismas y las que vendrán. La derecha global sabe muy bien cómo jugar con la imaginación y sembrar el anhelo de seguridad, función cerebral por excelencia, en unas generaciones a quienes se les tambalea el suelo y les están ofreciendo como elementos de asilo y salvación un giro hacía la misticidad religiosa, la maternidad, los valores tradicionales...
Lo que más recordamos no son los hechos precisos, sino la huella emocional, que suele estar en relación con lo que nos ha impactado la vivencia compartida, bien sentida como imposición, o bien porque éramos parte de ese instante de conexión. Por eso, quizás, otro de los aspectos más importantes a trabajar con las nuevas generaciones y con nosotros y nosotras mismas sea la gratitud. Una gratitud auténtica, y no como solemos ser educadas las mujeres para dar las gracias hasta la extenuación y, encima, por aquello que no lo requiere. Ser agradecido es uno de los legados más significativos porque nos vincula con las otras personas y nos hace sentirnos parte de un nosotros. Una gratitud que no requiere, necesariamente, de un vínculo afectivo. Esto supone no dar por hecho que todo nos lo deben, sino que cuidar, regalar nuestro tiempo para sostener a otras, forma parte de un cuidado circular de la vida. Así que si acompañamos a otras personas, creo que este puede ser uno de los valores a trabajar, la gratitud. Aprender a agradecer no es una tarea fácil. Para ello, también, es necesario romper con la idealización del amor incondicional que nos ancla en relaciones que suelen esconder más sentido de propiedad que un amor condicionado a la reciprocidad. Sentir que nos agradecen y agradecer, no con emoticonos, ni con palabras huecas, sino sintiendo que eso es parte de lo que da sentido a nuestra vida, porque nos da sentido de pertenencia, que no es otra cosa que el propio sentido de humanidad.
En el aclamado corto "La loca y el feminista" hay una frase cargada de descarnada realidad cuando la protagonista, ante las alegaciones de su compañero por la ausencia de referentes masculinos para aprender a cuidar, le dice: «tuviste a tu madre para aprender». Este es uno de los mayores obstáculos para la igualdad, esto es, que para los hombres solo sean referentes válidos otros hombres. Cuando ostentas privilegios no necesitas que uno de los tuyos te muestre el camino, sino, precisamente, mirar y ver a quien no ha sido significativo socialmente. En un contexto donde cada cual vive encerrado en su pantalla y todo nos invita a no pensar porque la tecnología lo hace por nosotros, donde todo se nos muestra desde la inmediatez, supuestamente, gratuito e ilimitado, donde se normaliza la barbarie y el imperialismo no se esconde, toca que la izquierda global se reinvente.
Si los chavales y hombres no son capaces de tener a las mujeres como referentes, como amigas, nos tendrán siempre como objetos sexuales o como medio para un fin, la paternidad, los cuidados, para ser su sostén emocional, pero no como personas con trascendencia. Personas a las que mirar y admirar. No hay nada que agradecer a alguien que simplemente cumple su papel porque, además, dicho papel suele pasar desapercibido por ser parte de lo exigido. Lo mismo ocurre cuando solo conoces gente racializada para limpiar tu casa o cuidar de tu familia, y no tienes ninguna relación significativa con personas racializadas. Nada que agradecer a quien no consideras en la misma escala de tu divino ser. Y sin agradecimiento solo queda el deber, la exigencia y la falta de humanidad. Más adelante, la explicación sociocultural, carente de perspectiva feminista, nos dirá que son narcisistas, egoístas, poco empáticos, pero forma parte de una lógica donde todo gira en torno a uno mismo y que se mama desde edades bien tempranas para configurar un yo en ausencia de un nosotras y de un nosotros.