7K - zazpika astekaria
PSICOLOGÍA

Cartas a la vista

(Getty Images)

En las novelas de misterio hay una sentencia que a menudo aparece en la voz del detective de turno en busca de pruebas: «no hay mejor manera de esconder algo que dejarlo a la vista de todo el mundo». Y entonces, el avispado policía empieza a mirar lo evidente con otros ojos, con la intención de detectar algo menos evidente.

Las personas a menudo llevamos nuestra necesidades y deseos por la vida de la misma manera, escondidos pero a la vista de todos. En otras palabras, puede que no evidenciemos lo que nos importa para bien o para mal, pero quizá sea divisable para quien mire con intención de vernos. Y decidir cuánto mostrar de ello y cuánto ocultar, para mucha gente no es tan sencillo. Y es que, por un lado, mostrar nuestras heridas o dificultades nos expone como vulnerables ante los demás, pero también hacerlo con nuestros anhelos, lo que queremos o esperamos de la relación.

Es como si, en la incertidumbre de no tener que saber a las claras “quién soy yo para ti”, o si “me aceptarás o querrás”, guardásemos nuestras cartas, que quedan a la vista de mí mismo pero ocultas, en el juego a los demás. Verlas nos hace desear jugar con ellas, pero pedirle al otro expresamente lo que deseamos o queremos se nos hace arriesgado. De nuevo, «¿qué pensarás de mí si quiero esto de ti? ¿Me lo darás? ¿Me juzgarás por ello? O, ¿me daré cuenta de que no lo quiero o necesito tanto como creía?».

Y es que, jugar abiertamente la carta del deseo, deja a las claras que por ahí se pueden vincular con nosotros, nosotras, que por esa vía podríamos depender o se nos podría manipular. Un pensamiento este que coarte nuestra iniciativa, y que pueda dejarnos eternamente anhelantes, o al otro eternamente en deuda, atrapado entre nuestras expectativas nunca explicitadas.

Esperar a que el otro acierte es otro tipo de juego. Estar con alguien a quien hemos percibido como proveedor o proveedora de nuestros deseos, y por ello, de quien esperaremos -a veces con ansia- que dé en la clave sin que nos mostremos. Hay quien dice que, si expresamos un deseo la otra persona, se verá obligada a dárnoslo o, si lo hace, no será tan genuino, en una ‘prueba de amor’ que, más que eso, parece un examen de aquellos en los que ‘iban a pillar’.

Probablemente una de nuestras confusiones en cuanto al amor, la compañía o el aprecio es que sea alternante, una transacción en la que hay que ‘sacarle’ al otro algo que no querría dar con gusto, sin embargo, como cualquier experiencia humana, ‘querer’ se construye, se crea, no existe previamente más allá de la imaginación de cada cual. Así que, si vamos a jugar juntos, que sea un juego de colaboración, y no de competición -otra cosa será hablar de quién y cuánto tome la iniciativa, pero la responsabilidad del deseo es siempre compartida-.