MAY. 24 2026 IRITZIA Megahipócritas David Fernàndez {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} Dos crisis distintas -la sucia guerra imperial de Trump y Netanyahu en Irán y el hantavirus en un crucero de lujo en el Atlántico- han puesto en evidencia la solemne realidad de lo que está mal en el mundo, como diría Chesterton. Pero, dialécticamente, también de lo que aún está bien. Y de cómo se las gastan algunos. En el caso iraní, poco sorprendió que los elusores fiscales españoles, instalados en los emiratos del Golfo Pérsico para no tributar ni un céntimo de euro, corrieran a pedir el rescate inmediato del Estado español, donde han decidido no tributar. Como señoritos, lo quieren todo a cambio de nada. Esos neoliberales, brokers y criptobros que tanto critican “la confiscación fiscal”, excepto cuando sirve a su culo en apuros. Espero que alguien, por principios básicos de pura democracia fiscal, les endose como sea la factura correspondiente y hasta el último centavo. Porque somos todos, menos ellos, los que lo hemos pagado. Para eso sirven los impuestos, habría que aclararles tajantemente. Recuerdan la crisis financiera del 2009, cuando los más conspicuos hooligans del mercado libre pidieron casi de rodillas el rescate público. Les salió redondo: 60.000 millones públicos que jamás volverán. Casi en la misma estela, la crisis televisada del hantavirus también ha tenido ecos y recovecos pandémicos con deje clasista. Reediciones funestas y nefastas, también entonces se habló de una polarización a pie de calle que oponía la policía de los balcones o la solidaridad de los balcones. Con una variación que se mueve entre una alteridad sobrevenida -encontrarse en la piel del otro, de los parias del mundo- y la globalización caótica desparramada que vivimos. Porque, de repente, señores acaudalados se han visto convertidos en pobres a la deriva, igualados al más precario náufrago subsahariano perseguido y sujetos a los vaivenes de la política internacional. Mientras las bombas electrónicas y las sierras eléctricas de Trump y Milei pretenden denostar y desmontar a la OMS y dejan de pagar su cuota, ese sujeto sanitario global imperfecto sigue trabajando sin exclusiones, porque ni los virus ni la zoonosis entienden de fronteras, colores o razones. De clases sociales, sí: donde reina la pobreza, la muerte impone impune su guadaña mucho más. Refería Chesterton, mitad camionero, mitad filósofo, católico heterodoxo y anticapitalista antropológico, porque este mayo se ha conmemorado el centenario de su breve visita a Catalunya en 1926. Por entonces, el gigantón franciscano inglés ya había escrito: «Ese creciente número de intelectuales que se alegra de decir que la democracia ha fracasado no tiene en cuenta la desgracia mucho más aciaga de que la plutocracia haya triunfado. Quiero decir que ha tenido el único éxito que era posible, porque la plutocracia no tiene filosofía ni moral, ni siquiera significado; solo puede tener un éxito material, es decir, un éxito rastrero». Amén. Porque somos todos, menos ellos, los que lo hemos pagado. Para eso sirven los impuestos, habría que aclararles tajantemente. Recuerdan a la crisis financiera del 2009, cuando los más conspicuos «hooligans» del mercado libre pidieron casi de rodillas el rescate público. Les salió redondo: 60.000 millones públicos que jamás volverán