MAY. 24 2015 SUSYA LA IRREDUCTIBLE ALDEA PALESTINA Escondida entre colinas, a 15 kilómetros de Hebrón se halla Susya, una aldea palestina que está a punto de ser derruida y donde 300 personas viven en rudimentarias tiendas de campaña de plástico y hormigón. Su población ha sido desalojada por Israel en cinco ocasiones desde los años 80, pero siempre ha regresado. Es la lucha de David contra Goliat en pleno siglo XXI. Asier Vera {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} Un vehículo de gran cilindrada con las lunas tintadas aparece de la nada y se queda parado vigilando a escasos metros. Es imposible saber quién se encuentra dentro, pero su mera presencia genera un clima de tensión. Se trata de un colono judío al que no le gusta nada la presencia de internacionales en Susya, al sur de Cisjordania. Sus habitantes acaban de sufrir el último varapalo, después de que el pasado día 5 el Tribunal Superior de Justicia de Israel autorizase al Ejército a derruir las viviendas alegando motivos arqueológicos. La sentencia la dictó el juez Noam Solberg al negarse a emitir una orden judicial para congelar la demolición de Susya y esperar así a que el más alto tribunal del país resolviese la petición que hicieron los residentes para continuar viviendo en Susya.La vida en este pueblo no es nada fácil. Se encuentra aislado y a un kilómetro de un asentamiento judío, cuyos habitantes tratan por todos los medios de que la población de Susya abandone sus tierras: matando a su ganado, cortando sus árboles, quemando sus tierras o tirando piedras a los pastores y a los niños cuando acuden andando a la escuela.La localidad más cercana es At-Tuwani, si bien para llegar a ella los palestinos tienen que circular por un camino lleno de baches y piedras al tener prohibida la utilización de la carretera principal, de uso exclusivo de los judíos. Son muchos los residentes de Susya y At-Tuwani que hacen caso omiso a esta norma, como Hafez Al-Hrieni, quien opta por acortar usando el impoluto vial de los israelíes, que se encuentra completamente vacío, pese a contar con dos enormes carriles.En un momento dado, le adelantan dos vehículos de colonos y uno de los conductores le saca la mano indicándole que esa no es su carretera y que se aparte hacia el camino rural destinado a los palestinos. Al-Hrieni, acostumbrado a estos aspavientos, continúa con una sonrisa en los labios sin hacer el mínimo amago de abandonar la ruta, a pesar de que sabe que en cualquier momento el colono puede llamar a la policía israelí, que podría proceder a su detención por incumplir la ley. Esta zona se halla en el Área C de Cisjordania, donde Israel supervisa la seguridad después de la ocupación ilegal de suelo palestino desde la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel conquistó este territorio controlado por Jordania desde 1948.Uno de los habitantes de Susya es Mohammed al-Nawaja, quien a golpe de bastón camina despacio por un terreno pedregoso y sin asfaltar, donde viven las 45 familias que se niegan a abandonar sus tierras para irse a unos terrenos del Estado ubicados en la cercana Yatta, tal como les ha propuesto el Gobierno israelí. «Me gustaría acostarme una noche y a la mañana siguiente, cuando me despierte, no encontrar a ningún colono», dice tajante Al-Nawaja, de 70 años, que nació en una de las cuevas en Susya, donde vivían hasta entonces los primeros moradores de esta aldea y destruidas en los años 80 por el Ejecutivo israelí para realizar trabajos de excavación arqueológica. El anciano pronuncia estas palabras mientras sorbe un té sentado en una silla de plástico en medio del poblado, al tiempo que su cansada mirada se dirige al lugar en el que residen sus hostiles vecinos. Se trata de un grupo de casas prefabricadas en las que viven los colonos en los denominados outposts, protegidos por el Ejército israelí. Concretamente, en Cisjordania hay más de 125 asentamientos, a los que hay que sumar la docena existente en Jerusalén Este y más de 30 en los Altos del Golán, por lo que en total, la cifra de colonos supera los 550.000 sobre una población de 8,2 millones de israelíes.La excusa del parque arqueológico. Sin embargo, Susya no es una zona ocupada más, es un pueblo irreductible. En Susya han vivido los palestinos desde que se asentaran por primera vez en 1830, a pesar de que en los últimos años ha sufrido cinco desalojos violentos por parte de Israel, que arrasa las sencillas casas con excavadoras. Los intentos de echar a este pueblo comenzaron en los 80, cuando más de una docena de familias fueron expulsadas de sus hogares para que Israel pudiera establecer un parque arqueológico en sus tierras, al hallarse vestigios de la era talmúdica y el periodo bizantino. Fue la excusa para expulsar a los palestinos de sus casas que, entonces, tenían estructuras de piedra robustas y estaban construidas sobre antiguas cuevas, en una colina situada a un kilómetro de la actual aldea. Antiguamente llamada Susya al-Qadima, se la conoce también como Old Susya. Los problemas comenzaron en 1983, cuando se construyó en este lugar un asentamiento judío para 60 