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CRÍTICA «Roger Waters the Wall»

El muro está enladrillado, ¿quién lo desenladrillará?


APink Floyd les sigo desde su etapa inicial sicodélica, hasta su definitiva contribución al cine con las bandas sonoras de “Zabriskie Point” (1970), de Michelangello Antonioni; “More” (1969), de Barbet Schroeder; y “La Vallée” (1972), también de Schroeder. Es Roger Waters quien toma el liderazgo de la banda para alejarse del malditismo representado seminalmente por el genial Syd Barrett, convirtiéndola en una marca para el consumo masivo. El disco “The Wall” (1979), así como la posterior película musical homónima (1982) de Alan Parker, adornan su estrategia mainstream con un mensaje tan mesiánico como populista, y de aquellos polvos vienen estos barros.

Por suerte, el concepto de grupo de estadio va desapareciendo y “Roger Waters the Wall” es una de las últimas manifestaciones del rock hiperbólico de los dinosaurios. Si “The Wall” fue una obra de culto, su versión actual de aquel original es una obra de culto a si mismo.

La película recoge la gira que realizó con este mastodóntico espectáculo entre 2010 y 2013, principalmente en los conciertos del campo de fútbol del River Plate en Buenos Aires, que reunieron cada noche a 60.000 personas. Se calcula que el número total de espectadores de los shows en todo el mundo fue de unos cuatro millones, con una recaudación final de casi 500 millones de dólares. Cualquiera que se ponga a hacer cálculos llegará a la conclusión de que las entradas no eran precisamente asequibles.

El precio justifica lo costoso del montaje, con una gigantesca pantalla mural de 150 metros de largo y tres pisos de alto, donde se van proyectando imágenes de la película de Parker, también recreadas sobre el escenario con actores. El documental incluye además el viaje por carretera que Roger Waters hace en Italia, para homenajear a los caídos de la I y la II Guerra Mundial, concretados en las figuras de su padre y de su abuelo.