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ENTRE LA ADAPTACIÓN AL TURISMO Y LA RESISTENCIA COTIDIANA

El precio de mantener la identidad

En Panamá, dos formas de vida conviven con realidades opuestas. La comunidad Emberá espera cada mañana la llegada de una lancha cargada de visitantes, encontrando en el turismo su motor de subsistencia. A seiscientos kilómetros de allí, la comunidad Ngäbe se aferra a la pesca, las mareas y una tierra ancestral, mientras observa el paso de las embarcaciones que conectan las aldeas vecinas. Dos caminos distintos frente a los cambios del mundo actual para preservar una identidad construida entre la adaptación y la resistencia.

Jóvenes de la comunidad Emberá participan en una danza tradicional en la casa comunal durante una de las visitas turísticas que reciben a diario. (Mauro Saravia)

A las diez de la mañana en punto, en un pequeño embarcadero de madera cerca de Gamboa, una localidad panameña situada a orillas del río Chagres, espera un grupo de turistas vestidos con ropa ligera y de colores vistosos. Varias personas llevan sombreros panameños; el resto intenta aliviar la humedad sofocante mientras el sonido de la naturaleza queda cubierto por un zumbido de motor que rompe el silencio de la selva. El ruido se escucha antes de que la embarcación aparezca entre la vegetación.

En medio del bosque surge una modesta lancha de madera con un motor adaptado. Un joven conduce mientras esquiva obstáculos ocultos bajo la corriente. Antes de tocar tierra, apaga el motor y deja que la inercia acerque lentamente la lancha hasta la orilla. El desplazamiento sobre el agua levanta un leve oleaje que golpea los pilotes y hace crujir la estructura de madera. El joven salta descalzo sobre la pasarela, sujeta la embarcación con unas cuerdas y comienza a llamar en voz alta a quienes realizarán el trayecto. Poco a poco, el grupo sube intentando mantener el equilibrio sobre la superficie mojada. Las conversaciones se mezclan en inglés, alemán y español.

El autodenominado capitán de la embarcación espera a que esté completamente llena. Solo entonces vuelve a colocarse el único chaleco salvavidas disponible y tira varias veces de la cuerda del motor hasta lograr arrancarlo de nuevo.

Una lancha llega al embarcadero de una de las comunidades Emberá situada en el río Chagres, principal vía de acceso al territorio.

A medida que la lancha avanza por el río, la humedad se vuelve densa y la vegetación termina ocultando cualquier rastro de carretera o localidad. El trayecto continúa hacia una de las siete comunidades emberá que sobreviven actualmente en la zona. La escena se repite cada día. Mucho antes de que llegue la lancha, la gente ya lleva horas despierta organizando la visita. Unas personas limpian senderos y viviendas; otras colocan artesanía en sus puestos. Entretanto, varias mujeres cocinan y preparan pescado, arroz y plátano frito para quienes llegan desde la ciudad. El recorrido turístico incluye el viaje en lancha, una visita guiada y una comida que se repite prácticamente todos los días. La economía local gira alrededor de la llegada diaria de visitantes. Parte de la población realiza recorridos guiados; algunas personas, por algunos dólares, dibujan tatuajes temporales utilizando jagua, una tinta natural que también funciona como protector solar y repelente de insectos. Varias familias atienden los puestos de artesanía, mientras el resto prepara la música de bienvenida. Las niñas y los niños permanecen alejados de las tareas más duras: corren entre las casas o se esconden observando a quienes llegan. Gran parte de la adolescencia, en cambio, participa activamente en las labores de recepción.

Desde el río vuelve a escucharse el sonido de la lancha y la actividad se acelera. Las mujeres se colocan la paruma, una falda de colores vivos que se envuelve alrededor de la cintura hasta las rodillas. Antiguamente, el torso permanecía descubierto o decorado con tintes naturales; hoy, utilizan blusas ligeras y accesorios elaborados con chaquiras. Estas cuentas, que antes se fabricaban con semillas, piedras o dientes de animales, hoy se realizan con pequeñas mostacillas de plástico. Aun así, mantienen los diseños geométricos inspirados en la naturaleza y transmitidos de generación en generación. Las chaquiras se transforman en collares, pulseras, tobilleras, pendientes y corazas decorativas que representan una importante fuente de ingresos para muchas familias de la comunidad.

