JAN. 07 2026 - 06:00h Patti Smith, el verso libre del rock Con ‘Pan de ángeles’ (Lumen), la autora estadounidense construye un extraordinario libro de memorias de fuerte tono lírico donde, al mismo tiempo, revela múltiples claves para profundizar en el sentido de una obra que abarca desde la música a la literatura pasando por las artes plásticas. La creativa y siempre exploradora Patti Smith. (Stephen SEBRING) Kepa Arbizu {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} Ejercer uno mismo como cronista de su propia vida no es tarea fácil, supone, siempre que se realice desde la honradez, asumir el vértigo producido por los recuerdos. Un ejercicio todavía más meritorio si se trata de exponer una existencia copiosa y agitada, como es la de Patti Smith (Chicago, 30 de diciembre de 1946). Un relato particular, todavía por suerte inacabado, trasladado a las páginas de un libro, ‘Pan de ángeles’, que, dada la trascendencia acumulada por su protagonista, significa también la radiografía de aquellos enclaves creativos que invadieron desde los márgenes la historia del arte. Descubrir el propio camino Pero aquella niña, la mayor de cuatro vástagos engendrados por una joven viuda abocada a trabajar en un ‘nightclub’ y un excombatiente de la II Guerra Mundial lleno de ruinas interiores, nació tosiendo. Una frágil salud, casi tanto como la economía familiar, que delimitó su infancia entre cuarentenas y convalecencias, restricciones que no le impidieron desarrollar una naturaleza exploradora, y temeraria, que convertía sus obligadas caminatas en dirección al colegio en su propia novela de fantasías. Imágenes compartidas con las firmadas por Robert Louis Stevenson o Lewis Carroll, las brotadas de los poemas de William Blake y Baudelaire o las fotografías de unas revistas ‘Vogue’ que rescataba de su particular isla del tesoro ubicada entre los basureros. Capítulos de un presente que abordaba desafiando a un mundo de adultos estrangulado por la incertidumbre del futuro. Rápida aprendiz de que jurar lealtad absoluta a los dogmas era una vía muerta para quien, como ella, osaba a querer conocerlo todo, su adolescencia se enunciaba como un recorrido en busca de la identidad propia. Ajena a las preocupaciones de querer pasar por una digna ‘señorita’, los bailes juveniles a ritmo de rock and roll y su interés por el arte se vieron contrariados por los guías espirituales que vigilaban su conducta religiosa, cerrando las puertas del cielo a invocaciones de la imaginación. Fue un disco de Dylan y el libro ‘Iluminaciones’ de Rimbaud quienes la convencieron de que su lugar no estaba en la devota grey, sino entre un rebaño de descastadas ovejas. Una estancia en el ‘país de nunca jamas’ que caducó abruptamente a la 19 años, cuando quedó embarazada, momento dramático pero decisivo para asumir el juramento silencioso que hizo frente a los cuadros de Picasso: ella iba a ser también artista. Encontrada una buena familia a la que entregar su bebé, abandonó el hogar y la estabilidad para tomar destino a Nueva York. Obedecía así a una llamada que suponía asumir la incertidumbre como forma de vida pero que representaba el grueso de su aspiración. El arte como forma de vida No tardó una recién llegada Patti Smith a esa ‘gran manzana’ anónima en encontrar su propio microcosmos, donde su primer punto de anclaje fue el fotógrafo Robert Mapplethorpe y el Hotel Chelsea, escenario de su romance con el dramaturgo Sam Shepard, puerta de entrada a una efervescente escena contracultural que empezaba a decorar con sus recitales. Inmersa en un epicentro con sede en el club CBGB, la publicación de su primer single, ‘Hey Joe/Piss Factory’, sirvió como prólogo a su primer e icónico disco, ‘Horses’, unos caballos a la postre con dirección a conquistar la historia. Su rico muestrario de sonidos amamantados por la rabia, la improvisación y el carácter poético, ampliaba las miradas del rock a través de una voz que subvertía los roles femeninos. Una estampida que recorrió el país en toda su envergadura, escondiendo en uno de sus pliegues, llamado Detroit, la presencia del músico Fred ‘‘Sonic’’ Smith. Uno de esos tipos amables, tímidos y con un mundo en sombras agazapado en su interior que irradió al instante en Patti Smith la seguridad de estar frente a su gran amor, como así sería. Una relación que se asentaba desde la distancia y con un ruido de fondo que era la algarabía juvenil con la que era recibida en Europa una autora que se acercaba a ese lugar tembloroso que es la fama. El poco amable recibimiento dispensado a su segundo álbum, ‘Radio Ethiopia’, corregido por un exitoso sucesor, ‘East’, que integraba la legendaria ‘Because the Night’, generó una interrogante respecto al valor de un reconocimiento público que seguía llegando en oleadas, las mismas que se sobrecogieron cuando, en plena actuación, sufrió un accidente que le dejaría en cama durante varios meses. Bajo el apoyo de su ángel custodio William Burroughs, dicha inmovilización fue usada para, desprovista de guitarra y escenarios, engendrar su libro, ‘Babel’. Paréntesis previo a una recuperación física que sin embargo no esquivaba la incomodidad en la que se movía una carrera llena de insulsas entrevistas y ciclos promocionales que no alimentaban la vena artística de una Patti Smith sabedora de que ‘Wave’ iba a significar su último disco grupal. La vida rima con la muerte Refugiada en Detroit, con quien pronto sería su marido y padre de dos vástagos, su por momentos bucólica vida bohemia, necesitada de un soporte económico que les impulsó a grabar ‘Dream of Life’, hogar de la arenga ‘People Have the Power’, se resquebrajaría por un alud de fallecimientos. Una mortuoria lista iniciada, a causa del sida, por Robert Mapplethorpe pero que sobre todo resultaba devastadora al dejarla sin hermano mayor, Todd, fiel acompañante en su trayectoria profesional, y sobre todo sin su aliado romántico, por aquel entonces imbuido en la creación de un nuevo disco, ‘Going West’, que años más tarde vería la luz, bajo el nombre de ‘Gone Again’, como homenaje servido por su amantísima compañera. El lógico tiempo de duelo asumido derivó pronto en diversos proyectos, incluida una breve gira con Dylan o el documental ‘Dream of Life’, y sobre todo en la confirmación de que su figura atravesaba el cambio de siglo también como un referente de la lucha por los derechos humanos, galardones que alternaba con los artísticos y que dibujaban una presencia donde todavía se alojaba la viuda melancólica junto a la fervorosa oradora. Patti Smith nunca ha abandonado la condición expresada por esa niña empeñada en rastrear la vida más allá del camino impuesto. Sabedora de que fuera del confort había un mundo lleno de zarzales, su pasión ha sido más poderosa que cualquier riesgo a caer herida. Su creación, desplegada a través de múltiples extremidades, encontró el idioma predilecto en un universo lírico rendido al valor de la diferencia, un tesoro capaz de entregar el protagonismo del hecho artístico a esa invisible legión de seres apartados de la zona noble de la historia.