APR. 17 2015 LA FIESTA DE DESPEDIDA La eutanasia llevada a una comedia negra sobre la solidaridad entre los mayores Mikel INSAUSTI El cine israelí tiene cada vez una mayor presencia en nuestra cartelera, debido a su creciente pujanza en los festivales internacionales. “La fiesta de despedida” ganó el Premio del Público en la Mostra de Venecia, y fue la triunfadora en la Seminci de Valladolid, llevándose la Espiga de Oro a la Mejor película y el premio de Mejor Actriz ex aequo para Levana Finkelstein y Aliza Rozen. No está nada mal para tratarse de la ópera prima de la pareja de realizadores formada por Sharon Maymon y Tal Granit. Fue ella quien se inspiró en una anécdota familiar para desarrollar el argumento de la película junto a su compañero Tal Granit, cuando asistió a la agonía de la abuela de un ex novio a los 81 años de edad y, tras luchar contra un terrible cáncer. Los enfermeros trataron de reanimarla durante media hora, lo cual le pareció absurdo, pues la paciente quería ya descansar en paz. En Israel, como en la mayoría de países, la eutanasia está prohibida, por lo que encontraron muchos problemas de financiación para el proyecto, debido a que allí el tema se relaciona con los métodos nazis para acelerar la muerte. Tal es así que el veterano actor Ze’ev Revach tuvo que pedir permiso a su Rabino para poder participar en el rodaje. Este conocido intérprete de la televisión israelí, al igual que el resto del reparto de ancianos, todos ellos de más de 70 años de edad, fueron escogidos de dicho medio de procedencia por la vocación popular de esta comedia social de humor negro. En eso se diferencia completamente de la reciente “Amour”, de Michael Haneke, o de “Las invasiones bárbaras”, de Denys Arcand. “La fiesta de despedida” hace una declaración de intenciones en su título, al abordar un tema tan solemne de forma desdramatizadora. No busca la polémica o el debate, sino dar una visión cercana sobre el talante solidario de la gente mayor, y la necesidad que tienen de ayudarse entre ellos para vivir sus últimos años con la misma dignidad con que les gustaría irse de este mundo. El protagonista y sus viejos colegas van a asistir al mayor de todos, que se encuentra ya en fase terminal. Y ponen en ello todo su ingenio, sobre todo el protagonista, inventor aficionado que diseña una máquina de autoeutanasia, la cual permitirá al paciente apretar el botón para quitarse la vida. De esta manera los demás no se verán implicados y no tendrán que intervenir directamente, librándose por tanto de las consiguientes responsabilidades penales. La máquina en cuestión no tiene nada que ver con la del Dr. Muerte, al haber sido hecha con elementos domésticos reciclados, tales que la cadena de una bicicleta o el mecanismo de un reloj. En sí misma resulta divertida, a pesar su letal finalidad.