Los de Bilbao nacemos donde queremos, ¿o no?
Moad Oulhaj | Voluntario en la Fundación Social Ignacio Ellacuria
27/07/2017

Soy un joven de 22 años. Uno como tantos otros que vivimos en Bilbao. Tengo mi cuadrilla de amigos, con la que salgo cuando mis horarios laborales me lo permiten. He estudiado hostelería y trabajo en la cocina de un bar. Es un trabajo duro por sus horarios ya que me toca trabajar cuando los demás están de ocio, pero estoy contento. Sé que no es fácil encontrar un trabajo, lo sé de buena tinta. No es fácil en general. No lo es en especial para gente mayor, ni para la gente joven, y menos para la gente extranjera. Es un derecho que muchas personas no pueden disfrutar a día de hoy, y que permite vivir de forma digna y autónoma.

Soy voluntario en una ONG y participo en propuestas de sensibilización junto con otros jóvenes.
El otro día mientras hablaba con un amigo en el Casco Viejo, junto a una cuadrilla de otros seis jóvenes, se nos acercaron unos siete policías municipales. Se dirigieron a mí y me pidieron la documentación. Me extrañó pero les facilité mi documento de identidad. Lo recogieron y acto seguido me pidieron que me pusiera contra la pared con las manos arriba contra ella y las piernas abiertas para proceder a un cacheo. Cuando les pregunté el motivo me informaron que por molestias vecinales.

No entiendo bien por qué yo molestaba y mi amigo no. A él no le pidieron identificación ni le registraron. Así mismo tampoco entiendo por qué en la cuadrilla de al lado sólo procedieron igual con dos de los chicos de los seis que eran.

Tampoco entiendo qué podría haber en mis bolsillos que pudiera suponer molestia vecinal.
Tras el cacheo los agentes se marcharon, sin disculpas, sin plantear ninguna medida en relación a la molestia vecinal, ya que no era posible modificar ninguna conducta que pudiese haber causado molestia.

Fue una actuación abusiva, completamente arbitraria, que no respondía a ninguna conducta sancionable o sospechosa. Una actuación que me dejó indefenso. Me puso en la mirada del resto de gente que pasaba por allí haciéndome sujeto de sospecha, ya que nadie supone que un policía utiliza su autoridad sin necesidad ni razón. Varios días después todavía me siento desazonado, triste, vulnerado, humillado. Una actuación que rompe con la normalidad de la convivencia, injusta, que genera sufrimiento, y que socialmente condiciona.

Por cierto, no lo he mencionado, porque entiendo que no debería ser relevante, pero nací en Marruecos. Al igual que los otros dos chicos que fueron cacheados. Quizá quieran hacernos ver que nacer en otro sitio que no sea Bilbao puede ser constitutivo de delito, aunque los de Bilbao nacemos donde queremos, ¿o no?

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