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Nablus y Balata: entre la asfixia y la resistencia

El campo de refugiados de Balata enfrenta desde 2023 una crisis social y económica devastadora que se acrecienta con la guerra contra Irán: desempleo masivo, servicios colapsados y bloqueo a la ayuda internacional. Pese a ello, emergen y se mantienen maneras de resistencia que buscan un espacio.

La madre de Ibrahim, Um Eyad, muestra la medalla que tenía incrustada en el fusil con el que combatió y murió. (Mauricio MORALES)

El campo de refugiados de Balata es el más poblado de la Cisjordania ocupada, con cerca de 30.000 personas viviendo en un espacio destinado a albergar tan solo a 5.000. Es uno de los grandes campos de refugiados del que los palestinos aún no han sido desplazados del norte de este territorio ocupado.

Aunque esto no signifique que los ataques se hayan intensificado en este campo, ni en los de Askar y Fara, que están en Nablus. La ciudad misma ha sido objeto de ataques y redadas militares a lo largo de su historia. Estas operaciones han escalado intensamente desde 2023 y, sobre todo, desde el inicio de la guerra israelo-estadounidense contra Irán.

El elevado índice de hacinamiento y los niveles de pobreza extrema en los que vive la población caracterizan tanto los campos de Nablus como el de Balata.

Estrangulamiento económico y social

Desde octubre de 2023, la crisis económica en los territorios palestinos de la Cisjordania ocupada se ha incrementado enormemente. Muchos palestinos tenían que trabajar en «el 48», como llaman a la tierra del Estado de Israel de la cual muchos fueron desplazados, incrementando las tasas de desempleo en el campo.

Las condiciones del campo se han deteriorado drásticamente desde 2023 debido a las restricciones impuestas a la población palestina y a las agencias de cooperación internacionales, entre ellas la agencia de de la ONU para la población refugiada de Palestina (Unrwa), que estaba encargada de cooperar con algunos servicios en su interior.

El Knesset israelí aprobó leyes que prohíben a las autoridades tener contacto con la Unrwa, lo que ha impactado en la capacidad de acción de la agencia de la ONU en Cisjordania y en Jerusalén Este. En enero de este año, la sede de la Unrwa fue demolida por el Estado israelí.

Sueldos recortados al 40% a profesores y trabajadores sanitarios palestinos, y capacidades mermadas han hecho que el hospital del campo solo opere cuatro días por semana, al igual que los colegios.

La Autoridad Palestina en Cisjordania, una de las principales empleadoras en el territorio ocupado, también está en crisis. El Gobierno israelí retiene cerca de 2.500 millones de dólares en pagos de aduanas e impuestos.

Muchos de los ingresos de dinero que llegaban a los palestinos de la Cisjordania ocupada provenían de las cerca de 130.000 personas que trabajaban en Israel y en las colonias construidas dentro de ese territorio. Hoy día, el número no supera los 9.000.

Resistencia

Con unas condiciones económicas y sociales en declive en los territorios palestinos, la guerra en Irán y la impunidad del Estado de Israel para atacar a civiles no solo en Palestina, sino también en otros países, los palestinos continúan resistiendo, de momento, desde organizaciones civiles de base.

Tal es el caso de Woman Support Center en Nablus, cuya labor en diferentes áreas evoluciona en función de la vertiginosa y cambiante situación en Cisjordania. Una de sus integrantes subraya que «este tipo de organizaciones sirve para tejer un puente entre palestinos», y recalca la importancia de que desde la educación se aliente el pensamiento crítico: «No debe haber nada sagrado que no se pueda cuestionar».

Con la reducción de la cooperación internacional, se hace más necesaria la articulación de diferentes organizaciones en Nablus para poder operar allí.

Como muchas organizaciones palestinas, sus actividades se han volcado desde 2023 en atender a una población que está sujeta a ataques frecuentes, ejecuciones y encarcelamientos de familiares. A nivel educativo, impulsa la identidad cultural palestina al tiempo que ofrece asistencia en salud mental y primeros auxilios. La búsqueda de apoyo internacional para poder mantenerse en la compleja situación actual es otro de sus ejes de actuación.

Woman Support Center es consciente de que la violencia contra las mujeres también está presente en Palestina. Es por eso que pone el foco en asesorar legal y emocionalmente a las mujeres víctimas de violencia. De la que, como en el resto del mundo, tampoco es ajena la población femenina palestina.

«Muchas veces tenemos que probar que somos humanos», dice Wael, uno de los hombres que trabaja en la organización, al referirse a que están comenzando a formar a mujeres periodistas, pues saben que es importante documentar todo lo que está ocurriendo, con el alto riesgo que eso implica. El Estado de Israel ha matado a más de 270 periodistas, principalmente en Gaza, pero también ha perpetrado ataques y matado a informadores en Cisjordania.

