AUG. 09 2026 - 06:30h Eclipse y mito: cuando las brujas raptaron al Sol y los demonios se lo tragaron Los eclipses solares eran el peor de los augurios celestes. Las explicaciones míticas implican generalmente la acción de demonios, bestias terribles o la magia negra. No es raro que los humanos respondieran con gritos y haciendo ruido para tratar de salvar del apuro a su estrella. El asura Rahu, decapitado por Vishnu, explica los eclipses en la mitología hindú. (King MUH) Aritz Intxusta El ciclo de novelas de Tarzán es horrible, racista hasta el extremo, pero entretenido. En su sexta entrega, ‘Jungle Tales’ (1919), Edgar Rice Burroughs incluye un relato notable: ‘Tarzán rescata la Luna’. En él cuenta cómo los gorilas se han enfadado con Tarzán y le expulsan del grupo. Pero enseguida tiene lugar un eclipse lunar que los asusta mucho, por lo que van a buscarlo para que les salve de aquello que ocurre en el cielo. El salvaje adolescente, que ya dispone de un arco, reaparece entonces y dispara sus flechas contra la Luna. Al soltar su último dardo, la sombra de la Tierra comienza paulatinamente a dejar ver de nuevo al astro y así Tarzán vuelve a ser el Rey de los Monos. Acaso el ejemplo encaje mal con un eclipse solar. Burroughs eligió la Luna para no dejar ciego a su héroe. Muchos de sus lectores conocían los riesgos de mirar al sol porque, precisamente, en mayo de 1919 tuvo lugar uno de los eclipses más importantes de la historia. Fue un evento total que duró 6 minutos y 51 segundos y que permitió a Sir Arthur Eddington observar cómo se curvaba la luz de las estrellas al pasar cerca del Sol y, de este modo, corroborar las teorías de Albert Einstein. Ahí es nada. Lo interesante de la historia de Tarzán, sin embargo, es que muestra cómo se teje un mito en torno a un eclipse y que este no es solo fantasía. La capacidad de imaginar, lanzar teorías y, finalmente, obtener una explicación científica sobre cualquier evento es aquello que nos pone en un plano de superioridad con respecto a los demás animales. Y algunas de estas historias sobre eclipses son tan buenas, o fueron tan útiles, que han llegado hasta nuestros días. Por espantosas que hoy parezcan. El asura Rahu Los hindúes dividen a sus deidades entre los asuras –demonios– y los devas –dioses–. Ambas facciones peleaban por beberse el néctar de la inmortalidad, el Amrita, que habían fabricado juntos batiendo el Océano y lo habían vertido después a un jarrón. Tanto se enzarzaron por él, que el jarrón se rompió y algunas gotas cayeron sobre la tierra, formándose ríos sagrados, como el Ganges. Finalmente, el Amrita, quedó en poder de los devas. La cabeza de Rahu persigue al Sol y a la Luna en venganza por haber avisado a los devas de su intento de robar el Amrita. Pero el asura Rahu no se dio por vencido y se disfrazó como un deva para beber el néctar. Quiso la suerte que el Sol y la Luna descubrieran el engaño y avisaran a Vishnu, quien se enfrentó al temible asura y le cortó la cabeza. Mas la cabeza de Rahu vivió sin su cuerpo y se dedica desde entonces a vengarse. En unas ocasiones, atrapa al Sol y en otras, a la Luna, a quienes devora con sus retorcidos dientes. Pero solo es una cabeza, por lo que, al tragarse los astros, salen de nuevo libres al nada más llegar a su garganta. Rahu es solo un breve momento de oscuridad; Rahu es un eclipse. Las bestias que devoran al Sol Mucho más al norte, en Escandinavia, el Sol es una diosa que se llama así, Sól. No toma el astro rey su nombre de ella, tan solo lo comparten, pues hay una antiquísima palabra indoeuropea Sa-wel que, según se cree, está en el origen de las dos. El caso es que Sól corre con su carro por el cielo, perseguida por un terrible y gigantesco lobo: Sköll, que la atrapa a veces, provocando los