AUG. 23 2026 PSICOLOGÍA Son historias (Getty Images) Igor Fernández {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} Los relatos son tremendamente poderosos a la hora de condicionar nuestro comportamiento y nuestras decisiones. Las historias que nos cuentan y que nos contamos generan un mundo virtual en nuestra mente al que reaccionamos y sobre el que actuamos, mientras creemos firmemente que nuestra representación mental equivale, sin ambages, a la realidad. Sin embargo, todo lo que nos cuentan, contamos y nos contamos tiene una intención, una motivación; si no la hubiera, no necesitaríamos expresar dicho relato. Toda historia, venga de donde venga, en el formato que venga, tiene detrás a alguien que quiere algo, ya que no hay comunicación sin emisor y el emisor es siempre un individuo con su mundo subjetivo. Uno de los objetivos de los relatos, quizá el más espontáneo que nos vendría a la cabeza, es compartir una información relevante pero poco evidente, es decir, un conocimiento que, supuestamente, está más allá de la percepción directa de las cosas o de su experiencia para quien acaba de llegar. A menudo contamos historias con algún tipo de moraleja o conclusión que nos es relevante que el otro alcance; o bien porque esta no es evidente a simple vista y nosotros creemos haberla visto, o bien porque encontramos una lógica en nuestra propia asociación de ideas y queremos que el otro la recoja o directamente acepte, sin hacer necesariamente él o ella ese recorrido. Otro de los objetivos puede ser el mantener una narración identitaria que dé continuidad y estabilidad a una parte de la vida, repetir una historia para que algo que considerábamos importante para definir la realidad y orientarnos en ella no cambie ante el paso del tiempo. También nos contamos relatos para lo contrario, para evocar en la imaginación una alternativa a lo que tenemos y ha dejado de funcionar, para salir de un impasse o aventurarnos, como si el hecho de pensarlo ahora juntos (quien cuenta y quien imagina), lo hiciera posible. Pero el relato es un fenómeno curioso porque, si bien puede estar a nuestro alrededor, ser algo público y colectivo, al escucharlo e imaginarlo rápidamente se hace propio; y es que, nuestra imaginación espontánea directamente nos hace sentir cosas al respecto, lo cual es una experiencia íntima, por lo que tienen un potencial enorme de manipulación. En ese sentido, estar atentos, atentas, a las palabras seductoras o a los intentos de amedrentarnos, enfadarnos o hacernos saltar, son algunas de las precauciones antes de dejarnos arrastrar por las imágenes que los relatos generan en la mente (como quien huele la comida antes de metérsela en la boca). Incluso nos contamos historias a nosotros mismos, a nosotras mismas, a veces no particularmente alentadoras, pero también esa voz interna que nos define por dentro, esa que casi podemos escuchar a veces, es fruto de una subjetividad, una que se puede contextualizar y de la que podemos también dudar.