La importancia de formular un mandato democrático claro
17/02/2019

Históricamente, el unionismo español ha utilizado un amplio catálogo de excusas para justificar por qué la ciudadanía vasca o catalana no podía votar y decidir democráticamente qué clase de relación quiere tener con el Estado español. «Sin violencia todo es posible» fue un mantra que se utilizó mientras ETA existía, pero mucho antes de que esta desapareciese ya era evidente que era mentira. El procés catalán ha sido la demostración última de que no solo no se podía votar pacíficamente, sino que de intentarlo los demócratas serían reprimidos con brutalidad. El juicio que estos días tiene lugar en Madrid ha llevado estos hechos al paroxismo. El Estado español no solo niega su violencia de manera cobarde, sino que se inventa la de los catalanes.

«No está en la Constitución» es un argumento que se sigue utilizando, pero cuando la Unión Europea forzó a Madrid a garantizar constitucionalmente las políticas de austeridad y la primacía de la deuda sobre los derechos de las personas, esa ley se cambió de la noche a la mañana. No era tan difícil, solo hacía falta voluntad política o presión suficiente para forzar esos cambios.

Cuando Londres acordó con Escocia un referéndum sobre la independencia, uno de los argumentos preferidos de los unionistas fue que el SNP había ido a las elecciones con una propuesta abiertamente secesionista y que había logrado un mandato democrático con el que ir a Londres a negociar. En aquel momento, contraponían esa situación a la catalana y acusaban a Artur Mas de «no tener un mandato claro» para convocar un referéndum. Estaban jugando al ventajismo político, pensando que el regionalismo catalán no adoptaría la agenda democrática o que el pueblo les daría la espalda. Lo cierto es que los catalanes lograron ese mandato, pero eso llevó al unionismo a la casilla de salida: no se puede porque no lo permite la Constitución y, por lo tanto, intentarlo supone violencia. Aunque para ello haya que forzar el significado de la palabra violencia más allá de los límites epistemológicos y violentar sus propias leyes hasta hacer del acto de votar el más abyecto de los crímenes. Y se extrañan de que en la esfera internacional se considere a España una democracia subdesarrollada.

Que el resto pierda no significa que tú ganes

En vez de sentarse de una vez por todas a dialogar y solucionar los conflictos políticos, tal y como pidió Oriol Junqueras desde el banquillo de los acusados del Tribunal Supremo, Pedro Sánchez ha preferido adelantar las elecciones. Uno de los problemas de Sánchez es, precisamente, que no quiere formular un mandato claro. Tampoco tiene partido para lograrlo, es cierto, y lo más probable es que tampoco tenga país que pueda secundar un proyecto democratizador. Claro, para eso habría que renunciar a la violencia y cambiar la Constitución.

La moción que llevó a Sánchez a Moncloa tenía un poder institucional limitado pero suficiente como para hacer política. Pero ha renunciado. Tal y como ha señalado el periodista Iñaki Iriondo, ha intentado chantajear a quienes le auparon a la presidencia con convocar elecciones bajo la amenaza de perderlas. Su mensaje a catalanes y vascos ha sido «si no votáis mis presupuestos convoco elecciones, las pierdo y entonces me echaréis de menos». ¿Se puede ser políticamente más ridículo?

La doble concesión a la alianza reaccionaria de PP, Ciudadanos y Vox, abortando primero el diálogo institucional con Catalunya y convocando ahora elecciones, solo se explica porque Sánchez cree que eso debilitará a sus adversarios. Alguien que solo aspira a gestionar las miserias ajenas corre el riesgo de perder estrepitosamente.  

Un mandato antiautoritario y emancipador

El mandato democrático que ofrezcan las urnas en Euskal Herria en este demencial ciclo electoral será sin duda complejo. Dependerá, además, del contexto político que quede en el Estado y en Europa. Pero, dentro de esa complejidad, demostrará una vez más que existe una sociedad particular, que responde a los elementos objetivos y subjetivos de una nación, que tiene unos equilibrios políticos divergentes a los españoles y que sostiene valores propios que han perdurado durante décadas gracias a una capacidad de resistencia envidiable y a una creatividad forzosa.

Ese mandato común emanará de proyectos políticos diferentes, sin duda, pero requerirá de alianzas para hacer frente a un autoritarismo que va a bloque y a un Estado que no quiere garantizar ni la democracia ni la paz.

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