APR. 26 2015 PSICOLOGÍA Ponerse en lo peor IGOR FERNÁNDEZ {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} De repente estaba gritando. No sé qué me pasó, pero la lié y cuando me quise dar cuenta, había dicho cosas que no quería, y él estaba ahí, mirándome con cara de susto y sin poder articular palabra. En el momento no me doy cuenta, pero luego no dejo de darle vueltas a por qué voy de cero a cien en tan poco tiempo. Es como si no fuera dueño de mí mismo y eso no me gusta nada». Esta viñeta va un poco al límite, pero los gritos de nuestro protagonista pueden servirnos como símbolo de aquellas transacciones sociales que hacemos sin estar en contacto con la realidad. Otros ejemplos podrían ser el miedo que a veces sentimos sin saber por qué, o la apatía, incluso la euforia que nos asalta y nos hace actuar de maneras que en un momento dado no son adecuadas. Pero, ¿cómo es posible que nos sucedan estas cosas, siendo adultos?, ¿estas salidas de tono? Una de las circunstancias que se dan en estas situaciones es la ruptura del contacto con la otra persona. Lo podemos observar fácilmente en nosotros o en otros, cuando la reacción emocional es mucho más intensa que la que sería razonable dadas las circunstancias. Por ejemplo, estoy temeroso de encontrarme con una persona a quien le debo dinero, imagino que me lo pedirá de mala manera, que me chillará o simplemente pensará mal de mí, así que sufro pensando en ese encuentro, realmente sin saber cuál será la reacción del otro ante mi deuda. En este caso, mi miedo a ese encuentro, o la vergüenza que puedo sentir, probablemente es mucho mayor del que sentiré cuando me ponga cara a cara ante ese individuo y hablemos de este tema. Pero mi imaginación me pone en la peor de las alternativas posibles y, por tanto, siento y actúo en consecuencia. Aun así, ¿por qué elegir imaginar la peor de las escenas? Parece no tener sentido, sin embargo sí lo tiene en nuestra historia. Una de las funciones de pensar en lo peor es prepararse para lo que puede ir mal, de modo que si imaginamos la peor de las catástrofes relacionales, como la separación, la crítica o la indiferencia, podemos hacer algo para evitar que esto suceda. Al no tener certeza sobre la postura del otro, solemos ir al extremo para asegurarnos, de manera que si pienso que me van a criticar duramente e imagino un ceño fruncido, un tono agresivo y una conducta de desprecio, haré lo que sea necesario para que mi imaginación no se convierta en realidad, como sentirme muy, muy mal por (siguiendo con el ejemplo) tener una deuda no pagada o por traicionar a un amigo, y actuaré en consecuencia (curiosamente, no siempre pagando la deuda, sino dando mil vueltas en mi cabeza a cómo pedir disculpas y mostrarme arrepentido). El problema viene cuando lo que imaginamos nos hace sufrir mucho más, nos hace mantener mayor tensión que la que tendríamos si simplemente afrontáramos el desacuerdo sin añadirle todas esas fantasías dramáticas. La emoción principal que hay detrás de todo este proceso es el miedo, el miedo al rechazo, a la pérdida de la relación. Incluso en la primera viñeta, la del enfado desaforado, el miedo es probablemente la emoción que se esconde detrás y toda una serie de imaginaciones de este tipo que desencadenan en la necesidad imaginada de defenderse, aunque fueran molinos en lugar de gigantes. Parar este sistema de prevención es complicado cuando lo hacemos habitualmente, pero hay opciones. La más accesible es preguntar por aquello que tememos, algo así como «Oye, te debo dinero, ¿estás enfadado conmigo?». Las preguntas honestas sobre la relación normalmente obtienen información honesta y la información siempre disminuye el miedo