APR. 26 2026 La verdad sentida (Getty Images) {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} Muchos de nuestros males a nivel psicológico tienen mucho que ver con poder o no, con haber podido o no, reconocer la verdad de nuestra experiencia. Por ejemplo, un niño pequeño puede asustarse por el ladrido repentino de un perro y llorar, y que su padre o su madre le digan algo así como “no llores, no ha sido nada”, o pueden ignorar la reacción o distraerla. Y algo así puede funcionar si la voz de la persona adulta es calmada, y sea eso lo que le ayude a calmarse al niño, o si después el padre o la madre se toman el tiempo para volver juntos al lugar donde estaba el perro y comprobar que “no pasa nada”; o si hay un abrazo y un momento para que el niño sienta la calma en el cuerpo de su madre. O si se pone la palabra ‘miedo’ como una palabra que da sentido a las sensaciones, y se reconoce su presencia. En cambio, si esas reacciones de los padres carecen de conversación, de reconocimiento de lo que ya estaba presente en el cuerpo del niño, si no hay un espacio para ello porque se entiende que la mejor estrategia es la distracción, si no hay un abrazo que transmita la seguridad de nuevo a la piel, entonces toda la activación sentida tiene que pelear con la interpretación que se le ofrece: “no ha sido nada”. Lo que puede hacer sentir al niño una confusión que sea difícil de manejar, o que se quede con él. Evidentemente, tanto un efecto como el otro dependerá de que esa situación se repita. No hablamos de un ajuste o desajuste puntual, sino de la manera habitual de lidiar con unas emociones concretas. Es lógico querer evitar y evitarle a un hijo o a una hija su malestar pero es una ilusión que eso haga que otros malestares no le sucedan cuando el progenitor no está presente. Aprender a manejar las emociones para que no se queden para siempre o nos desborden requiere una acción, digámoslo así, de “vacuna”. Requiere permitirle al niño hacerlo, sentir lo que sea y entrar con él o con ella en su experiencia, preguntarle, prestarle las palabras, y después enseñarle a cómo calmarse por sí mismo cuando sienta lo desagradable que querríamos evitarle sentir. Quizá se le puede entonces dar un truco, ofrecer una historia pero, primero, ha tenido que poder expresar suficientemente lo que ya le está pasando. Como adultos, aprender a regular nuestros sentimientos para que no nos inunden demasiado tiempo o aprender a leer lo que nos dicen de lo que necesitamos, requiere de, al igual que el niño o la niña, darnos el permiso de reconocer que estamos sintiendo esto o aquello, que eso tiene un valor para mí, compartirlo con alguien a quien le importemos y buscar la seguridad en el encuentro, a veces antes de poder encontrarla dentro de uno mismo o una misma. Pero todo empieza por permitirnos sentir las propias emociones como parte de nuestra verdad, no de la absoluta, sino la que es absolutamente nuestra.