Los hombres utilizan un guayuco, una pieza para cubrir los genitales que antiguamente se confeccionaba con fibras extraídas de la corteza de un árbol llamado cucuá y que hoy ha sido sustituida por telas. Algunos también llevan collares hechos con chaquiras o dientes de animales. Entretanto, los músicos se colocan en fila sobre el embarcadero, sosteniendo los instrumentos, y esperan la señal del mayor del grupo para comenzar la bienvenida ceremonial. Cuando la lancha toca la orilla y el motor se apaga, el silencio dura apenas unos segundos antes de que comiencen los primeros golpes de percusión. Las personas visitantes descienden sobre la madera mojada, sacando sus teléfonos móviles para hacer fotografías o buscando repelente en sus mochilas por miedo a enfermedades tropicales como el dengue, el zika o la malaria. El olor químico termina mezclándose con la humedad del río, el humo de la leña y el sonido constante de los instrumentos tradicionales. La música emberá se interpreta mediante instrumentos elaborados artesanalmente. Uno de los principales es la caja, un tambor suspendido a la altura de la cintura mediante una cuerda colocada alrededor del cuello. También utilizan flautas tradicionales conocidas como chirú, hechas con una variedad de bambú llamada chogoró, y el chimiguí, construido a partir de un caparazón de tortuga golpeado con una baqueta de madera. Los ritmos acompañan el avance del grupo. La vegetación rodea completamente las viviendas, elevadas sobre pilotes, que aparecen entre los árboles.

Niñas y mujeres de la comunidad Emberá participan en un corro tradicional que pone fin a la visita turística. (Mauro Saravia)

Viviendas construidas sobre el agua reflejan la estrecha relación entre la comunidad y el entorno natural. (Mauro Saravia)
Músicos de la comunidad Emberá interpretan la bienvenida ceremonial con instrumentos tradicionales elaborados artesanalmente. (Mauro Saravia)
LA COMUNIDAD

Dentro de la aldea no existen caminos delimitados y la selva se mezcla constantemente con las construcciones. Unas casas tienen techo de palma; otras utilizan chapa de zinc, y muchas se levantan sobre postes para protegerse de inundaciones y de animales como pumas, cocodrilos, caimanes o serpientes.

Una de las guías explica que los techos de palma absorben mejor el calor y mantienen las casas más frescas, mientras que los de zinc requieren menos mantenimiento.

Finalmente, el grupo de turistas llega a la zona central de la comunidad, donde se ubica el Uandari, la casa comunal donde se celebran las asambleas. Es la construcción más grande del lugar. No tiene paredes y el techo elevado, hecho con hojas de palma, protege del calor y la lluvia. En el interior, varias personas observan la llegada de quienes visitan el lugar. Algunas lo hacen desde los laterales; otras permanecen sentadas junto a los puestos de artesanía distribuidos alrededor del espacio.

El lago Gatún, colindante con el río Chagres, forma parte del sistema del Canal de Panamá, una de las zonas marítimas más transitadas del mundo. Desde comienzos del siglo XX, cuando se construyó una represa en el río Chagres para hacer posible el Canal, la geografía cambió de forma irreversible: se inundaron bosques, se desplazaron comunidades y se alteraron las zonas de pesca. Esta transformación condicionó la vida de quienes habitaban el territorio mucho antes de la llegada del turismo.

La población emberá ha tenido que adaptar sus formas de subsistencia alejándose de parte de sus sitios ancestrales. Algunas aldeas se encontraban más cerca de la frontera con Colombia, pero muchas familias migraron debido a la presencia de grupos armados y al reclutamiento forzado de jóvenes. Decidieron internarse más en la selva, aunque cerca de los ríos, para poder pescar y mantener vías de escape. Actualmente cultivan productos básicos como plátanos, guineo o yuca, y no pueden cazar debido a las restricciones del parque nacional y del área protegida por el canal. El turismo se ha convertido en la principal fuente de ingresos. Más que una elección, es una adaptación forzada para mantener su cultura y no desaparecer.