eclipses solares. A diferencia de lo que le sucede al pobre Rahu, al que se le escapan sus presas por la garganta, Sköll es un lobo completo, por lo que Sól necesita ayuda. Los humanos habían de hacer todo el ruido posible para atemorizar al lobo y que este soltara la presa. El inmortal Zhang Xian defiende a unos niños con su arco del Perro Celestial que devora al Sol en una xilografía del siglo XIX. Sorprende el paralelismo de esta historia con la del Perro Celestial, Tiāngǒu, que se traga al Sol en China, un país tan inmenso y con una tradición documental tan larga que, en ocasiones, el perro no es tal perro, sino un sapo de tres patas llamado Chán Chú. Sea sapo o sea perro, la gente también lanzaba petardos y golpeaba los gongs para que el monstruo dejara libre de nuevo al Sol. En China, quien devora al Sol es un perro o un sapo, mientras que para aztecas y mayas la bestia era un jaguar. Y cruzando el charco, lo mismo. Los mayas creían que ese monstruo era un jaguar y, además de ruido, cantaban para insuflar fuerzas al Sol y que se impusiera en la batalla. Más al norte, la tribu de los Pomo creía que el animal que ocultaba al Sol era un oso. En este caso, a diferencia de los demás, el animal no devoraba la estrella, sino que se peleaba con ella por no cederle el paso, ocultándola con su enorme espalda durante su contienda. De amores y barcas Representación de Ra montado en su barca, procedente de la tumba de Seti. (AFP) No todas las explicaciones se han basado en mordiscos, persecuciones y zarpazos: también ha habido amor. Para los maoríes, Tama-nui-te-ra, el Sol, vive una historia de amor con la Luna y, de vez en cuando, logran encontrarse y privan de luz entonces a los mortales. Otras versiones dicen que, en realidad, lo que hacen es discutir y la luz no vuelve hasta que se reconcilian. Mucho más cerca, en Egipto, el dios Ra representa al Sol, aunque, como es sabido, las cosmogonías variaron mucho con el devenir de los siglos. El gran enemigo de Ra es Apofis, el dios del caos, que tenía forma de serpiente gigante. Ra surca el cielo montado en su barca y Apofis le acecha de tan cerca que lo atrapa durante los eclipses. Algunas versiones dicen que Apofis se traga la barca, otra que engulle al propio Ra. Pero ahí están los sacerdotes y los humanos que, mediante los ritos oportunos, renuevan el poder a Ra para que pueda imponerse a su enemigo. Representación del dios Helios en una cerámica griega que se conserva en el British Museum. (British Museum) La ceremonia caníbal Los griegos también entendían que el sol viajaba sobre un carro tirado por caballos. En su caso, el dios se llama Helios, aunque esta figura mitológica tiene una relación muy estrecha con Apolo. Quizás la de esta cultura sea la lectura más oscura sobre qué sucede durante un eclipse. El origen del suceso celeste que oscurece la Tierra en pleno día, en esta tradición, no nace de un dios, sino de un simple humano: Atreo. Este antiguo rey de Micenas –el padre de Agamenón y Menelao, dos de las grandes figuras de la Ilíada–, tenía una disputa con su gemelo, Tiestes. Atreo era recto, ordenado, formal y el primero en nacer. También el favorito de Zeus, que había hecho ya al Sol cruzar el cielo en sentido contrario para zanjar la disputa por el trono de la ciudad. A diferencia de otras culturas donde el causante del eclipse es una deidad importante, en la grecorromana el responsable es un humano. La mujer de Atreo estaba, sin embargo, secretamente enamorada de Tiestes, de quien quedó embarazada. Nada más enterarse del adulterio, el rey la lanzó al mar y, acto seguido, llamó a su hermano que se encontraba en el destierro por una disputa anterior bajo el subterfugio de querer reconciliarse. Tiestes, por su parte, había tenido tres hijos con una