En medio de este escenario, que para algunos pinta desesperanzador, y con la amenaza constante de que Balata y los otros campos de refugiados de Nablus terminen ocupados por el Ejército israelí, poco se habla sobre los combatientes de la resistencia armada, ahora oculta e inoperante, que los defendían. «Están en las cárceles de la Autoridad Palestina e israelíes», dice un joven en Nablus.

La resistencia en Nablus está también enmarcada en la lucha armada aunque, de momento, parece estar en un segundo plano frente a las acciones de carácter civil. La Autoridad Palestina (AP) parece ser lo único que, al menos institucionalmente, se mantiene, pero, en la calle, día a día, año tras año, ha perdido valor como interlocutora de la mayoría de la población palestina. Incluso, y sobre todo, en el norte, la ven como facilitadora de los ocupantes israelíes.

«El león de Nablus»

En Nablus, el caso más icónico que demostró una evolución de la resistencia armada más allá de los partidos o grupos que cooptaban el espacio político es el del León de Nablus, Ibrahim Nabulsi. Un joven que, a diferencia de los distintos combatientes palestinos de los campos de refugiados del norte de la Cisjordania ocupada, no nació en uno de ellos, sino en un barrio de Nablus.

Marcó una nueva generación de combatientes, alejados, al parecer, de las facciones políticas y armadas que anteriormente dominaban la resistencia armada. La Guarida de los Leones mostraba una nueva manera de organización: jóvenes que, como muchos palestinos, estaban marcados por las historias de las violencias de la ocupación, ahora resistían armados las incursiones militares israelíes en las ciudades y pueblos palestinos, más pegados al TikTok que les toca a los jóvenes que a los discursos estáticos de los partidos y de la Autoridad Palestina que se supone debía defenderlos a ellos y a los territorios palestinos.

Esta generación de jóvenes, como en todo el mundo, está influenciada por las redes sociales, pero en vez de bailes, los palestinos seguían al León por TikTok. Famosos eran sus vídeos combatiendo solo contra los soldados ocupantes o asistiendo a los entierros de sus compañeros caídos en combate mientras era buscado por los israelíes.

La casa de los padres de Ibrahim Nabulsi parece un museo y un santuario en honor a su hijo. En las vitrinas de uno de los muebles está la ropa con la que murió el León, como se le conocía a este joven de 19 años, junto a dos de sus compañeros cuando combatían contra todo un batallón del Ejército israelí.

El mito tras el León también refleja una realidad: ya antes de octubre de 2023, en las calles se venía organizando una defensa nacida de los jóvenes que veían cómo la Autoridad Palestina poco o nada hacía  para enfrentarse a los ataques, ejecuciones, arrestos y atropellos constantes de las fuerzas ocupantes israelíes.

Las Brigadas de Yenin, La Guarida de los Leones y las Brigadas de Tulkarem eran una evolución de una resistencia armada que se organizaba al margen de partidos políticos y facciones armadas, como estructuras integradas por jóvenes para defender sus comunidades y hacer frente a los ataques israelíes y a la inoperancia de la Autoridad Palestina.

Su hermano recuerda que Ibrahim solía bromear cambiándose en la cabeza las bandanas que representaban las diferentes facciones armadas, y preguntaba: «¿Soy acaso otro Ibrahim cuando me cambio la bandana?». Aunque a veces se le vinculaba con los Mártires de Al-Aqsa, el brazo militar de Fatah, su hermano lo niega. Las últimas palabras de Ibrahim, en un mensaje de voz en el que se despedía de su madre mientras combatía con otro compañero, decían: «No bajen el fusil».

Otros son más escépticos con la lucha armada. «Ahora es muy difícil, nos tienen rodeados», comentaba un miembro de los comités de refugiados de Balata haciendo mención a los nuevos puestos de control y colonias israelíes en las montañas que rodean Nablus.

Una madre orgullosa

Sin pan en la mesa es difícil pensar en algo más, dicen otros que ven con preocupación la crisis económica que están sufriendo muchos palestinos. Las familias de los «mártires», como la de Ibrahim Nablusi, mantienen la convicción en la resistencia. «Cada generación va encontrando su manera», afirma un familiar de Nablusi en su casa.

«Lo cargué nueve meses y después me tocó cargarlo en los hombros y enterrarlo», dice la madre de Ibrahim, Um Eyad, que todavía tiene el anillo y la medalla que su hijo llevaba incrustada en el fusil con el que combatió y murió a los 19 años, y que ahora cuelgan de su cuello. 

Alta, de cara amable y hablar pausado, orgullosa hasta el infinito del camino que escogió su hijo, al que describe como un joven que desde pequeño se buscó la vida, al que le molestaban las injusticias en todas partes, que le gustaba vivir con poco, que era fiel a su grupo de amigos de la infancia que luego se convertirían en sus compañeros de armas en la resistencia en Nablus, con los que murió peleando. Pero una madre es una madre, y los ojos se le llenan de lágrimas que no se derraman. «Él me amaba, me amaba», se repite.