APR. 26 2026 MÚSICA Joshua Burnside (Kieran Frost | Getty Images) GOTZON URIBE {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} En el vasto y a menudo predecible paisaje del folk moderno, el norirlandés Joshua Burnside ha emergido no solo como un renovador, sino como un cartógrafo de las emociones más crudas. Tras años de ser aclamado por sus producciones y su uso experimental de la mezcla entre la electrónica y el folk, Burnside regresa con su obra más desnuda hasta la fecha, “It’s Not Going To Be Okay”. Publicado bajo el sello Nettwerk, el álbum llega precedido por el éxito de la crítica de sus trabajos anteriores, como el galardonado “Ephrata” y el reciente “Teeth of Time” (2025). Sin embargo, donde sus discos previos exploraban el folclore, la política y el surrealismo a través de capas de sintetizadores y sonidos encontrados, este nuevo trabajo es un ejercicio de sustracción radical. La génesis de “It’s Not Going To Be Okay” es profundamente personal y dolorosa. El álbum nació en la quietud posterior a la muerte del mejor amigo de Burnside, el músico Dean Jendoubi, quien falleció por una sobredosis en agosto del año pasado. El disco no fue planeado como un concepto artístico, sino como un mecanismo de supervivencia. «Escribí y grabé este álbum tras la muerte de Dean. El duelo siempre ha sido una parte fundamental de mi música; es la razón por la que empecé a escribir canciones a los 13 años», explica Burnside en las notas de prensa. El resultado es un conjunto de diez canciones que funcionan como entradas en un diario de duelo, grabadas con una honestidad que por momentos resulta casi incómoda para el oyente. A diferencia de sus producciones anteriores, grabadas en estudios o con arreglos orquestales, este disco fue capturado y mezclado en la pequeña habitación de Burnside en los Vault Artist Studios de Belfast. La premisa fue clara: prescindir de los trucos de producción. El sonido es esquelético: apenas la voz de Joshua -que oscila entre la calidez y un hilo de vulnerabilidad quebradiza- y una guitarra acústica que se siente presente y cercana, como si el músico estuviera sentado al otro lado de la mesa. En piezas como “Moon High”, el primer sencillo, un violín sutil y un rasgueo fluido acompañan una letra que disecciona la psicología del duelo y la parálisis emocional. A pesar de su título pesimista, el disco no es un monolito de tristeza. A lo largo de sus pistas, Burnside encuentra destellos de esperanza. Un retrato costumbrista cargado de detalles domésticos que eleva la narrativa al nivel de un realismo casi literario. Con este lanzamiento, Joshua Burnside se consolida en el canon del folk contemporáneo junto a figuras como Lankum, Bon Iver o Richard Dawson. Su capacidad para «crear un mundo y dejarnos vivir en él por un rato», como ha señalado la crítica británica, alcanza aquí una nueva profundidad. Robyn Tras revolucionar las pistas de baile con el icónico “Body Talk” (2010) y explorar la sensibilidad más profunda en “Honey” (2018), la artista sueca regresa con su trabajo más audaz hasta la fecha. Convertida en un icono generacional, su noveno álbum de estudio es una magistral colisión entre el brillo de la electrónica y la introspección existencialista. En las sesiones de grabación se han priorizado los sintetizadores analógicos y texturas vocales procesadas que crean un sonido orgánico y futurista a la vez. El nuevo álbum de la cantante es una meditación sobre su cambiante relación con su físico y su sensualidad. El disco muestra sus influencias con honestidad: desde Kraftwerk hasta una Donna Summer ciberpunk.