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La culpabilidad de la inocencia

[Crítica: 'The Innocent'] 

Victor Esquirol

Perdón si a veces me dejo llevar por los prejuicios. No son de buen profesional, lo sé, pero en casos muy concretos, la película de marras los invoca con demasiado descaro. Pongamos que una empieza mostrándonos a una mujer visiblemente acosada por sus demonios interiores. Su rostro está agrietado no por la edad, sino por un descanso que, por razones que todavía desconocemos, se le resiste. Pongamos que la pobre deambula cual alma en pena por el negro asfalto de un gris aparcamiento de supermercado. Pongamos que el cielo está encapotado y que cuando alguien abre por fin la boca, lo hace para reclamar el monopolio germánico en la imposibilidad de la felicidad.


Estamos en Suiza, eso sí, país mucho menos atormentado que su vecino del noreste (o eso dicen los prejuicios). Esto no impide que sigan las caras agrias. La mujer ha abandonado el parking y ha encontrado refugio en una iglesia. Ahí está oficiándose una misa cuya energía aparentemente positiva tiene efectos nocivos en su cuerpo. Cuanto más fervor muestra el predicador, más reacciones alérgicas se manifiestan en ella... hasta que el altar queda manchado de vómito. Pausa. Análisis: no son concepciones infundadas, es que realmente todo apunta a otra muestra de «Cine Mal», cine en el que todo sale mal y en el que todo el mundo se encuentra mal. Cine de la tristeza, cuyos objetivos no van más allá de transmitir la depresión ajena.
Pero no, afortunadamente la película no va por esos –calamitosos– derroteros. Play. Una escena que invita más al optimismo. La devota creyente resulta que es anestesista en un hospital donde se llevan a cabo experimentos por lo menos controvertidos. Ojo a la imagen: la cabeza de un mono es separada de su cuerpo y trasplantada en el de otro simio. Incredulidad en la sala. Habla un científico: «Los resultados de esta investigación pueden llevarnos a desvelar los secretos de la inmortalidad». Apuntado. Pausa. Recopilemos y hagamos memoria:


Hará ya cuatro años, la sección Nuevos Directores de Zinemaldia puso en el mapa a un joven suizo llamado Simon Jaquemet. Con "Chrieg", su ópera prima sobre un campamento poco heterodoxo para la reeducación de jóvenes conflictivos, nos dejó a nosotros mismos inmersos en un conflicto que parecía no tener fin. El objetivo de aquella extraña (y en parte por esto magnética) cinta era dejar en el espectador una sensación de malestar que garantizara, muy a las malas, que la experiencia cayera en el olvido. Misión cumplida: una olimpiada después, sigue aquel mal cuerpo... y revive con la segunda película de, dígase ya, este genio del mal. En "The Innocent", Jaquemet mezcla de forma perversa los polos opuestos (o no tanto) de la culpa y la inocencia.


Volviendo al trapo: la ya de por sí atormentada existencia de una madre de familia se ve violentamente afectada por la inesperada irrupción de un pasado que ella daba por muerto. Su antiguo novio, condenado a veinte años de presidio por un caso mal resuelto por los jueces, sale de la cárcel a su encuentro. Este punto de partida, que parece ser una invitación más o menos convencional al drama familiar, va degenerando rápidamente en un objeto cinematográfico orgullosamente no identificado. Las pistas visuales que el director y guionista va esparciendo por toda la historia, para nada son gratuitas. La testa cercenada de un primate como posible clave de uno de los grandes misterios de la existencia. Lo material se mezcla continuamente con lo impalpable: la naturaleza de todo lo que nos rodea y define el mundo en el que respiramos, muta en puro veneno.


Intoxicación garantizada. Las angustias con las que empieza la protagonista, van adquiriendo más gravedad a cada corte en la sala de montaje. La crisis de identidad es ahora de fe, y la sesión de conciliación conyugal es en realidad un exorcismo mal ejecutado a propósito. Más malas vibraciones. Simon Jaquemet, mefistofélico: el diablo sigue en forma. Los amagos de «Cine Mal» se revelan, a la postre, como indicios de glorioso «Cine en descomposición». De una película que a medida que avanza, va perdiendo el sentido... porque ningún sentido tiene el universo que habita. La cámara se contagia de las dolencias de aquella mujer, y se va desprendiendo de una lógica racional que ahora mismo solo produce risa. Cruzamos una puerta y el espacio que esperábamos ver para nada se corresponde con el que identifican nuestros ojos. La imagen también pierde el sentido. Prohibido analizarla de forma literal. Todo su poder está en lo simbólico.