MAY. 13 2015 TEATRO ¿De qué hablamos? Carlos GIL La Vía Nanclares para facilitar la inserción de aquellos miembros de ETA que decidieron el arrepentimiento y la salida individualizada hace ya unos años es el material con el que los dramaturgos han creado una obra que trata con respeto este delicado asunto. Es un respeto colocado en el territorio teatral y en la selección del punto de vista. No hay nombres específicos, pero se trata de casos reales. Es un miembro de ETA y la hija de un concejal asesinado. Un material muy difícil de calibrar si no se parte de una distancia que solamente deje ver lo humano, el caso, el proceso individual. El mensaje reiterado es que «las cosas se arreglan hablando», y probablemente eso sea una buena intención, un objetivo loable, pero el problema se envenena cuando nos preguntamos «de qué hablamos». Si hablamos solamente de arrepentimiento, de pedir perdón, de tragedia, de desgarro, de dolor, y siempre exigiendo eso a una de las partes, entonces nos colocamos en una mirada del otro en donde la pretendida ausencia de política se convierte en la gran trampa política. Todo el conflicto, toda la tragedia, parte de una motivación política. De un amor, a una tierra, a una idea, a una identidad. Y de una cerrazón política a dejar que ese amor pueda convertirse en algo más que una frustración o un rasgo menor. Y si no se habla de eso, al individualizar demasiado se corre el peligro de caer en sentimentalismos, en sicologismos que existiendo, no son en muchas ocasiones lo más importante. Pero como estamos ante una obra de teatro, lo que agradecemos, de entrada, es su formato, su limpieza, el no caer en alharacas ni en tremendismos, en saber dibujar muy bien esa situación concreta, dar los datos justos y mostrarnos un proceso, la evolución de un contacto entre los protagonistas mencionados, y fijados ahí, saber diseccionar, narrar dramatúrgicamente bien ese desarrollo, esa transformación, quizás excesivamente triunfalista, emocionante, muy esperanzadora, por decirlo de una manera muy de acuerdo con algunas propuestas oficialistas que han apostado por esta vía política de desnaturalización de una de las partes. Es saludable que esto se pueda ver en los escenarios, que no haya saña, ni excesiva recarga victimista, que se establezca en un territorio casi de personajes para universalizar sus resonancias, que se escuchen esas palabras que pueden doler. Y quisiera señalar una paradoja, la mirada del otro, en este caso es del otro en el absoluto, ninguna de las personas que encabezan este proyecto son vascos. Es la mirada del otro, otro. Y lo aplaudo. Pero a la vez, siento una incomodidad difícil de adjetivar. Esta es la crónica de una actuación vista en una sala madrileña. Y sería recomendable que se pudiera ver en salas vascas, con públicos más directamente afectados por el contenido.