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PANORAMIKA

Residencias

Nicolás Combarro parte de una imagen tomada por Agustí Centelles en el campo de concentración de Bram y, a partir de ahí, realiza una propuesta con más de doscientas piezas. (Iñigo Uriz | FOKU)

Los procesos creativos son tránsitos vulnerables y frágiles que requieren de condiciones óptimas para su desarrollo. Dentro de las múltiples metodologías existentes para que esto suceda, las residencias artísticas son una de esas prácticas que algunos centros e instituciones culturales incluyen en su programación. Una residencia artística propone a una artista un lugar, contexto y recursos durante un periodo de tiempo para centrarse en los caminos necesarios para desarrollar un trabajo artístico. Más allá de lógicas resultadistas, los procesos adquieren el protagonismo para que luego pueda darse, o no, una materialización final en forma de obra o pieza. Esto no es nada nuevo. Ya durante el siglo XVI en Florencia, se dieron casos de prácticas similares a estos modelos de trabajo. Desde entonces fueron creciendo hasta la expansión de las residencias durante la segunda mitad del siglo pasado, cuando muchas instituciones públicas y privadas adoptaron esta manera de funcionar. A fin de cuentas, una residencia garantiza un compromiso total con el lugar que la acoge, propicia un escenario seguro y protegido para momentos habitualmente precarizados y garantiza una relación con el entorno al que pertenece.

Son muchas las instituciones de nuestro territorio donde las residencias conforman una pata importante de su plan de acción. Bien apoyando artes visuales, el diseño, la ilustración, la creación fílmica o las artes vivas, lugares como Tabakalera, BilbaoArte o el espacio Azala de la sierra alavesa son directamente responsables de muchos de los proyectos que diversas generaciones de agentes culturales de Euskal Herria han ido desarrollando durante estos últimos años. El proyecto que nos ocupa ha sido posible gracias al programa de residencias artísticas del Museo Universidad de Navarra. Bautizadas como “Tender puentes”, se pusieron en marcha en el año 2002 con la idea de proporcionar nuevas lecturas sobre su colección fotográfica. Con su depósito como marco, artistas y creadoras son invitadas a realizar un proyecto que acaba tomando cuerpo como una exposición que se presenta en sus instalaciones.

“Mirar a otro lado” es el título de la muestra inaugurada a finales del pasado febrero, firmada por el fotógrafo gallego Nicolás Combarro (A Coruña, 1979). El artista parte del encuentro con una imagen de un campo de concentración del año 1939 en Bram tomada por Agustí Centelles. A partir de aquí, realiza una puesta en escena de seis proyectos propios con más de doscientas piezas en total. En la exposición, la relación entre arquitectura, poder y memoria se expone a través de una presentación sobria y contundente, plagada de imágenes, archivos consultables e incluso proyecciones. Puede visitarse hasta el próximo 9 de agosto en el Museo Universidad de Navarra.