familias. Tres años más tarde, unos arqueólogos israelíes hallaron unos restos de una sinagoga que data del siglo VI. Los colonos crearon con ello una atracción turística en esta zona, denominada “Susya: pueblo judío antiguo” y que en 2010 fue declarado Patrimonio Nacional. Cada año, la visitan miles de personas, tanto de Israel como del extranjero, mientras que los palestinos tienen prohibida la entrada.Resignados y tras ser expulsados en 1986 de sus casas, los más de 1.500 palestinos que residían en la aldea se trasladaron a escasos 500 metros para vivir en cuevas y chozas de hojalata en un lugar llamado Rujum al-Hamri, de donde volvieron a ser desalojados en 1990 y trasladados por el Ejército en camiones a Zif Junction, a 15 kilómetros de distancia. Muchos de ellos regresaron a sus tierras para dedicarse de nuevo al pastoreo, pero carecen de agua corriente y electricidad al tener prohibido conectarse a las redes de agua y luz. Además, tal como explica Hafez Al-Hrieni, los palestinos no pueden realizar ninguna nueva construcción en esta área, sino que necesitan un permiso de Israel que nunca obtienen. Ello ha obligado a la población de Susya a colocar cisternas para recoger el agua de la lluvia, mientras que la electricidad les llega gracias a unos paneles solares donados por el Gobierno de Alemania. En época de sequía, deben trasladarse hasta Yatta para comprar el agua, a pesar de que las canalizaciones del asentamiento judío atraviesan la aldea.La pesadilla para este pueblo no había acabado aún, ya que, después del de 1990, hubo otros tres intentos de desalojo en 1991, 1997 y 2001. Destruyeron sus modestas viviendas y mataron a su ganado. Sin embargo, los habitantes de Susya nunca se rindieron y en 2001 regresaron a sus tierras, tras apelar a los tribunales de Israel, que les permitió volver de manera temporal, después de que huyeran a Yatta. Ahora es el propio Gobierno israelí el que ha pedido al Tribunal Superior demoler el pueblo, al igual que ha hecho la organización pro-colono israelí Regavim.A la espera de que los bulldozers acaben con todo, la rutina continúa en este remoto lugar, cuyo silencio solo es roto por el juego de varios niños, que se divierten ajenos a las preocupaciones de los adultos. Uno de ellos muestra orgulloso su humilde cas sin camas ni apenas muebles, alrededor de la cual hay una destartalada granja con gallinas, pollos, ovejas y perros. En un momento dado, un vehículo militar estaciona a la entrada de la aldea y, desde su interior, dos jóvenes soldados observan durante unos cinco minutos el tranquilo devenir del pueblo. Es un recordatorio más de la omnipresencia israelí en territorio palestino.Pese a las detenciones y el “acoso” que sufren, Hafez Al-Hrieni incide en que «nadie quiere abandonar esta tierra» y niega que existan razones arqueológicas para expulsar a los palestinos. El único objetivo, denuncia, es expandir aún más los seis asentamientos israelíes que hay alrededor de Susya y de los 14 pueblos cercanos, donde residen 3.000 colonos.Escoltados a la escuela. Son precisamente estos incómodos vecinos quienes hacen la vida imposible a los palestinos, hostigándoles día tras día para obligarles a dejar sus tierras. Para ello, atacan con piedras a los pastores cuando conducen el ganado a pastar en unos terrenos que lindan con los territorios ocupados. Pero quienes sufren esta violencia casi a diario son los menores, que tienen que pasar al lado de los asentamientos cuando van a la escuela. No es extraño que los menores reciban pedradas de los colonos, tanto de adultos como de otros niños.Esta circunstancia hizo que la organización italiana Operazione Colomba se instalara en la zona (en 2004), con el objetivo prioritario de escoltar a los escolares todas las mañanas. Sin embargo, tal como relata uno de los integrantes de la organización, ni los propios internacionales que protegen a los niños se libran de la violencia de los colonos. Precisamente, una voluntaria americana tuvo que ser hospitalizada tras sufrir heridas en la espalda a consecuencia de una de estas agresiones, lo que, según relata este miembro de Operazione Colomba, forzó al Parlamento israelí a aprobar la protección de estos menores. Desde entonces, el Ejército israelí los escolta cada día, aunque casi nunca se presentan a la hora o no llegan a completar el recorrido de 1,5 kilómetros hasta la escuela, «dejándoles indefensos». «Les llamamos, pero pasan de todo», censura el integrante de esta organización. Los voluntarios de Operazione Colomba no pueden escoltar a los niños cuando lo hace el Ejército, por lo que se limitan a observar desde la distancia y lo graban todo con cámaras para denunciar cualquier situación de violencia ante la Unión Europea y las Naciones Unidas.«Los asentamientos se están comiendo, centímetro a centímetro, cada vez más tierra», denuncia el voluntario italiano. Mientras, la vida sigue en Susya, donde por un momento ha regresado la alegría, después de que una familia llegue en un vehículo portando en el maletero los nuevos corderos que acaba de parir una oveja y que asegurarán su sustento económico.