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Investidura, la partida de billar en que las bolas siguen estáticas

Aunque parezca que los partidos se mueven, la realidad es que dan vueltas en círculo planteándose qué es lo que menos les perjudica. Esta semana será clave. El PSOE podría presentar su acuerdo con Ciudadanos y acotar las opciones. El movimiento llevaría la presión a Podemos, que se aferra a la «reunión a cuatro» que propone Unidad Popular.

Iglesias con Pedro Sánchez en los Goya. (AFP)

En un contexto hipermediatizado, cada gesto se interpreta como un paso novedoso cuando, en realidad, los partidos bailan en el mismo espacio en el que se ubicaron tras el paso por las urnas. Ante la multiplicidad de actores, las maniobras se pa recen al billar, cuando se mueve una bola confiando en la reacción en cadena. Las únicas certezas son los vetos, aunque –visto el gusto de los gabinetes de PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos por el efectismo– ni siquiera está garantizado que la línea roja de ayer sea infranqueable mañana. Sí que es cierta una cosa: se ha extendido el hastío ciudadano y la posibilidad de una nueva campaña no se ve con buenos ojos. El que se gane el sambenito de «culpable» se arriesga a ser castigado en junio. Eso lo sabe hasta Pablo Iglesias, que comenzó el proceso dejando entrever que no tendría problema en volver a competir y ha terminado modulando el discurso y rechazando la repetición, al menos retóricamente.

Pedro Sánchez, el encargado de someterse al escrutinio del Pleno el 2 de marzo, mantiene su hoja de ruta. Para el lunes o el martes anuncia un acuerdo con Ciudadanos, al que se da mucho bombo pero que no llega más que a 130 escaños. Sigue dependiendo de otros. Un pacto de legislatura con Albert Rivera imposibilitaría arreglarse con Podemos, que insiste en la vicepresidencia. Habrá que ver las cuentas, pero no parece que puedan seducir al partido morado o a Unidad Popular.

El juego sigue siendo no cargar con el lastre de otros comicios. Y ahí Ferraz juega a presionar a Podemos y, paralelamente, al PP. En el caso de Iglesias, si dice que no al pacto entre PSOE y Ciudadanos tiene el riesgo de cargar con la falaz culpa de «que gobierne la derecha». Un dogma que Sánchez extiende a pesar de que solo podría ser posible con sus votos. Las cuentas de la lechera del PSOE le llevan a anhelar el apoyo de Ciudadanos, Unidad Popular, PNV, Compromís y Nueva Canarias. En total, 143 escaños. Contando con que PP (123) e independentistas catalanes y vascos (19) se quedasen en el «no», sumarían 142 rechazos. De modo que los 65 de Podemos serían clave. ¿Cómo pierde más Iglesias? ¿Forzando nuevas elecciones o avalando, sin entrar, un gobierno que podría funcionar con abstenciones del PP? Si el PSOE intenta llevar a los morados contra la pared es posible que se encuentre con la repetición de elecciones.

La salida del bloqueo para Podemos se la ha proporcionado Unidad Popular al plantear esa reunión a cuatro junto a PSOE y Compromís que buscaría forzar a Ciudadanos a ser el árbitro de un Ejecutivo «progresista». Un dardo también para Sánchez, a quien se ve más cómodo acordando contenidos con Rivera que con Iglesias en el gabinete. Cuidado, que entrar en ese gobierno tampoco sería la panacea para Podemos, ya que le convertiría en responsable de cualquier medida antisocial que se adopte. Los votantes de la izquierda lson os que menos perdonan los pasos en falso. Y Bruselas ya presiona para que se apliquen recortes en las cuentas que aprobó el PP.

En el caso de Ciudadanos, habría que ver cómo le afectaría provocar la repetición de elecciones. Por eso busca un lugar prioritario acordando con el PSOE para luego ejercer de bisagra hacia el PP. En un primer momento su posición era débil, ya que se daba por seguro de que, en caso de otras elecciones, habría fuga de votos hacia Génova. Sin embargo, los casos de corrupción del PP y el buen manejo de los tiempos de Rivera le permiten soñar con resistir.

Rajoy no tiene mucho margen. Su oferta de dos vicepresidencias para Sánchez y Rivera no es creíble y la abstención del PSOE que buscan incluso desde el Ibex 35, es más factible si el todavía presidente abandona el cargo. Quizás sea él, si aguanta la presión de un partido enfangado, el más interesado en unos inciertos nuevos comicios que se puede permitir porque tiene los presupuestos aprobados. No hay que descartar una «solución a la catalana», con decisiones tajantes que disipen el humo en el útimo minuto.