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Interview
LUIS ORTIZ ALFAU
MILITANTE REPUBLICANO Y PRESO EN UN BATALLÓN DE TRABAJADORES

«He estado 40 años calladito, así que no me callarán ahora»

Luis Ortiz (Bilbo, 1916) tenía 19 años cuando estalló la guerra tras el levantamiento franquista. Luchó en el bando republicano, se manchó de sangre en el bombardeo de Gernika y huyó al Estado francés, donde conoció el campo de Gurs. Fue destinado a batallones de trabajadores.


Sus ojos han visto el horror y su piel ha sentido el infierno. Sin embargo, el relato épico de Luis Ortiz Alfau (Bilbo, 1916) es entusiasta, incluso optimista, capaz de dejar a la oyente anonadada en cuestión de segundos. Lleva con mucho orgullo sus casi 99 años, y apunta en varias ocasiones que los cumple el 13 de octubre. Nació un martes. Lejos de darle mala suerte, asegura que su rocambolesca vida ha estado «llena de carambolas» y que está vivo «gracias a la máquina de escribir».

El paso del tiempo ha sido generoso con él. Apenas unas pequeñas arrugas rodean unos chisposos ojos que dicen ser el espejo del alma. Y a juzgar por el brillo que desprenden, solo puede haber cosas buenas en ese interior.

Ofrece un relato detallado, minucioso, con an&bs;écdotas dolorosas y también curiosas, y apenas pierde el hilo en una historia que se remonta al día en que estalló la llamada Guerra Civil. Él tenía 19 años y vivía en el barrio bilbaino de La Cruz con sus padres y cinco hermanos. «Me incorporé los primeros días de agosto en las escuelas de Bilbao, en La Ribera. Allí se formó el batallón de izquierda republicana y permanecimos un mes antes de salir al frente de Ochandiano alrededor de 500 hombres. Como tenía conocimientos de radio y morse, jamás cogí un fusil, estuve siempre en transmisiones», explica. Era su responsabilidad pasar las órdenes de los superiores, escritas sobre un papel y custodiadas «en un sobrecito», a la primera línea.

De la experiencia en Otxandio recuerda que los diezmaron. «Por esa zona volvían retirándose con unas pérdidas del 30 o 40% de los hombres», detalla, y admite que por aquel entonces pecaron de ingenuos. «Éramos un poco niños, pensamos que iba a ser fácil; pero nada, llegó un momento en que nos dimos cuenta de que la guerra no se podía ganar. La no intervención de Inglaterra y Francia, que impidió que pasara todo el material que habíamos comprado, incluso aviones, y luego estos señores con italianos y alemanes… en fin, no hay ninguna duda de que ganaron. Pero… ¡ay, nuestro entusiasmo! Creíamos que todo era posible».

Tras el frente alavés se destruyeron los batallones y llegó a Elgeta, a Intxorta, donde «hicimos una gran fuerza contra los franquistas», dice orgulloso. Resistieron dos meses, pero poco a poco perdieron posiciones y compañeros. «Allí hubo mucha muerte», añade. Ya con los aviones del enemigo aquelló se perdió del todo y emprendieron el camino hacia Gernika.

El día del bombardeo su batallón estaba descansando, «porque en primera línea se estaba entre ocho y diez días». «Los franquistas tiraron bombas por todo Gernika, cada cuarto de hora pasaban aviones y lanzaban bombas incendiarias sin miramientos. Provocaron muertos, heridos, incendios… estábamos descansando y tuvimos que salir corriendo a socorrer a los heridos y sacar a los muertos. Me impregné de sangre de arriba abajo. ¡Qué horror! Aún hoy lo recuerdo a menudo, y hay veces que soñando me despierto sobresaltado», dice emocionado.

Idas, venidas y exilios

Desde Gernika hasta Bilbo, pasando por Durango y Arrigorriaga. Las tropas franquistas llegaron a la capital vizcaina en cuatro días y tomaron Artxanda. Aquel día volvió a esquivar a la muerte, pero no es eso lo que sigue dando vueltas en su cabeza, sino la botella de champán que se le rompió huyendo de los tiros. «Había comprado una botella de champán de ‘La Viuda de Clicquot’, el mejor champán francés, para cuando se terminara la guerra. Salí con mi mujer corriendo porque bajaban ya. Recuerdo que en el Ayuntamiento veía el puente de Perrochico, un puente que se abría y donde había que pagar cinco céntimos para cruzarlo. Pues bien –prosigue–, llevaba la botella en la mano y seguían ametrallando, así que me agaché, porque llegaban las balas desde Artxanda hasta abajo, ¡con tan mala suerte que pegué con la botella en la acera! Y ahí se quedó el champán que debíamos beber para celebrar el fin de la guerra».

