7K - zazpika astekaria
Literatura

Sobrevivir a la muerte


Todo suceso inesperado tiene algo de milagro, comportándose como si de un improvisado truco de magia se tratase. Descubrimientos repentinos que interrumpen con su aparición la vida, y también la muerte. Dicha pirueta es la que ilustra el inicio de la nueva novela del veterano y consagrado autor normando, recreando una breve instantánea donde una mujer encuentra por casualidad, cuando da sepultura a su gato fallecido, un suculento botín de joyas. Una excusa argumental que nos transforma en el equipaje de los viajes que su protagonista financiará con dicho hallazgo, destinos que atraviesan el mapa, pero que sobre todo orbitan alrededor de esa suerte de eterno retorno en el que se convierte el periplo existencial.

Será en su recorrido con trazas de epopeya clásica por tierras italianas, delineadas por un exquisito pincel colmado de color, donde esta correctora de manuscritos se tope con otro descubrimiento en forma de flechazo romántico y manifestado en un hombre mayor de espíritu calmado y sigiloso. Juntos, cargados de ausencias y poco tiempo para construir el futuro, se debaten entre lo que nace y se desvanece. Un bamboleo que, mientras observa con florida mirada todo un ecosistema medioambiental con rango de personaje principal, es mecido por un simbólico y recurrente paisaje acuoso. Líquido elemento que encarna la condición orgánica y sustancial necesaria para cualquier proceso de germinación y desarrollo.

Tan afín a sus temáticas de inspiración trascendente y reflexiva como a su propia exposición formal, esta obra compendia con brillantez y un genuino paladeo erudito los lugares habitados a lo largo de su carrera por el autor, incluida por supuesto esa barroca y evocadora narrativa siempre ligada a su firma. Embriagador despliegue estilístico conocedor, sin embargo, del sitio exacto donde detenerse antes de asomarse a cualquier síntoma de una superpoblación lírica.

A su manera, este libro, aunque entonado entre ritos funerarios y sombras en forma de recuerdos, representa una celebración de lo que significa el lógico -e inevitable- discurrir de los ciclos vitales. Como ya dejó escrito Quevedo y revalidan ahora estas páginas, no es sabio el que sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y lo saca. Y es que a esas alhajas que nos ofrenda la experiencia humana, a pesar de ser entregadas con una fecha de caducidad, debemos aprender a darlas lustre, hacer que resplandezcan, aun sabedores de que su brillo está destinado a expirar.