JAN. 31 2016 Corrupción, reacción y revolución Dabid LAZKANOITURBURU De Madrid a Pekín, pasando por Turquía, la corrupción copa los medios de comunicación en los últimos años. Este fenómeno no conoce fronteras, ya no geográficas sino incluso ideológicas. Y no es una cuestión de cifras, sino de percepción. Tan corrupto era a ojos del soviético de a pie el miembro de la nomenklatura que se aseguraba disponer de una simple dacha y saltarse las colas en las austeras tiendas rusas como el político-empresario que acumula mansiones y fortunas en un sistema, el capitalista, cuya máxima es el enriquecimiento. Al punto de que la generalización histórica de la corrupción invita a apelar a una justificación biológica, o cuando menos antropológica, de un fenómeno tan socorrido como recurrente. Dejando a un lado el eterno debate entre el buenismo roussoniano y el fatalismo hobbesiano, habrá que convenir en que la corrupción es una cuestión política que explica no pocas revoluciones y/o revueltas –cuando no todas–, y sin cuya feroz resistencia no se entiende la actual reacción al cambio en semejante escenario de crisis global. Arbitrar, por tanto, mecanismos políticos de control efectivo de la corrupción es una necesidad tan perentoria que se antoja revolucionaria.