Una mujer aparece en medio del Uandari. Se llama Evelyn. Explica que ese es el nombre que utiliza con las personas visitantes y que, dentro de la comunidad, posee otro en su lengua materna. Describe la historia del pueblo emberá y el valor económico que las visitas turísticas aportan a su autogestión en la aldea. Durante la explicación, algunas personas hacen fotografías y sonríen, otras interrumpen la charla para hacer preguntas.

Evelyn sostiene unas fibras entre las manos y señala una palmera cercana. Explica que pertenecen a la palma chunga y que, tras teñirlas de distintos colores, las utilizan para elaborar artesanías. Después de la charla, el grupo recorre un sendero guiado entre plantas medicinales y vegetación. El guía apunta a un perezoso visible entre las ramas y ofrece frutas recogidas de los árboles. Más tarde, regresan al Uandari, donde una danza vuelve a reunir a la comunidad y a quienes visitan el lugar. Niñas, niños y varias adolescentes forman un corro mientras entonan cánticos en su lengua ẽbẽra beɗea.

Antes de partir, el grupo de turistas paga la visita en dólares estadounidenses y recorre los puestos de artesanía. Compran recuerdos elaborados por distintas familias. Parte de las piezas son fabricadas allí y el resto procede de proveedores externos debido a las restricciones para obtener ciertos materiales del bosque.

A mediodía llega el momento de marcharse. El grupo vuelve a subir a la embarcación mientras el ruido del motor rompe otra vez el silencio del río. Las familias recogen las telas de los puestos, guardan los instrumentos y se preparan para la siguiente jornada. La escena volverá a repetirse al día siguiente. Este ciclo ha convertido las visitas turísticas en una rutina estable, como cualquier otra actividad económica.

Muy cerca de allí, el Canal de Panamá continúa funcionando sin detenerse. El río Chagres es testigo de los barcos que atraviesan diariamente el lago Gatún. Cada embarcación de gran tamaño puede llegar a pagar cerca de un millón de dólares por el tránsito, y este flujo continuo genera alrededor de cinco mil millones de dólares al año. Entre la infraestructura del Canal y la de la comunidad, ambas reciben visitantes, pero no en igualdad de condiciones: funcionan como mundos que se acercan sin tocarse y evidencian una profunda relación de desigualdad dentro del mismo territorio.

La casa comunal, centro de la vida colectiva de la comunidad que acoge asambleas, ceremonias y encuentros vecinales. (Mauro Saravia)

Tres generaciones de una familia Ngäbe posan frente a su vivienda, en el archipiélago de Bocas del Toro. (Mauro Saravia)

Dos mujeres Ngäbe navegan entre Kusapin y Bahía Azul como parte de sus desplazamientos cotidianos. (Mauro Saravia)

Un niño Ngäbe rema en una canoa tradicional para salir a pescar en el archipiélago de Bocas del Toro. (Mauro Saravia)

SILENCIO: NO HAY TURISTAS

A seiscientos kilómetros de distancia, en el noroeste de Panamá, se encuentra Bahía Azul, una pequeña comunidad perteneciente a la comarca Ngäbe-Buglé. Aquí el ritmo cambia por completo. El día comienza sin embarcaciones cargadas de visitantes ni recorridos turísticos organizados. El silencio solo es interrumpido por el sonido de la selva: aves escondidas entre los árboles, monos que se escuchan a lo lejos y otros animales imposibles de distinguir entre la vegetación espesa. El mar permanece quieto y transparente, apenas alterado por olas suaves que golpean lentamente la orilla y los pilotes de madera de las casas construidas sobre el agua. Todo transcurre despacio. No existe la sensación de prisa ni de horarios marcados por personas externas. El calor húmedo se pega a la piel desde primeras horas de la mañana, aunque de vez en cuando una brisa marina refresca el ambiente durante unos segundos. A diferencia de muchas comunidades, aquí la vida cotidiana continúa prácticamente ajena al movimiento exterior. No hay hoteles, carreteras ni grandes infraestructuras. Las primeras personas comienzan a salir lentamente de las casas de madera, levantadas sobre pilotes. Cerca del riachuelo, un par de mujeres lavan la ropa golpeando las prendas contra las piedras mientras conversan entre ellas. Algunas preparan comida; muchas barren los alrededores o revisan pequeñas embarcaciones amarradas junto a los embarcaderos. En la distancia, varios botes cruzan la bahía dejando pequeñas estelas sobre el agua mientras la selva comienza a llenarse de sonidos.

