MAR. 22 2026 PSICOLOGÍA Para inteligentes (Getty Images) Igor Fernández {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} La inteligencia es una capacidad muy valorada. La capacidad para hacer asociaciones, deducir, unir las piezas del rompecabezas de estímulos desconectados nos permite también formar una imagen coherente que nos guíe al actuar, con el fin de adaptarnos mejor u obtener lo que necesitamos de la realidad. Sin embargo, esa misma capacidad para imaginar, asociar o profundizar, si bien puede ser capital a la hora de desentrañar una incógnita, puede llevarnos muy lejos de la respuesta si iniciamos el camino por un lugar incorrecto. Y es que, una vez puesta en marcha la maquinaria, a veces no es tan fácil corregirla o redirigirla. De hecho, es muy habitual que las personas inteligentes puedan enredarse más de lo necesario a la hora de encontrar una respuesta, o desplegar demasiados escenarios al mismo tiempo en su mente, lo cual puede colapsarles. En el fondo, con mayor o menor inteligencia, quien más y quien menos puede verse engañado o engañada por lo que imagina. El problema reside en que, de forma análoga al algoritmo dichoso de los motores de búsqueda, después de preguntar varias veces o mostrar interés varias veces por un tema concreto, los resultados que se ofrecen a la siguiente pregunta no son libres e inconexos, sino que vienen sesgados por las preguntas previas. También nuestro pensamiento inteligente puede volverse autorreferencial, usarse a sí mismo para darnos la siguiente respuesta, que se siente como la más lógica, pero que viene mediada por lo anterior. Entonces, nuestra investigación inteligente sobre qué hacer y cómo, se convierte, si no prestamos atención, en una búsqueda autocomplaciente o conservadora, según nuestros intereses, y no necesariamente un análisis más neutro de las cosas. Por inteligentes que seamos, puede ser que terminemos pensando como en el chiste, en el que una persona va a pedirle un martillo a su vecino mientras imagina que pueda molestarle la petición, y despliega en su cabeza de camino toda suerte de conflictos imaginarios defendiendo su necesidad si ese fuera el caso. Para cuando llega a su puerta, está tan enfadado con su imaginación que solo llama a la puerta para decirle al vecino sin más mediación: «Pues, ¿sabes qué te digo? ¡Que te quedes con tu puñetero martillo!». Incluso las personas inteligentes, y quizá con más razón, tienen el riesgo de condicionarse a sí mismos, a sí mismas, para ahondar, no en la búsqueda de la verdad, sino en una explicación razonadísima que se cierre sobre sí misma. Por eso, especialmente si el lector o lectora se considera inteligente, mirar a los propios razonamientos con cierta distancia, no tomarse demasiado en serio a uno mismo, a una misma, o pedir las opiniones de otros, por muy convencidos que estemos, pueden ser mecanismos de seguridad frente a la obsesión o el extremismo… Afortunadamente, existe la posibilidad de que la inteligencia no tenga que ser exclusivamente individual, podemos hacerla colectiva.