Se despidió de su novia –se casó con ella años después–, que se quedó con su madre, y él puso rumbo, junto a cientos de compañeros, a Castro Urdiales, donde se volvieron a formar batallones con asturianos, vascos y andaluces. Destinado en esta ocasión a Burgos, fue herido tras explotarle una bomba muy cerca. «Me desplazó varios metros y me rompí unas cuantas costillas», cuenta.

Luchar en la guerra significó desplazamientos continuos. Las curas de las heridas se las hicieron en Santander, pero pronto llegaron los italianos y tuvieron que salir huyendo. «Aun con el cuerpo vendado me tiré desde lo alto a un pesquero que estaba abarrotado de gente y llegamos a La Rochelle».

También conoció en primera persona el campo de refugiados de Gurs, a donde fueron destinados los combatientes vascos que cruzaron al norte del Bidasoa. Situado en el departamento de los Pirineos Atlánticos, por allí pasaron 6.500 combatientes vascos entre 1939 y 1940. Ortiz estuvo seis meses, hasta que «por una carambola» un matrimonio francés lo sacó para que les ayudara en tareas administrativas, pues recogían a mujeres y niños “españoles” que huían de la guerra.

«Pero estalló la II Guerra Mundial y el marido del matrimonio francés, ingeniero, fue reclamado para ir al frente. Claro, yo no podía quedarme allí; imagínate, un chico joven, de 22 años, con una mujer casada de 40 y de buen ver… a saber lo que podían decir… contacté con mis padres y me aseguraron que podía volver. Este matrimonio me compró ropa y una maleta de cuero, pero al llegar a Hendaia y cruzar el puente… ¡la de falangistas y guardias civiles que había!».

Lo primero que le hicieron fue confiscarle la maleta, donde guardaba fotos, documentos, certificados, incluso pruebas de que «había volado la carretera de Puigcerdá»… Fue enviado a la fábrica de chocolates Elgorriaga, habilitada como prisión y después a la Universidad de Deusto, que hacía la función de cárcel.

«A las diez del 10 de julio de 1939 –cuenta–, nos llevaron al campo de concentración de Miranda de Ebro. Allí nos formaron en batallones de trabajadores». Medio año en Oiartzun, en el campamento en Babilonia, y dos años en Erronkari fueron suficientes para ver escenas dantescas: dolor, hambre, frío, palizas y muerte en los barracones donde el régimen obligaba a construir carreteras en condiciones de esclavitud. «Jamás olvidaré la pelea entre un hombre y un perro salvaje por un hueso que apenas tenía carne. El animal le destrozó el brazo, y además se llevó el hueso», relata.

Tras regresar a casa en junio del 43 (la abandonó en agosto del 36), logró trabajo en la empresa Uralita tras sobornar con 5.000 pesetas a un miembro del sindicato franquista Vertical. «Estuve años saldando la deuda, pero me echó el sellito que me hacía falta y logré el puesto. Allí estuve 35 años y terminé siendo jefe de administración», cuenta.

Un hombre sereno

Luis Ortiz es feliz. Se le nota y lo transmite. Vive solo, hace las tareas del hogar y ayuda en el Banco de Alimentos de Bizkaia. Es más, es el voluntario más longevo de todas las sedes europeas. Tiene permiso de conducir hasta los 100 años –«me lo renuevan cada dos», sonríe–, aunque no conduce debido al infarto que sufrió hace dos años.

Mirando atrás, le invaden dos sentimientos: satisfacción y orgullo. «Lo pasé muy mal, soy un esclavo del franquismo y estoy orgullosísimo de tener ese honor y poder contarlo, presumo de ello. He estado calladito 40 años, así que ahora no me van a callar». Pone mucho énfasis en la memoria histórica, y pide a la juventud que tome el testigo, que no permita que nada de esto caiga en el olvido. Eso es lo único que a día de hoy le preocupa. «Me he prometido a mí mismo que, hasta que me muera, intentaré que se conozca lo que pasó». También les pide que estudien, que lean, «porque la cultura es necesaria. Eso es sinónimo de libertad».

Optimista por naturaleza, siempre ha visto «la botella medio llena» aunque, añade, «no cabe duda de que muchas veces te engañas a ti mismo, y lo sabes además». Le reconfortan los reconocimientos, a los que acude «en nombre de todos los hombres y todas las mujeres que sufrieron». Y por la noche, cuando se acuesta, se siente «la persona más feliz del mundo».