Hasta allí no existen carreteras ni coches; la única manera de desplazarse es por agua. A la distancia se escucha el sonido de un motor, pero no pertenece a un vehículo terrestre, sino a una embarcación que avanza despacio sobre el agua. Sus pasajeros no son turistas, sino habitantes de aldeas cercanas que se desplazan para intercambiar alimentos, visitar familiares, acudir a la escuela o transportar mercancías básicas.

Varias embarcaciones se mueven a remo entre las islas. Unas transportan redes de pesca; otras anzuelos y cañas. Aquí los desplazamientos son parte de la vida diaria y las distancias no se calculan en kilómetros, sino en tiempo de navegación. Unas cuantas familias poseen lanchas como único medio de transporte y, en numerosas ocasiones, comparten los trayectos entre comunidades a cambio de unos pocos dólares o balboas para costear el combustible. No existen tarifas oficiales ni horarios fijos; el precio suele negociarse antes de subir a la embarcación.

Estudiantes asisten a clase en la escuela de Bahía Azul, que recibe alumnado de distintas aldeas cercanas. (Mauro Saravia)

Niños y niñas caminan por los alrededores de la escuela durante el descanso entre clases. (Mauro Saravia)

Estudiantes de aldeas cercanas descansan en medio del camino. (Mauro Saravia)

SOBREVIVIR LEJOS DE LA CIVILIZACIÓN

Llegar hasta Bahía Azul requiere tiempo, combustible y conocimiento del entorno; no es un lugar de paso ni un destino pensado para visitantes ocasionales. La distancia respecto a grandes ciudades ha permitido que muchas dinámicas comunitarias continúen funcionando de forma similar a décadas atrás. Aquí el tiempo parece avanzar más despacio, condicionado por las mareas, la lluvia y la distancia.

La aldea es pequeña. Algunas cabañas se levantan directamente sobre el mar, sostenidas por estacas y pilotes de madera. Otras viviendas se encuentran en tierra firme, conectadas por caminos de barro. Todas comparten una estructura sencilla: paredes de madera, techos de zinc y ausencia de cercos de separación. Bajo las casas se acumulan canoas, redes de pesca y gallinas que buscan la sombra entre los pilotes. Cerca de las viviendas aparecen hamacas, ropa colgada y huertas improvisadas donde crecen plátanos o yuca.

La alimentación diaria depende casi por completo de lo que ofrece el entorno. El arroz, el coco y el plátano forman parte de la dieta base, acompañados por pescado capturado en el mar. También consumen pollo de forma habitual y, en menor medida, cerdo y carne vacuna cuando una familia puede conseguirla. La vida transcurre principalmente en el interior de las viviendas, donde el calor se soporta mejor.

Una niña, vestida con una camisa blanca y una falda azul, camina hacia el centro del pueblo con un cuaderno bajo el brazo. El sendero de tierra atraviesa varias casas y zonas de vegetación antes de llegar a la escuela. A esa hora de la mañana, niñas y niños aparecen desde distintos caminos y embarcaderos, algunos descalzos, y otros llegando en pequeñas lanchas desde comunidades cercanas.

La escuela está completamente abierta, sin rejas ni muros. Recibe no solo a estudiantes de Bahía Azul, sino también a menores procedentes de aldeas cercanas. En las aulas, las paredes están cubiertas con dibujos y mensajes escritos en lengua ngäbere, junto a palabras en francés e inglés integradas en el aprendizaje escolar. Antes de comenzar las clases, gran parte del alumnado saluda diciendo “Ñantörö”, una palabra que significa hola.