náyade que, según Pausanias y Apolodoro, se llamaban Áglao, Calileonte y Orcómeno. Los tres seguían en Micenas, por lo que su padre no podía rehusar la invitación de su hermano. El rey agasajó a su gemelo y le recibió de nuevo en la ciudad con todos los honores. Celebró un gran banquete en el que Tiestes comió y comió hasta saciarse. Pero la carne que le había servido Atreo, en realidad, era la de Áglao, Calileonte y Orcómeno, a quienes había decapitado y cocido en una olla. El dios Helios no pudo soportar ver semejante horror de un padre devorando a sus hijos y se tapó la cara para no verlo, provocando el eclipse. Las brujas de Tesalia Los griegos también tenían una diosa hechicera, Hécate, que tenía un fuerte culto al norte del país, en Tesalia. Era esta una diosa libre, que no se encuadraba bien en la cosmogonía más extendida, la de Urano y Gea, titanes, Cronos y los dioses del Olimpo. Hécate, armada con dos antorchas, tomando parte en la Gigantomaquia. (AFP) No se sabía muy bien de dónde había salido, ni quiénes eran su padre o su madre. En algún momento, trataron de incorporarla como hija del titán Perses y la titánide Asteria. Eso sí, nadie dudaba de que Hécate, diosa nocturna, triforme y ligada a la Luna, era muy poderosa. Era común representarla con tres cuerpos fusionados en uno. Uno de ellos porta una antorcha en cada mano. En el segundo, una serpiente y un látigo. En el tercero, la llave del inframundo y una daga. Sacerdotisa o «protegida» de Hécate fue Medea, que ayudó por amor a Jasón, líder de los argonautas, en la gesta del Vellocino. Y que luego fue repudiada por este, cobrándose ella su venganza después sobre los hijos de ambos. La magia negra de las adoradoras de Hécate se usaba también como explicación de la traída de la noche a los dominios del día. Algunos mitos griegos explicaban los eclipses no a través de Atreo, sino mediante las brujas adoradoras de esta diosa hechicera. Eran las mujeres que rendían culto a Hécate por las noches las que, con su saber mágico, secuestraban a Helios para traer la noche durante el día. Y como en los casos de otras culturas en las que el Sol acababa bajo las fauces de un animal fabuloso y temible, había que hacer ruido golpeando calderos, escudos y metales para liberar a la estrella del embrujo. Un eclipse, fenómeno de mal agüero El gran patrón común de todas estas explicaciones de los eclipses es que son hechos nefandos, malévolos y, en consecuencia, traedores de mala suerte. En consecuencia, siempre se han entendido como malos presagios y los sabios y sacerdotes embarcarse en empresas poco seguras o aventurarse en batallas bajo tan mal fario. Ya en una tablilla babilónica (la BM 32312 del Museo Británico), se lee: «Si el Sol es eclipsado, un rey caerá en la batalla». Otra profecía de uno de los pocos códices mayas señala que «Cuando la Luna cubra al Sol, la tierra temblará y habrá hambre». Enrique I, hijo de Guillermo el conquistador, falleció durante el eclipse de 1133. (AFP) La interpretación de un eclipse como aviso celestial de eventos terribles arraigó particularmente en Inglaterra. Así, el eclipse solar de 1133 se asoció con la muerte de Enrique I de Inglaterra dos años más tarde. Un siglo después, en 1239, en la Crónica de Roger de Wendover, un monje, se relata cómo otro de estos fenómenos, durante el que «las estrellas aparecieron en el cielo y el día se convirtió en noche» fue interpretado de forma unánime como presagio de hambruna y guerra. Algunos expertos han interpretado estos ritos simples de hacer ruido, etc. para evitar los males que anuncia el cielo como un modo de refrendar el poder de la casta sacerdotal, que es quien indica las pautas a seguir para ahuyentar la tragedia. Tal y como sucede en la moderna historieta de Tarzán.