Las clases transcurren alternando el castellano y el ngäbere. Cuando termina la jornada escolar, algunas niñas y niños permanecen jugando alrededor de la escuela; otros regresan a sus casas en lancha junto a sus familiares o vecinos. Algunos cambian rápidamente los cuadernos por redes de pesca y remos para salir hacia el mar antes del anochecer.

Paisaje del río Chagres durante el trayecto hacia una comunidad Emberá. (Mauro Saravia)

Un joven transporta mercancías por un sendero de Kusapin, una de las principales localidades de la comarca Ngäbe-Buglé. (Mauro Saravia)

Interior de una vivienda familiar ubicada en una pequeña isla próxima a Bahía Azul. (Mauro Saravia)

DECIDIR CÓMO VIVIR

Daniel explica que la principal actividad económica en Bahía Azul continúa siendo la pesca. Sin embargo, junto a su esposa, Genesi, trabaja lejos de la comunidad. Él es técnico de telecomunicaciones y ella, meteoróloga en un aeropuerto ubicado a dos horas de distancia en lancha. A pesar de tener empleos estables, ambos necesitan complementar sus ingresos. En su tiempo libre, Genesi trabaja limpiando habitaciones en un hotel turístico y Daniel sale a pescar mar adentro o arregla motores de lanchas para amigos y vecinos de distintas aldeas. Aunque el salario mínimo en Panamá supera los 600 dólares brutos mensuales, explica que el dinero no resulta suficiente para cubrir todos los gastos familiares.

La familia de Daniel posee grandes extensiones de tierra heredadas de su abuelo. Dentro de la comarca, gran parte del territorio está protegido por leyes y normas comunitarias que impiden su venta e intercambio. Las tierras solo pueden heredarse entre familiares. Según Daniel, esta situación ha impedido la construcción de hoteles y la llegada de empresas interesadas en explotar comercialmente el territorio. «Aquí todavía podemos decidir cómo vivir», comenta observando el mar desde un embarcadero de madera.

En la comarca, cada familia administra su propio terreno y decide dónde establecerse. Algunas viven en pequeñas islas rodeadas de manglares, otras prefieren asentarse cerca de la selva o junto a la costa. La tecnología llega de forma limitada; la electricidad solo está disponible durante determinadas horas del día, el alumbrado público prácticamente no existe y el acceso a internet es muy escaso. En cambio, la lluvia sigue siendo una de las principales fuentes de abastecimiento de agua, almacenada en grandes estanques junto a las viviendas.

La ausencia de carreteras, las restricciones legales sobre la venta de tierra y la autosubsistencia basada en el entorno natural han frenado la entrada del modelo económico dominante. Más que una desconexión absoluta del exterior, la aldea mantiene una forma particular de resistencia cotidiana frente a un estilo de vida que avanza rápidamente en gran parte del país.

Cuando llega el atardecer, los motores de las lanchas se apagan y el sonido constante que por momentos atravesó la bahía termina diluyéndose entre el viento y el agua. Las niñas y niños que pasaron la tarde pescando mar adentro regresan remando lentamente hacia la orilla. Antes de volver a casa, revisan las redes y cuentan en su cubeta los peces acumulados durante la jornada.

A medida que se oscurece, las lanchas y botes comienzan a amarrarse junto a los muelles de madera que rodean la comunidad. Algunas personas descargan bidones de gasolina, redes mojadas o sacos de alimentos traídos de aldeas cercanas. Poco a poco, el silencio vuelve a ocupar el espacio que durante el día llenaban las conversaciones. Apenas pequeñas fogatas iluminan algunos rincones de la comunidad, mientras otras casas dejan escapar una luz tenue entre las tablas y las mosquiteras.

Mañana será otro día, y gran parte de la rutina volverá a repetirse: las lanchas cruzarán de nuevo la bahía, las redes volverán al agua y las familias retomarán las mismas tareas cotidianas. Pero aquí el tiempo parece avanzar de otra manera, marcado más por las mareas, la lluvia y la luz del día, que por la velocidad y la urgencia de las grandes ciudades.